España progresa lentamente en el dominio del inglés. Según el EF English Proficiency Index (EF EPI) 2025, elaborado con datos de 2,2 millones de adultos de 123 países, el nuestro ocupa el puesto 36 con 540 puntos, dentro del grupo de ‘dominio moderado’. A pesar de las leves mejoras, sigue lejos de otros países como Portugal o Países Bajos, donde el inglés forma parte de la vida diaria y laboral.
Y es que el inglés ha dejado de ser un valor añadido en el currículum para convertirse en un requisito indispensable para la empleabilidad. Sin embargo, el aprendizaje sigue sin transformarse en competencia real en muchos casos.
Según Gemma Ollé, directora de marketing de Education First, el principal error del modelo español ha sido estructural. “Durante años hemos puesto el foco en aprobar o suspender, no en usar el idioma. Hemos aprendido conceptos teóricos, estructuras gramaticales, vocabulario… pero no hemos entrenado suficientemente la capacidad de comunicarnos en situaciones reales", explica en declaraciones a Infobae.
La confusión entre conocimiento y competencia genera un patrón que se repite. “Saber inglés no es conocer reglas, es poder defender una idea, participar en una reunión o resolver un problema en otro idioma“. Esta dinámica hace que los españoles obtengan buenos resultados en comprensión auditiva y lectora, pero no en expresión oral. “Entendemos el idioma, pero no siempre nos sentimos capaces de usarlo. Esa falta de confianza es uno de los grandes frenos para avanzar”, señala Ollé.
Algo con lo que está de acuerdo María Mercedes Marín García, directora general de Formación de la Comunidad de Madrid. “En determinados casos, el inglés sigue percibiéndose más como un aprendizaje académico que como una competencia aplicada al entorno laboral. El reto es avanzar en la consolidación del inglés como una herramienta efectiva para la empleabilidad, el desarrollo profesional y la internacionalización”, subraya en conversación con este diario.
“Hablar debería ser un eje central del aprendizaje”
Hablar inglés sigue siendo la principal dificultad. “Falla el peso que se le da y el tipo de entorno en el que se practica. La expresión oral necesita espacios seguros, donde equivocarse no tenga consecuencias negativas. Sin esa confianza, es muy difícil que los estudiantes se lancen a hablar”, señala Ollé.
Además, el factor cultural juega un papel clave: “En España el error se vive con cierta penalización, especialmente al hablar en público, y eso genera inseguridad. En países con mejores resultados, equivocarse se entiende como parte natural del proceso. Aquí, en cambio, muchas personas prefieren no intervenir antes que hacerlo de forma imperfecta”.
Desde la administración, Marín García destaca que “se han producido mejoras muy significativas en la incorporación de metodologías comunicativas y en la exposición al idioma desde edades cada vez más tempranas”. Sin embargo, el principal desafío se mantiene en la etapa adulta: “Es clave implementar metodologías activas donde el uso del inglés sea práctico y vinculado a situaciones reales, especialmente en el ámbito profesional”, añade.
“Consumían inglés, pero lo practicaban menos”
Uno de los hallazgos más destacados del EF EPI 2025 es que los jóvenes de 18 a 25 años, a pesar de estar más expuestos al inglés por series, redes sociales y plataformas digitales, puntúan peor en expresión oral que el grupo de 26 a 30. “Exponerse no es lo mismo que usar el idioma de forma activa. Durante la pandemia, precisamente en etapas clave de su formación, esta generación perdió muchas oportunidades de interacción real: hablar, debatir, equivocarse y ganar confianza. Consumían inglés, pero lo practicaban menos”, explica Ollé.
En contraste, los adultos de 26 a 30 años ya trabajaban con el idioma en contextos reales, “de ahí que el inglés deje de ser un contenido y pase a ser una herramienta: reuniones, correos, proyectos... Ese uso funcional y con propósito es lo que acaba marcando la diferencia”, sentencia. Y es que “solo así se consolida la competencia comunicativa y se fortalece la confianza para usar el idioma”, coincide Marín García.
El informe también evidencia una brecha entre la enseñanza y las exigencias del mercado laboral, que “demanda un uso funcional en contextos reales, algo que no siempre se trabaja con suficiente intensidad en las etapas educativas. Hoy el inglés es necesario para tareas muy diversas, desde leer instrucciones hasta coordinar proyectos logísticos”, dice la directora de Formación de la Comunidad de Madrid.
“El aprendizaje se queda en un plano académico si no se usa”
La clave, coinciden Ollé y Marín García, no está en estudiar más inglés, sino en usarlo más y con propósito. “El idioma se consolida cuando sirve para comunicarse, trabajar en equipo, viajar, resolver situaciones reales. Si no se crea esa necesidad de uso, el aprendizaje se queda en un plano académico y no se transforma en competencia funcional”, sintetiza Ollé.
“Las empresas deben incorporar el inglés en su actividad diaria, más allá de exigirlo en procesos de selección, favoreciendo entornos donde los empleados puedan usarlo de manera práctica. Y las personas también tienen un rol activo, asumiendo que el inglés ya no es un valor añadido, sino una competencia básica necesaria para mantenerse empleables. La colaboración entre educación, universidad y empresa es clave para que el aprendizaje sea verdaderamente útil y transformador”, agrega Marín García. “No se trata de estudiar más inglés, sino de integrarlo mejor en la vida real, como hacen en los países que lideran el ranking”, concluye Ollé.