La evidencia científica demuestra que hacer ejercicio es bueno para la salud. Caminar, correr, montar en bicicleta, nadar o practicar cualquier otra actividad física se asocia de forma directa con un mejor estado de salud y con la prevención de numerosas enfermedades. Así, los expertos recomiendan mantenerse activos y evitar el sedentarismo.
Sin embargo, no siempre es fácil trasladar esa recomendación a la vida cotidiana. Entre las obligaciones laborales, familiares y sociales, muchas personas concentran la actividad física en momentos puntuales, como el fin de semana, las vacaciones o determinados periodos en los que disponen de más tiempo. El problema, en ese caso, no está necesariamente en el ejercicio en sí, sino en la falta de continuidad.
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Convertir la actividad física en una costumbre puede ser tan importante como el propio esfuerzo que se realiza durante una sesión. La regularidad permite que el ejercicio forme parte de los hábitos cotidianos y evita que quede reducido a episodios aislados. Y, cuando se habla de actividad física y salud cardiovascular, la diferencia entre una práctica ocasional y una rutina puede ser especialmente relevante.
El cardiólogo José Abellán (@doctorabellan) explica que realizar un esfuerzo intenso de manera puntual después de un periodo de inactividad puede tener consecuencias diferentes a las de quien mantiene una práctica habitual. “Si tú no haces nada y un día haces un ejercicio intenso, tu riesgo de sufrimiento cardiovascular aumenta doscientas veces”, señala el especialista.
La magnitud de ese incremento cambia, según Abellán, cuando existe una rutina previa de actividad física. “Si tú haces ejercicio regular, digamos, dos veces o tres a la semana, ese aumento del riesgo pasa a ser solo diez veces superior”, afirma el cardiólogo.
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La constancia es más importante que la intensidad
La diferencia que plantea el experto se encuentra, por tanto, en la frecuencia con la que se realiza ejercicio. No se trata únicamente de incorporar una sesión intensa de actividad física de forma aislada, sino de mantener una práctica continuada. En este sentido, Abellán pone el foco también en el efecto que el ejercicio regular tiene sobre el riesgo cardiovascular de base.
“Quien hace ejercicio regular, quien entrena más de dos veces a la semana, su riesgo de sufrir un infarto basalmente disminuye un 50 %”, sostiene, refiriéndose al nivel de riesgo que una persona presenta habitualmente al margen de estar realizando ejercicio en ese momento. La afirmación sitúa la constancia como un elemento central de la relación entre ejercicio y salud cardiovascular.
Esta perspectiva también cambia la manera de entender la actividad física. En lugar de plantearla como una actividad que se realiza únicamente para compensar periodos de inactividad, se pone el foco sobre la necesidad de convertirla en un hábito. La regularidad, en sus palabras, permite que el organismo afronte de otra manera los momentos de esfuerzo.
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“Haz ejercicio físico regular, porque es lo que va a hacer que cuando hagas ejercicio prácticamente no aumente tu riesgo de sufrir un infarto y, sobre todo, cuando no estés haciendo ejercicio, se disminuya la mitad”, recomienda Abellán.
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