Corría el año 1992 cuando las obras de ensanche de la carretera CV-10 dejaron al descubierto un enterramiento completamente inusual en el término municipal de Vilanova d’Alcolea, en Castellón. En el yacimiento de Hostalot —lugar identificado como la histórica mansio Ildum, una posta de carruajes situada sobre la Vía Augusta— los arqueólogos no hallaron una tumba integrada en una necrópolis convencional. En el interior de lo que fue el patio de la hospedería romana apareció la sepultura de una mujer de unos 35 años, depositada con cuidado en una fosa protegida con losas y tégulas.
El ajuar que acompañaba al esqueleto reveló de inmediato que se trataba de una persona de rango excepcional. Sobre el pecho de la difunta descansaban dos alfileres de oro macizo rematados en cabezas poliédricas de catorce caras, destinados a sujetar sus ropajes o un sudario. Junto a su mano derecha se rescató un cuenco de vidrio amarillento soplado al aire y adornado con ocho gotas verde azuladas en relieve, una pieza de lujo importada.
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Los rasgos del enterramiento señalaban a una aristócrata venida del corazón de Europa que había enfermado en mitad del viaje y buscó cobijo en el hostal antes de fallecer. Los investigadores plantearon desde el principio que la dama recorría Hispania con el propósito de contraer matrimonio con algún noble para sellar alianzas. Sin embargo, la comitiva que la escoltaba en aquella arriesgada travesía permaneció sumida en el anonimato durante tres décadas.
Dos semanas a caballo por las calzadas de Hispania
El misterio ha quedado finalmente resuelto gracias a un exhaustivo estudio de paleogenómica que ha localizado a su hermano biológico a 725 kilómetros de distancia. Sus restos yacían en la necrópolis de Los Blanes, en Mérida (Augusta Emerita), acompañados por joyas de oro idénticas a las halladas en suelo castellonense. La confirmación de este parentesco directo —lograda por un equipo internacional integrado por una treintena de científicos— marca un récord absoluto: es la mayor distancia geográfica documentada en la historia de la arqueogenética entre familiares de primer grado.
Las pruebas de ADN determinaron que ambos compartían un 100% de ancestría genética del norte y centro de Europa, con un perfil coincidente con las poblaciones de las actuales Chequia y Hungría. El análisis del cromosoma Y del varón (haplogrupo I1) confirmó esa misma filiación, ratificando que ambos eran migrantes de primera generación procedentes de la cuenca danubiana.
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A partir de los modelos de simulación histórica de la plataforma Orbis, de la Universidad de Stanford, los científicos han podido reconstruir la logística del viaje. Cubrir los más de 700 kilómetros que separaban la costa mediterránea de la capital lusitana a través de la red viaria romana requería unas dos semanas a caballo, o cerca de 24 días de marcha continua a pie. Esta travesía demuestra que las calzadas y paradas del Imperio seguían ofreciendo servicio y seguridad a comienzos del siglo V, a pesar del declive administrativo de Roma.
La pista de las primeras invasiones
El viaje de los hermanos se truncó trágicamente en el tramo levantino. El estudio antropológico descartó marcas de violencia o asaltos de bandoleros. En su lugar, el examen bucal reveló un cuadro severo de patologías: caries, periodontitis y un absceso periapical que provocaron infecciones crónicas. Los forenses sospechan que una complicación infecciosa o unas fiebres repentinas acabaron con su vida en la posta. Ante el deceso, su séquito excavó una fosa bajo el suelo de la estancia para resguardar el cuerpo con sus joyas y prosiguió la marcha hacia el oeste.
Tras dar sepultura a su hermana, el noble continuó en solitario hasta Augusta Emerita. La presencia de estos aristócratas coincide con el convulso gobierno del usurpador Máximo y anticipa la transformación de Mérida en capital del futuro reino. Los autores del informe concluyen que ambos formaban parte de una avanzadilla o etapa muy temprana de los flujos migratorios germánicos que desembocaron en la entrada masiva de suevos, vándalos y alanos en la península en el año 409. Un drama familiar sepultado hace más de 1.600 años que la genética ha vuelto a conectar.
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