A sus 24 años, Arnau ha dejado atrás la vida urbana para construir su propio camino en la naturaleza. Mientras la mayoría de los jóvenes intentan abrirse paso en las ciudades, él tomó una decisión radical al cumplir la mayoría de edad: mudarse al campo. Hoy, más de cinco años después, gestiona su propio huerto, cría a sus animales y lidera un proyecto de cría de conejos, demostrando que un estilo de vida autosuficiente y alejado del ruido es totalmente viable.
Para este joven, la jornada empieza temprano y está marcada por las necesidades del entorno rural. “Normalmente me levanto, me tomo un café tranquilamente y luego ya voy directamente al corral a por huevos”, explica a Víctor y Delia, quienes lo han visitado en el Pirineo para entrevistarle en su canal Impacientes de YouTube, un espacio donde estos dos médicos analizan los beneficios de la vida natural y la salud.
Tras recolectar los huevos de pato y gallina y alimentar a las aves, su siguiente tarea consiste en encargarse del resto del ganado: “Normalmente las dejo sueltas y ellas ya tienen sus zonas para comer, pero algún día sí que salgo con ellas a acompañarlas un poco y a dar una vuelta”. Esta labor con las cabras le ocupa “de dos a tres horas cada día, más o menos”.
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Ante el frío de la mañana en el Pirineo, el joven bromea asegurando que “el método Wim Hof aquí aprobadísimo”, haciendo referencia a la técnica que utiliza la exposición al frío extremo para fortalecer el sistema inmunitario y reducir el estrés. Para Arnau, este choque térmico es el inicio de una jornada donde toda la actividad se realiza de forma manual: desde las tareas en el campo hasta el esfuerzo físico de cortar y recolectar la leña necesaria para calentar el hogar.
Un modelo de negocio basado en el bienestar animal
Lejos de estar aislado del sistema productivo, Arnau ha convertido su pasión por la naturaleza en un proyecto de cría de conejos destinados a ser animales de compañía, bajo un modelo que prioriza el respeto absoluto. Con orgullo, detalla que sus instalaciones han sido creadas desde cero para que sea un entorno donde los animales “vivan en grupos, que es algo que normalmente no se hace, porque los crían separados en jaulas pequeñas”. De la granja, los animales van directamente al cliente final sin intermediarios una vez cumplen las ocho semanas.
Uno de los pilares de su autosuficiencia es el huerto ecológico, desde donde Arnau defiende el consumo de temporada frente al modelo de las grandes superficies. Para el joven, la clave reside en la maduración natural bajo el sol: “Coger el alimento maduro y poderlo conocer o procesar, como un tomate recién recolectado para la ensalada, hace que sea mucho más nutritivo y saludable”.
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En su terreno rige una política estricta de “cero químicos”. Arnau es consciente de que la ausencia de pesticidas afecta a la estética visual de la cosecha, pero prioriza radicalmente la salud: “Puede estar comido por los caracoles y las babosas, pero no lleva químicos. En el supermercado quieren productos bonitos y perfectos, y los que se salen de ahí se desechan”.
Gracias a este sistema de cultivo natural, asegura que el huerto produce suficiente alimento “para mí y para mi pareja”. Además, la recolección se complementa con lo que ofrece el propio bosque según la época del año, saliendo a buscar setas como fredolics o níscalos: “Si hay dudas, no comerla. No se come”.
La cara B del Pirineo
A pesar de su convencimiento, Arnau habla con honestidad sobre la otra cara de la vida en la montaña: el aislamiento geográfico. Explica que la lejanía complica mucho las relaciones sociales, ya que se limita a los pocos vecinos del entorno o depende de que sus allegados se desplacen hasta allí. “La verdad es que a veces me siento solo estando aquí”, confiesa.
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La logística también exige una planificación debido a la media hora de distancia que lo separa del pueblo más cercano. Para optimizar los desplazamientos, Arnau cuenta que van solo una vez a la semana para comprar todo, tanto los productos de alimentación para ellos como los piensos para sus animales. El joven asegura que, en comparación con los costes de las grandes ciudades, en el campo “pagas la mitad y se nota mucho económicamente”.
Al ser preguntado sobre si se plantea regresar a la ciudad en el futuro, su respuesta es tajante: “No. Al contrario, cada vez me reafirmo más en que esto es lo que quiero”. De hecho, su meta es consolidar este proyecto y formar una familia en el entorno rural, convencido de que es la opción más positiva para el desarrollo de sus futuros hijos: “En la ciudad se suele tener una tendencia a coger adicción a los móviles a temprana edad o a la tele; cosas que en el campo a lo mejor lo suples con actividades que generan dopamina, pero de la sana”.