La isla paradisíaca de Italia sin carreteras ni señal telefónica que es perfecta para desconectar

Este enclave permanece ajeno a las redes, el tráfico y el turismo convencional

Palmarola, la paradisíaca joya oculta de Italia. (Captura/YouTube)

A ocho kilómetros de la costa occidental de Italia y frente a Roma, se encuentra Palmarola, considerada la isla más virgen del mar Tirreno. Casi deshabitada y sin carreteras, electricidad ni cobertura telefónica, este enclave destaca por la ausencia total de infraestructuras modernas, lo que la convierte en un destino singular para quienes buscan una desconexión absoluta y naturaleza intacta.

¿El problema? Como ocurre con todos los paraísos, es difícil llegar a ellos: el acceso a Palmarola es limitado y solo posible a través de pequeñas embarcaciones privadas o de pescadores que parten desde Ponza, la isla vecina. El viaje requiere tomar primero un tren hasta Anzio, luego un ferry hasta Ponza, y finalmente negociar la travesía final en barco, sujeta a la meteorología y disponibilidad local. Esta dificultad de acceso reduce la afluencia de turistas y preserva el ambiente salvaje. Sin centro habitado, carreteras ni tráfico, el paisaje está dominado por acantilados volcánicos, playas de guijarros, calas solitarias y una vegetación de palmeras bajas. Las únicas habitantes regulares son las cabras salvajes, presentes en la isla durante todo el año.

Desde 1998, Palmarola forma parte de una reserva natural protegida. La isla carece de hoteles o alojamientos convencionales. La excepción es el restaurante O’Francese, situado en Cala del Porto, que ofrece pescado fresco y algunas habitaciones excavadas en antiguas cuevas de pescadores. Alojarse allí exige reservar con meses de antelación, con precios desde 150 euros en pensión completa.

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El paisaje, esculpido por la erosión volcánica, presenta acantilados, formaciones rocosas singulares, cuevas, piscinas naturales y pequeñas playas. Entre los lugares de interés se encuentran la llamada Catedral, una formación pétrea de aspecto gótico próxima a Punta della Brecce, y Cala Tramontana, famosa por sus cuevas marinas y aguas azules. También destacan el islote Scoglio Scuncillo, de forma similar a una concha, los escollos de I Piatti y Le Galere —de obsidiana negra usada históricamente para fabricar utensilios— y la Gruta del Gato, que alberga una fuente natural de agua dulce que desemboca en el mar.

Entre auroras boreales y un día que dura cuatro meses: estas son unas de las islas más impresionantes de Noruega.

Vida y experiencias en Palmarola

La vida en Palmarola sigue el ritmo de la naturaleza. Los visitantes pueden practicar snorkel en aguas cristalinas, caminar por senderos que enlazan la playa con el interior o simplemente tumbarse bajo el cielo estrellado, alejados de cualquier resplandor eléctrico.

“Hay tanto y tan poco que hacer… Pasamos los días haciendo snorkel y bronceándonos en la playa frente al restaurante, que está llena de guijarros de coral rosa. Por la noche, nos tumbamos en la playa y contemplamos las estrellas”, cuenta en CNN Maria Andreini, una profesional tecnológica de Treviso, que viaja cada verano con su familia a la isla. Según Andreini, citada por Infobae, durante una semana entera ha sentido que vivía “una experiencia primigenia, como si estuviéramos naufragando, un poco como si estuviéramos en Los Picapiedra de vacaciones”.

La propiedad de Palmarola se remonta al siglo XVIII, cuando familias napolitanas que colonizaron Ponza recibieron autorización para dividir la isla en parcelas. Actualmente, sigue repartida entre descendientes de aquellos primeros propietarios, familias residentes en Ponza que han heredado viviendas excavadas en las grutas de los acantilados —algunas pintadas de blanco y azul— usadas tradicionalmente como refugio en caso de temporal.

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