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El sueño póstumo de Felipe de Edimburgo que se cumple ‘gracias’ a la caída en desgracia de su hijo pequeño, Andrés

La pérdida de sus títulos ha obligado a Andrés a asumir un apellido que simboliza una larga lucha por la identidad dentro de la Casa Real

Imagen de archivo del Príncipe Felipe, duque de Edimburgo. (WPA Pool)

La Casa Real británica lleva meses acaparando por titulares que nada tienen que ver por su actividad institucional. La caída en desgracia de Andrés, el hermano pequeño de Carlos III, parece no tener fin, al menos de momento. Mientras que sigue saliendo información sobre su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein, el ya exduque de York se está amoldado a su nueva realidad.

Lo más destacado es la reciente decisión del monarca de retirarle títulos y tratamientos oficiales, una medida excepcional en la historia de la familia real, ha marcado un antes y un después en la identidad pública del que fuera duque de York.

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Ahora Andrés es reconocido oficialmente como Andrés Mountbatten-Windsor, una denominación que trasciende lo meramente protocolario. Su nuevo apellido ha traído al presente una tema que se remonta más de un siglo atrás y conecta con la historia de la monarquía británica. Pero también con las aspiraciones personales que, en vida, marcaron a su propio padre, el duque de Edimburgo.

El príncipe Andrés de Gran Bretaña, a la izquierda, y el rey Carlos III de Gran Bretaña. (Foto AP/Joanna Chan, archivo)

Un apellido nacido de una crisis histórica

Para comprender el alcance de este cambio, es necesario volver a 1917. En plena Primera Guerra Mundial, el sentimiento antialemán era palpable en el Reino Unido. La familia real, que portaba el apellido Saxe-Coburg and Gotha, se encontraba en el punto de mira debido a sus vínculos germánicos. Ante esta situación, el rey Jorge V tomó una decisión histórica: renombrar la dinastía como Casa de Windsor, en honor al que consideraba el símbolo más representativo de la tradición británica.

El príncipe Andrés de Gran Bretaña en la Real Capilla de Todos los Santos en el Royal Lodge en Windsor. (Steve Parsons/Pool Photo via AP)

La medida tuvo un efecto replicador. El príncipe Luis de Battenberg, antepasado directo del actual Andrés, optó por adaptar también su apellido, transformándolo en Mountbatten para eliminar cualquier vestigio alemán y alinearse con el nuevo clima patriótico. Décadas después, su sobrino Felipe —futuro esposo de Isabel II— seguiría sus pasos. Renunció a sus títulos extranjeros, adoptó el apellido Mountbatten y se integró plenamente en la vida británica antes de su boda en 1947.

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El anhelo de Felipe de Edimburgo tras el ascenso al trono de Isabel II

A pesar de la aparente estabilidad matrimonial y del papel fundamental que desempeñó junto a la reina, Felipe vivió momentos de profunda frustración en su rol de príncipe consorte. Cuando Isabel accedió al trono en 1952, él abandonó su carrera en la Marina para asumir un papel protocolario limitado, siempre a varios pasos detrás de la soberana.

Uno de los golpes más significativos llegó cuando se le informó de que sus hijos llevarían únicamente el apellido Windsor. “Soy el único hombre del país al que no se le permite dar su nombre a sus hijos”, llegó a lamentar con amargura. Aquella decisión cuestionaba su identidad y su lugar dentro de la estructura dinástica.

Quién es quién en la casa real británica: del rey Carlos, el más tardío de la historia, al polémico príncipe Andrés.

Un legado reactivado por la polémica

Setenta años después, ese mismo apellido vuelve a ocupar el centro de la escena pública. La retirada de honores oficiales a Andrés ha hecho que el apellido Mountbatten-Windsor resurja.

Ahora el hijo menor de Felipe, pese a ser el miembro de la familia cuyo comportamiento más ha dañado la imagen de la institución, es el que ha terminado personificando el legado que tanto deseó su padre al llevar Mountbatten seguido de su nombre.

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