La acalasia es un trastorno poco frecuente del esófago que dificulta el paso de los alimentos y líquidos desde la boca hasta el estómago. Aunque su prevalencia es baja, su impacto en la calidad de vida puede ser considerable si no se diagnostica y trata a tiempo. Esta enfermedad se caracteriza por la incapacidad del esfínter esofágico inferior (una válvula muscular ubicada entre el esófago y el estómago) para relajarse adecuadamente durante la deglución.
Las causas exactas de la acalasia siguen sin conocerse completamente, asegura la Clínica Mayo. Sin embargo, los especialistas coinciden en que está relacionada con el daño en los nervios del esófago, lo que impide la coordinación normal de los movimientos musculares (peristalsis) necesarios para empujar los alimentos hacia el estómago. Este deterioro nervioso podría tener un origen autoinmune, es decir, cuando el propio sistema inmunitario ataca por error a las células sanas.
También se han explorado posibles factores infecciosos o genéticos, aunque ninguno ha sido confirmado de forma concluyente. En algunos casos raros, la acalasia puede estar asociada a enfermedades como el cáncer de esófago, lo que hace aún más importante un diagnóstico diferencial preciso.
Síntomas de la acalasia
Uno de los principales desafíos de la acalasia es que sus síntomas suelen aparecer de forma gradual y empeorar con los años. El signo más característico es la disfagia, es decir, la dificultad para tragar tanto alimentos sólidos como líquidos. A diferencia de otros trastornos, en la acalasia esta dificultad no distingue entre tipos de comida.
Otros síntomas frecuentes incluyen la regurgitación de alimentos no digeridos, especialmente al acostarse; dolor en el pecho que puede confundirse con problemas cardíacos; pérdida de peso involuntaria y sensación de ardor o acidez. Algunos pacientes también presentan tos nocturna o infecciones respiratorias recurrentes debido a la aspiración de alimentos.
La Clínica Mayo advierte que estos síntomas pueden confundirse con los de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), lo que en ocasiones retrasa el diagnóstico correcto.
Diagnóstico y tratamiento de la enfermedad
Para confirmar la acalasia, los médicos recurren a varias pruebas. La manometría esofágica es la más específica, ya que mide la presión y el movimiento del esófago durante la deglución. También se utilizan estudios como la esofagografía con bario, que permite observar la forma y el funcionamiento del esófago mediante radiografías, y la endoscopia, que ayuda a descartar otras causas como tumores.
Aunque la acalasia no tiene cura definitiva, existen tratamientos eficaces para aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida. El objetivo principal es relajar o debilitar el esfínter esofágico inferior para facilitar el paso de los alimentos.
Entre las opciones más comunes se encuentra la dilatación neumática, un procedimiento en el que se introduce un balón en el esófago y se infla para ensanchar el esfínter. Otra alternativa es la miotomía de Heller, una cirugía en la que se cortan las fibras musculares del esfínter para permitir su apertura.
Más recientemente, se ha popularizado una técnica menos invasiva llamada miotomía endoscópica peroral (POEM), que se realiza a través de un endoscopio sin necesidad de incisiones externas. En algunos casos, se pueden emplear medicamentos o inyecciones de toxina botulínica (bótox), aunque sus efectos suelen ser temporales y se reservan para pacientes que no pueden someterse a procedimientos más invasivos.