
Campeón de Europa. Campeón del Mundo. Máximo goleador de la Selección española. Tres ligas. Tres Copas del Rey. Tres Supercopas de España. Una Champions League, una Supercopa de Europa, un Mundial de Clubes y una Copa del Emperador. 426 goles en toda su carrera. Ese es el palmarés de David Villa.
No es un delantero cualquiera cuando se habla de él. Pero cuando él habla de sí mismo, siempre acaba en un nombre: José Manuel, su padre. “Mi padre tenía que arriesgar su vida para dar de comer a su familia y él quería una vida mejor para mí”, se titula el relato que publicó en The Players Tribune en 2018.
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El ‘guaje’ creció en Tuilla, un pequeño pueblo minero de Asturias donde el carbón marcaba la agenda y el ritmo de las familias. José Manuel trabajaba en la mina, y Villa lo sabía. “Cada noche, él bajaba 800 metros bajo tierra para asegurarse de que a nuestra familia no le faltara nada”, recordaba.

Una infancia entre el carbón y el balón
Un incendio en la mina lo hizo especialmente evidente. “Cuando nos despertamos, escuchamos que había podido salir”, contó. Otros trabajadores no tuvieron la misma suerte: algunos permanecieron atrapados durante días. Aquello le dejó huella.
Aun así, el delantero no habla de una infancia triste. Recuerda Tuilla como un pueblo humilde, alegre y lleno de niños. Y su padre era su referente: “Desde que tengo uso de razón, mi padre siempre ha sido mi ídolo. Bueno, sigue siéndolo en muchísimas cosas”, dijo en conversación con José Ramón de la Morena.
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Es más, de pequeño, David Villa quiso seguir sus pasos. “Yo quiero ser minero, yo quiero ser minero. Voy a ser minero como mi padre”. Lo dijo entre risas, pero a raíz de accidente en la mina pensó: “Vamos a buscar otra cosa que esto no es tan sencillo”.

“Va a ser mi pequeño futbolista”
El fútbol llegó incluso antes que él. Cuando José Manuel supo que esperaban un niño, no lo dudó: “¡Un niño! ¡Va a ser mi pequeño futbolista!”
Y Villa lo recordaba así: “En cualquier momento, en cualquier sitio... fútbol, fútbol, fútbol”. Jugaba en la calle, en las plazas, en parkings, en terrenos irregulares. En casa se fabricaba sus propias pelotas con papel y cinta adhesiva.
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Un fémur roto a los cuatro años
Sin embargo, cuando tenía cuatro años, se rompió el fémur en un accidente jugando. El diagnóstico apuntaba a que una pierna le podía quedar más corta que la otra. “No es lo ideal si quieres ser futbolista”, admitió con ironía.
Pero ahí estaba su padre. “Removió cielo y tierra para encontrar una solución”. Dio con un tratamiento que obligaba a mantener las piernas en suspensión durante largos periodos, algo muy duro para un niño que solo quería volver a jugar.
Cuando pudo hacerlo, José Manuel adaptó los entrenamientos. “Me apoyaba en la pared y mi padre me tiraba la pelota al pie izquierdo”, recodó. De aquello salió una de las señas de identidad del ‘guaje’: poder chutar con las dos piernas.
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Un formador muy exigente
Su padre, cuenta Villa, estaba en cada paso: le llevaba a entrenar, le animaba cuando no quería salir por el frío o el barro y le acompañaba en los momentos de duda. Pero no era un entrenador al uso.
“Mi padre no hacía de entrenador, sino de formador. Era muy exigente”, subrayo con De la Morena. Y se lo recordaba de la siguiente manera: “El tiempo que estoy contigo se lo estoy quitando a tus hermanas. No puede ser que vengas aquí y no des el 100%. Lo hagas bien, lo hagas mal o lo hagas regular, a mí me da igual, pero tienes que dar todo lo que tienes”.
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“Yo pasaba más tiempo con él que con mis amigos, pero lo recuerdo con cariño”, aseguraría. De esa etapa se quedó con una idea que resume su carrera: “El talento solo no sirve de nada. Tienes que mejorar cada día”.

Del Sporting al Mundial
El salto al fútbol profesional llegó en el Sporting de Gijón, donde tomó una decisión importante: dejar los estudios. “Mamá, me voy a dar dos o tres años para ganarme la vida con esto”, le dijo a su madre. Le bastaron seis meses para firmar su primer contrato profesional.
Después vinieron el Zaragoza, el Valencia, el Barcelona y el Atlético de Madrid, además de su paso por equipos de Nueva York y Japón. Colgó las botas en 2020. Hoy es miembro del Consejo de Administración del Atlético de Madrid y CEO de su marca, DV7 Group.
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