Una frase silenciosa, dicha casi en automático frente al espejo o en mitad de un mal día, basta para encender la mecha: “No debería afectarme así”. En una sociedad que premia la productividad sin descanso y promueve una resiliencia a menudo mal entendida, el juez más severo rara vez se encuentra fuera. La psicóloga Silvia Severino ha lanzado una advertencia directa a quienes minimizan su propio sufrimiento: “Puede que la persona que más invalida lo que sientes seas tú”.
Severino disecciona esa costumbre aprendida de censurar las emociones antes de comprender su origen. “Te dices: ‘No debería afectarme así’”, pero en realidad “te estás juzgando antes de escucharte”, explica la experta a través de su cuenta de TikTok, subrayando cómo el reproche interno sustituye con frecuencia a la comprensión básica.
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La psicóloga señala que este hábito conduce inevitablemente al autoengaño del dolor comparativo. Suele aparecer el pensamiento de que “hay gente que está peor”, un intento de aplicar el clásico mal de muchos, consuelo de tontos, pero según Severino, la realidad es muy distinta: “Tu dolor no desaparece al compararlo”. Al relativizar lo que se experimenta bajo el pretexto de que otros enfrentan dificultades mayores, el malestar no se disipa en absoluto; simplemente se acumula en un segundo plano.
A este mecanismo se añade una autoexigencia desmedida que Severino resume en otra sentencia habitual de la rutina diaria: “Te repites: ‘Tengo que poder’”. Este mandato provoca una distorsión perjudicial con la que “conviertes el cansancio en culpa” y “esperas a estar al límite para parar”. Para la terapeuta, postergar el cuidado personal hasta alcanzar el agotamiento absoluto constituye una señal de alarma que normaliza el sufrimiento: “No necesitas romperte para merecer ayuda”.
La autoinvalidación y el sentimiento de culpa
La advertencia de Severino cuenta con un respaldo en la literatura científica contemporánea. En este ámbito, la escala SIDES (The Self-Invalidation Due to Emotion Scale), desarrollada en 2022 por las investigadoras Rachel Schreiber y Jennifer Veilleux y publicada por la American Psychological Association (APA), supuso un avance determinante al demostrar que la autoinvalidación es un fenómeno transdiagnóstico, observable tanto en personas con patologías previas como en la población general sin ningún diagnóstico.
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Los datos de la investigación corroboran que devaluar los propios estados afectivos (“no tengo derecho a estar mal”) predice de forma directa un incremento notable en el distrés psicológico, desregulación emocional severa y sentimientos crónicos de culpa. Asimismo, la ciencia confirma que recurrir a la comparación descendente no desactiva la respuesta biológica de estrés, sino que prolonga la tensión interna al convertir una emoción natural en motivo de reproche.
Para Severino, romper este ciclo lesivo exige tomar distancia del propio diálogo interno y evaluar con crudeza el tono con el que nos tratamos a diario. “Autoinvalidarte es hablarte como nunca hablarías a alguien a quien quieres”, sentencia la experta. Una llamada de atención que invita a frenar a tiempo, desactivar la culpa aprendida y recordar que ninguna emoción requiere de un colapso previo para ser considerada legítima y atendida.
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