Seis meses después de separarse, Kiko Rivera e Irene Rosales ya no mantienen ningún contacto: los motivos de su conflicto

Seis meses después de anunciar su separación en buenos términos, la expareja atraviesa un momento de máxima tensión

Irene Rosales y Kiko Rivera, en una boda en Sevilla en 2021. (Firma: Europa Press Reportajes)

Cuando Kiko Rivera e Irene Rosales anunciaron su separación el pasado mes de agosto, lo hicieron bajo el paraguas de la cordialidad y el respeto mutuo. Tras once años juntos, nueve de matrimonio y dos hijas en común, la pareja insistió entonces en que el amor por su familia seguiría siendo el eje central de su relación futura. Nada hacía presagiar que, apenas medio año después, aquella promesa de convivencia serena acabaría diluyéndose hasta desaparecer por completo.

Fue la revista Semana la que, el 27 de agosto, adelantó en exclusiva el final de una de las historias más consolidadas del papel couché. En aquel momento, la propia Irene Rosales aseguraba que la ruptura se había producido sin terceras personas y en un clima de entendimiento. “Hay mucho cariño, hay unión y, sobre todo, mucho amor por la familia que hemos formado”, afirmaba la sevillana, dejando claro que, aunque la relación de pareja hubiera llegado a su fin, el vínculo familiar permanecería intacto.

Sin embargo, con el paso de los meses, esa imagen de separación ejemplar ha ido resquebrajándose. Ambos tomaron caminos distintos tras una relación que, según su entorno, llevaba tiempo agonizando. La intención inicial era rehacer sus vidas sin conflictos y priorizando el bienestar de sus hijas, pero la convivencia emocional tras una ruptura rara vez es sencilla. Las diferencias, los reproches acumulados y los pequeños desacuerdos cotidianos han terminado por erosionar cualquier intento de entendimiento.

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Según los rumores que han trascendido, uno de los principales focos de conflicto estaría relacionado con la logística familiar. En concreto, el deseo de Kiko Rivera de que su actual pareja, Lola, pudiera recoger a sus hijas en el colegio, una decisión que requeriría el consentimiento expreso de Irene Rosales. Ella, siempre según estas informaciones, se habría negado de forma tajante, lo que habría provocado una fuerte discusión telefónica entre ambos. Lo que comenzó como un desencuentro puntual habría escalado hasta convertirse en un enfrentamiento mucho más profundo.

Hoy, seis meses después de la separación, el diagnóstico es claro y contundente. “No es que no haya buena relación, es que no hay relación”, ha subrayado Jorge Borrajo, director de Semana. El periodista adelanta que la revista publica este miércoles unas imágenes que reflejan con claridad el delicado momento que atraviesa el exmatrimonio, unas fotografías que corresponderían a su último encuentro, fechado el pasado viernes 30 de enero.

Primeras peleas por sus hijas

La escena tuvo lugar a las puertas del colegio de su hija pequeña, coincidiendo con su cumpleaños. Aunque ese fin de semana correspondía a Kiko disfrutar de la niña, Irene decidió acercarse para darle un abrazo y desearle un feliz día. Un gesto que pretendía ser cariñoso y discreto acabó convirtiéndose en una imagen reveladora de la distancia que hay entre ambos progenitores.

Irene Rosales y Kiko River. (Europa Press)

Según relatan testigos presenciales, la llegada de Kiko Rivera tensó el ambiente de inmediato. No hubo miradas, ni palabras, ni gestos. Solo silencio y una frialdad absoluta que se prolongó durante varios minutos. “No es indiferencia, es como si no existiera”, apuntan desde el entorno del programa El tiempo justo. Ante la evidente incomodidad de la situación, Irene Rosales optó finalmente por marcharse.

Aunque las imágenes no recogen de forma explícita las lágrimas, quienes presenciaron la escena aseguran que Irene se fue visiblemente afectada. Pese a llevar gafas de sol, su gesto serio y abatido no pasó desapercibido. Un momento captado por las cámaras que confirma que aquel “buen rollo” inicial del que presumió la expareja ha saltado definitivamente por los aires.

Kiko Rivera ha roto su silencio y ha hablado de los motivos que le llevaron a poner fin a su relación con la madre de sus hijas

Lo que comenzó como una separación modélica se ha transformado, con el paso del tiempo, en una ruptura marcada por el silencio y la distancia. Un desenlace que pone de manifiesto la dificultad de mantener la armonía cuando el desgaste emocional y los desacuerdos se imponen, incluso cuando el objetivo común sigue siendo el bienestar de los hijos.

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