La preferencia por teléfonos con tapa, iPods y cámaras digitales comienza a desplazar a los smartphones y las aplicaciones dominadas por algoritmos entre jóvenes y padres de Estados Unidos.
Esta tendencia, motivada por la fatiga digital y la búsqueda de experiencias más sencillas, impulsa una revalorización de dispositivos tecnológicos de décadas pasadas, con el objetivo de frenar la adicción digital que caracteriza la vida actual, de acuerdo con el diario New York Post.
Este fenómeno se manifiesta tanto en decisiones de consumo familiar como en hábitos individuales. Amanda Michel, directora nacional de marketing de Backmarket, una plataforma dedicada a la venta de electrónicos reacondicionados, indicó a New York Post que existe un “renovado interés por dispositivos más simples y antiguos”, así como por productos que funcionan sin conexión Wi-Fi.
Entre los equipos más demandados figuran iPods, reproductores MP3, consolas de videojuegos antiguas y cámaras digitales portátiles. Un portavoz de eBay confirmó al medio que durante 2025 los iPods registraron más de 1.300 búsquedas por hora a escala global, con precios que aumentaron entre 40% y 60% dependiendo del modelo.
La inclinación hacia la tecnología retro responde también a la preocupación por el impacto ambiental de los dispositivos electrónicos desechados.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud citados por New York Post, en 2022 los residuos electrónicos sumaron 62 millones de toneladas a nivel mundial, lo que convierte a estos aparatos en la fracción de desechos sólidos de mayor crecimiento.
Este fenómeno refuerza la inquietud por materiales tóxicos como plomo y mercurio presentes en teléfonos y computadoras portátiles. La migración hacia dispositivos analógicos ha transformado las experiencias personales de los usuarios.
Sonya Saydakova, estudiante de posgrado en la Universidad de Nueva York, relató que hace un año dejó su iPhone por un móvil Nokia básico. “Es una sensación indescriptible estar tan desconectada y no estar constantemente disponible”, expresó a New York Post.
Saydakova notó mejoras en su bienestar: se siente más libre, enfocada y menos ansiosa. Optó por actividades como ir al cine, usar una cámara digital y un reproductor de CD, y dejó las plataformas como Spotify. Para orientarse, ahora pide direcciones en la calle y considera que eso ha fortalecido su relación con la ciudad y su gente. En sus palabras: “Culturalmente estamos en un punto de quiebre. La gente está harta”.
Padres buscan preservar la infancia alejando a sus hijos del smartphone
Para diversos hogares, alejar a los niños de la tecnología conectada surge de la intención de proteger la infancia y evitar la exposición temprana a las redes sociales. Alex Becker, madre de dos hijos de cinco y dos años en las afueras de Filadelfia, relató a New York Post que no tiene pensado ceder ante la presión de darles teléfonos inteligentes o tabletas.
La especialista explicó que cuando los niños acceden a estos dispositivos, “la inocencia de la infancia se pierde”, y alude a la preocupación de otros padres frente a niñas obsesionadas con Instagram y Snapchat, que dejan los libros en favor del consumo pasivo y el deseo de productos vistos en redes.
Becker también apostó por la música en formato físico: adquirió un equipo con reproductor de CD y recuperó su colección antigua. Describe la experiencia como “alegría mezclada con nostalgia” y destaca que sus hijos disfrutan al descubrir música juntos.
Para familias como la suya, la tecnología reacondicionada responde tanto a inquietudes ecológicas como al deseo de revivir las vivencias infantiles de los noventa.
Con la pandemia de COVID-19, el incremento obligado del uso de dispositivos en el hogar intensificó la dependencia tecnológica. Ahora, numerosos padres procuran revertir ese proceso.
Elizabeth Mitchell, madre en Washington, DC, indicó a New York Post que compró cámaras desechables y un iPod de segunda mano para su hijo de 13 años, en un intento por ofrecer alternativas de entretenimiento fuera de internet. Expresó: “Ha sido difícil encontrar aparatos que permitan eso sin dar acceso a la red”.
Jóvenes redescubren cámaras, máquinas de escribir y pasatiempos sin conexión
El cambio no se limita a las familias. Dean Jamieson, escritor en Brooklyn, redacta sus textos en una máquina de escribir manual Olivetti Lettera 32 de 1964. Este método, posible gracias a un obsequio de su pareja, le ayuda a evitar distracciones que surgen con la conectividad.
Jamieson afirmó que prefiere “ver las palabras en una página física” y editar “a mano sobre papel”, al margen de la ansiedad que le genera el cursor intermitente en pantallas digitales. “La mayor diferencia es no tener acceso a internet”, afirmó. En su círculo, la tendencia va en aumento: más tiempo de lectura, visitas al cine y desconexión de los teléfonos móviles.
En la Generación Z de ciudades como Nueva York, el uso de cámaras digitales —incluso de película de 16 mm y 35 mm— se expande como una forma de explorar la fotografía lejos de lo digital.
Joji Baratelli, fotógrafo y coleccionista de cámaras antiguas, comentó a New York Post que muchas de sus cámaras datan de la década de 1930, y que el auge de la tecnología analógica obedece a que los jóvenes “vienen de un mundo absolutamente digital” y descubren una novedad en el soporte físico.
Algunas experiencias personales muestran lo difícil que resulta romper con la adicción digital. Rachel Reich, de 26 años, residente en Nueva York, señaló a New York Post que su primer teléfono inteligente llegó a los nueve años y que durante más de una década “estuvo enganchada a Instagram”.
A pesar de varios intentos por eliminar la aplicación, solo logró desprenderse al cambiar su iPhone averiado por un UniHertz Jelly Star 2E, un dispositivo que, por su pantalla de tres pulgadas, resulta incompatible con Instagram. “Es como si su estructura misma impidiera el uso compulsivo”, manifestó, y resaltó su bajo costo, USD 200, frente al valor de un nuevo iPhone.
Un empleado de una tienda en Manhattan compartió con New York Post su vínculo con una máquina de escribir Royal Aristocrat de los años cincuenta, heredada de un vecino, y la importancia de ese lazo intergeneracional. “Solíamos despertar, ver a nuestras madres y desayunar juntos. Ahora nos levantamos y vamos directo al teléfono”, resumió.