Tras los recientes terremotos registrados en la provincia de Granada, resulta imprescindible repasar los términos y conceptos clave para comprender qué ocurre bajo nuestros pies y saber interpretar los partes sísmicos. Los terremotos —también llamados seísmos— ocurren cuando la energía acumulada en el interior de la Tierra se libera de forma repentina, generando una vibración que se propaga por la superficie.
El origen profundo de este fenómeno se encuentra en las placas tectónicas, gigantescas piezas rígidas de la corteza terrestre que flotan sobre el manto de la Tierra y se mueven lentamente. Cuando estas placas chocan o se rozan entre sí, transmiten esa inmensa presión a las fallas geológicas, que son las fracturas subterráneas que atraviesan las rocas.
Al no soportar más tensión, la falla se rompe o se desliza bruscamente en un punto profundo denominado hipocentro. Esa ruptura libera en un instante toda la energía acumulada en forma de ondas sísmicas, unas vibraciones que se propagan por el subsuelo en todas direcciones. El punto de la superficie situado justo encima de esa rotura es el epicentro, el lugar donde la sacudida suele sentirse con mayor fuerza antes de extenderse.
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La reacción en cadena
Un terremoto nunca viene del todo solo. La corteza terrestre es un sistema dinámico y, tras una gran sacudida o un periodo de inestabilidad, el subsuelo necesita adaptarse a la nueva situación. En ocasiones, la energía no se libera en un único temblor de gran intensidad, sino mediante lo que los geólogos denominan un enjambre sísmico: una secuencia de decenas o incluso cientos de terremotos de magnitud parecida que ocurren en una misma zona durante días o semanas, sin que ninguno de ellos destaque claramente como el seísmo principal.
En otros escenarios, cuando sí se produce un terremoto fuerte que actúa como evento principal, la zona fracturada de la roca queda desestabilizada. Es entonces cuando entran en juego las réplicas, que son todos aquellos temblores de menor magnitud que se suceden en las horas, días o incluso meses posteriores a la gran sacudida. En la práctica, estas réplicas funcionan como los pequeños reajustes inevitables que debe hacer la roca subterránea hasta volver a encajar y encontrar un nuevo punto de equilibrio.
¿Cómo se mide la fuerza de un seísmo?
La magnitud mide la cantidad de energía real que libera una falla en el hipocentro subterráneo. Calculada mediante la escala de Richter o la de magnitud de momento, es un dato físico único e invariable: el terremoto tiene exactamente la misma magnitud sin importar dónde se mida. Además, responde a una escala logarítmica, lo que implica que pasar de magnitud 4 a 5 no es un pequeño incremento, sino liberar unas 32 veces más energía.
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Para ponerlo en perspectiva, los temblores por debajo de magnitud 3,0 suelen ser casi imperceptibles para la población; entre 4,0 y 5,0 se sienten con claridad y pueden mover muebles, mientras que a partir de 6,0 entramos en la escala de seísmos destructivos.
Por su parte, la intensidad (medida con la escala de Mercalli o la EMS-98) evalúa el impacto real sobre la superficie: cómo lo perciben las personas y qué daños causa. A diferencia de la magnitud, varía según la distancia al epicentro y el terreno, por lo que se expresa en números romanos del I (imperceptible) al XII (destrucción total). Así, un mismo seísmo puede causar una intensidad alta en el epicentro y ser casi imperceptible a 50 kilómetros.
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