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“Me pasé la vida fingiendo que no me dolía”

Los hijos no solo reciben las intenciones de sus padres, sino especialmente sus palabras, sus silencios, sus miradas, sus miedos. Y todo eso, cuando uno es chico, se mete muy adentro

Una mujer sujeta a su hija pequeña en brazos, que mira directamente a la cámara, en una fotografía de estilo sepia. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Mamá se enojaba conmigo porque decía que yo no me daba cuenta de nada. En realidad, la que no se daba cuenta era ella. Yo percibía todo.

Desde muy chica aprendí a hacerme la boluda. A actuar como si la realidad no me tocara, como si las cosas malas no me dolieran. Pero me dolían. Muchísimo. Solo que descubrí que era más seguro fingir que mostrar lo que sentía.

Mamá vivía comparándonos. Siempre parecía que alguien era nosotras, más inteligente, menos torpe, más capaz. Nunca alcanzaba nada. Sin darse cuenta, nos fue enseñando a mirarnos con los mismos ojos con los que ella se miraba: los de alguien que jamás terminaba de sentirse suficiente.

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No quería hacernos daño, pero era inevitable con todas las heridas que cargaba. Porque los hijos no solo reciben las intenciones de sus padres, sino especialmente sus palabras, sus silencios, sus miradas, sus miedos. Y todo eso, cuando uno es chico, se mete muy adentro.

Mi forma de sobrevivir fue simular que nada me afectaba. Como si pudiera embadurnarme con una capa de vaselina para que todo resbalara. Las críticas, las comparaciones, las desvalorizaciones, la ansiedad y la angustia que se respiraban en casa.

Puedes engañar a la cabeza, pero no al cuerpo

Con los años entendí que, en el mejor de los casos, uno puede engañar a la cabeza, pero nunca al cuerpo. El cuerpo percibe todo, como el corazón.

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Por eso nunca creí en ese refrán que dice “ojos que no ven, corazón que no siente”. Claro que el corazón siente, aunque no vea. Si no, preguntémosle a cualquiera que alguna vez sospechó que su pareja lo engañaba. No tiene pruebas, la otra persona lo niega todo. Sin embargo, hay algo que ya cambió. Una mirada distinta, un abrazo raro, un silencio sutilmente largo. El cuerpo siempre se entera antes que la razón.

Con la indiferencia pasa algo parecido. Nos gusta creer que hacernos los distraídos nos protege. Que si actuamos como si no importara, va a dejar de importar. Pero el dolor no desaparece, solo deja de tener autorización para salir.

“Descubrí que hacerse el indiferente ni siquiera funciona como analgésico”

Descubrí que hacerse el indiferente ni siquiera funciona como analgésico. Solo vuelve invisible el sufrimiento. Y eso tiene un precio enorme. Porque uno termina acostumbrándose tanto a esconder lo que siente que llega un momento en que ya no sabe ni qué siente. De tanto actuar el personaje de la fuerte, la autosuficiente, la que siempre puede, la actuación se convierte en identidad.

¿Cuántas veces dije “no pasa nada”, cuando en realidad sí pasaba?

¿Cuántas veces respondí “estoy bien” solo para que la conversación terminara ahí, sin quedar expuesta?

Recuerdo infinidad de veces en que alguien me preguntó cómo estaba. La respuesta salía antes de pensarla.

—Bien.

Era automática. Tan automática que ni siquiera me preguntaba si era verdad.

¿Cuántas veces no pedí ayuda porque hacerlo me hacía sentir débil?

¿Cuántas veces preferí alejarme de alguien antes que mostrar cuánto la necesitaba?

¿Cuántas oportunidades perdí por miedo a que me vieran vulnerable?

Callarse antes de decir un “te necesito”

En más de una relación importante elegí callarme antes que decir: “Te necesito”. Me resultaba menos amenazante tomar distancia que correr el riesgo de que el otro descubriera cuánto me importaba. Creía que me estaba protegiendo. En realidad, me estaba quedando sola.

Sin darme cuenta, seguía haciendo de adulta exactamente lo mismo que había aprendido de chica: sobrevivir.

Solo que ya no necesitaba sobrevivir, y usar una estrategia que había sido brillante para un niño, era devastadora para un adulto.

En mi casa se hablaba todo el tiempo. Pero de lo único que nunca se hablaba era de lo que sentíamos. Había conversaciones eternas sobre política, trabajo, vecinos o cualquier otra cosa. En cambio, si alguien estaba triste, asustado, avergonzado o necesitaba un abrazo, no había lugar para expresarlo. Era como si las emociones fueran un huésped incómodo al que había que sacar rápido de la mesa.

“En mi casa se hablaba todo el tiempo. Pero de lo único que nunca se hablaba era de lo que sentíamos”

Así aprendí que había emociones que era mejor guardar. Llorar incomodaba. Mostrar mis miedos perturbaba a los demás y a mí me hacía creer que era débil. Decir “esto me duele” podía desestabilizar a los demás.

Entonces hice lo que hacen tantos chicos: me adapté. Y cuando un chico se adapta durante demasiado tiempo, deja de sentir que está actuando. Cree que ese personaje es él. Pero el cuerpo nunca acepta ese acuerdo.

Durante años pensé que estaba cansada porque trabajaba mucho. Que dormía mal por el estrés. Que las contracturas del cuello eran normales. Que cierta angustia aparecía “porque sí”. Recién mucho después empecé a preguntarme si mi cuerpo no estaría intentando decir lo que yo llevaba décadas impidiéndome decir con palabras.

Mientras mi cabeza repetía “estoy bien”, mi cuerpo hablaba otro idioma.

A algunos les habla con ansiedad, a otros con insomnio, con gastritis, migrañas, contracturas, ataques de pánico o un agotamiento que ninguna noche de sueño consigue reparar. El cuerpo termina diciendo lo que la boca nunca se animó a decir.

No saber quién eres

Tal vez por eso tantas personas llegan a los cuarenta, a los cincuenta o a los sesenta con la extraña sensación de no saber quiénes son. Pasaron décadas siendo eficientes, responsables, fuertes, resolutivos. Pero un día descubren que hace muchísimo tiempo que dejaron de preguntarse qué necesitaban ellos.

Y entonces aparece la pregunta más incómoda de todas. Si durante tantos años fui el personaje que inventé para sobrevivir, ¿quién soy cuando dejo de actuar?

Creo que ahí empieza el verdadero trabajo. No en aprender a ser fuerte, porque eso ya lo aprendimos demasiado bien. Sino en desaprender. En dejar de responder “no pasa nada” cuando sí pasa. En dejar de decir “estoy bien” cuando no lo estamos. En animarnos a pedir ayuda antes de que el cuerpo tenga que gritarla por nosotros. En dejar de confundir autosuficiencia con soledad. Aceptar que mostrarnos vulnerables no nos hace más débiles, sino más verdaderos.

Hoy creo que los niños no sobreviven porque no sienten. Sobreviven porque aprenden muy temprano a fingir que no sienten. Y cuanto mejor les sale esa actuación, más solemos felicitarlos. Les decimos que son fuertes, maduros, independientes, que no dan trabajo, que nunca molestan.

Sin darnos cuenta de que, muchas veces, debajo de esa fortaleza solo hay un chico que aprendió que sentir era peligroso.

Quizás crecer no consista en hacerse más fuerte, sino por fin, en dejar de actuar.