Ralph Leroy Menzies, un recluso de Utah condenado a muerte que desarrolló demencia, falleció tras pasar 37 años en el corredor de la muerte, lo que marcó el final de uno de los casos más prolongados y controvertidos del sistema penal estadounidense.
Según informó el Departamento de Correcciones del estado, Menzies, de 67 años, murió el miércoles por causas aparentemente naturales, apenas tres meses después de que la Corte Suprema de Utah suspendiera su ejecución.
La historia de Menzies se remonta a 1986, cuando fue condenado por el secuestro y asesinato de Maurine Hunsaker, una madre de tres hijos de 26 años.
El crimen ocurrió cerca de Salt Lake City, mientras Menzies se encontraba en libertad condicional
El 23 de febrero de ese año, Hunsaker fue raptada de la tienda donde trabajaba. Poco después, logró comunicarse con su esposo para informarle que había sido robada y secuestrada, y que su captor planeaba liberarla.
Dos días más tarde, un excursionista halló su cuerpo en una zona de picnic situada a unos 25 kilómetros (16 millas) en el Cañón Big Cottonwood. La autopsia reveló que había sido estrangulada y presentaba una herida profunda en el cuello.
La investigación policial vinculó a Menzies con el crimen mediante pruebas materiales: la huella dactilar de Hunsaker apareció en un vehículo que él conducía, y su bolso fue recuperado en el apartamento del acusado. Además, cuando Menzies fue arrestado por otros delitos, portaba la cartera y otras pertenencias de la víctima.
El esposo de Hunsaker dio a conocer su alivio luego del fallecimiento de Menzies
El esposo de la víctima, Jim Hunsaker, expresó a The Associated Press el alivio que sintió al conocer la noticia del fallecimiento de Menzies: “Sentí una sensación de felicidad y como si me hubieran quitado 45 kilos de encima”, dijo.
Hunsaker reconoció que el proceso judicial fue una fuente constante de frustración para su familia, que durante décadas experimentó “una decepción tras otra”. Añadió: “Creo que gran parte de esto va a ser simplemente sanar ahora. No creo que haya habido un día en que no haya pensado en ello”. También manifestó su descontento con la gestión del caso por parte del sistema judicial estatal, al considerar que “parece que todo salió como él quería”.
La condena de Menzies fue bloqueada debido a su estado mental que desarrolló en prisión
La ejecución de Menzies estaba programada para septiembre de este año, mediante pelotón de fusilamiento, un método que él mismo eligió décadas atrás cuando se le ofreció la opción.
De haberse concretado, habría sido el séptimo preso en Estados Unidos ejecutado por este método desde que el país restableció la pena de muerte en 1977.
Sin embargo, en agosto, la Corte Suprema de Utah bloqueó la ejecución tras aceptar los argumentos de la defensa, que sostenía que la demencia de Menzies se había agravado hasta el punto de impedirle comprender racionalmente el motivo de su condena.
Un informe médico estatal, publicado este mes, coincidió en que el recluso carecía de la capacidad mental necesaria para afrontar la ejecución. El tribunal había fijado una nueva audiencia de competencia para mediados de diciembre con el fin de reevaluar su estado mental, pero la muerte de Menzies impidió que se celebrara.
El caso de Menzies no es aislado en el contexto estadounidense
Según el Centro de Información sobre la Pena de Muerte, más de la mitad de los presos condenados a muerte en Estados Unidos pasan más de dieciocho años esperando la ejecución, y son numerosos los reclusos que fallecen por causas naturales antes de que se cumpla la sentencia.
En Utah, la última ejecución se realizó mediante inyección letal hace poco más de un año, mientras que el pelotón de fusilamiento no se emplea desde la ejecución de Ronnie Lee Gardner en 2010.