Fray Cosme Spessotto: El beato italiano que recogía cuerpos y sembraba paz en El Salvador

El fraile franciscano que reconstruyó templos, sembró viñedos y perdonó anticipadamente a sus asesinos, es hoy un beato grabado a fuego en la memoria de un pueblo que aprendió de él la fuerza mansa del Evangelio

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Una acuarela muestra a Fray Cosme Spessotto Zamuner, fraile franciscano, empujando una carretilla con cuerpos de caídos en una calle polvorienta de San Juan Nonualco, El Salvador, durante la guerra civil. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estrépito de la guerra civil en El Salvador no se medía solo en el conteo diario de bajas, sino en el silencio espeso que se instalaba en los pueblos tras el sonar de las ráfagas. En junio de 1980, San Juan Nonualco era un hervidero de miedo, un territorio donde la vida valía lo que dictara el capricho de un fusil.

Sin embargo, entre el polvo de sus calles y el eco de los combates, una figura vestida con el rústico hábito marrón de San Francisco de Asís caminaba a contracorriente. Era Santí Spessotto Zamuner, a quien todos conocían simplemente como el Padre Cosme.

Nacido en la lejana Mansuè, Italia, un 28 de enero de 1923, este fraile franciscano había cambiado los verdes paisajes del norte italiano por el calor sofocante y el dolor latente de la provincia salvadoreña. Llegó como misionero, pero las circunstancias lo convirtieron en un escudo humano para su comunidad. No portaba armas; su única defensa era la fuerza mansa y desconcertante del Evangelio.

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Para los habitantes de San Juan Nonualco, Fray Cosme no era un sacerdote de sacristía y discursos abstractos. Era el hombre que se arremangaba el hábito para trabajar a la par de los albañiles. Cuando un terremoto devastó la iglesia parroquial, él no se limitó a pedir donaciones; tomó la pala, mezcló el cemento y cargó piedras junto a sus feligreses para reedificar el templo desde los cimientos.

Fray Cosme Spessotto, el misionero franciscano de origen italiano que cambió su tierra natal por la entrega incondicional a los más vulnerables en El Salvador (Cortesía cosmespessotto).

Pero la guerra civil, incipiente y feroz, pronto tiñó de rojo los campos de cultivo. La violencia no respetaba altares ni investiduras. Los templos comenzaron a ser vistos por las fuerzas militares como posiciones estratégicas o centros de sospecha. Fray Cosme se plantó firme en el umbral de su iglesia.

Se opuso con vehemencia a la ocupación militar de los espacios sagrados y alzó la voz para defender a la población vulnerable frente a los recurrentes abusos de poder. Su imparcialidad nacía de una profunda caridad cristiana: no le importaban las banderas políticas, le importaba el sufrimiento humano.

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Cuando el amanecer revelaba los horrores de la noche anterior, el Padre Cosme salía a las calles con una carretilla o en su vehículo. Recogía los cadáveres abandonados, sin distinguir si eran civiles inocentes, guerrilleros caídos en combate o soldados del ejército. Para él, cada cuerpo inerte era un hijo de Dios que merecía una digna sepultura cristiana. Ese acto de compasión elemental, en el código paranoico de la guerra, fue interpretado por los violentos como una afrenta, un acto de desafío que comenzó a sentenciar su destino.

Además de su labor pastoral, el fraile franciscano introdujo con éxito el cultivo de la uva en la zona de los Nonualcos para impulsar el desarrollo local (Cortesía Vatican news).

El camino a los altares

Las amenazas de muerte no tardaron en llegar a la parroquia. El ambiente se volvió pesado, pero el fraile italiano mantenía una calma que desconcertaba a sus verdugos. Sabía perfectamente lo que le esperaba. En la intimidad de su escritorio, con la misma caligrafía firme con la que anotaba los bautizos y las bodas, redactó un testamento espiritual que con el tiempo se convertiría en un monumento a la gracia divina.

En aquellas líneas, Cosme Spessotto dejó por escrito su perdón anticipado: perdonaba explícitamente a quienes planeaban quitarle la vida y pedía a Dios por la conversión de sus futuros asesinos. Caminaba hacia el altar del sacrificio con los ojos abiertos y el corazón limpio.

El 14 de junio de 1980, el reloj marcaba el inevitable desenlace. Mientras se preparaba para celebrar la santa misa, la violencia irrumpió en el espacio sagrado de San Juan Nonualco. Elementos armados lo atacaron a mansalva, guiados por el odio a esa fe que se atrevía a humanizar el conflicto.

Los impactos de bala rompieron el silencio del templo. Fray Cosme cayó al suelo, bañando con su sangre la tierra que había adoptado como suya. Tenía 57 años. El misionero que cruzó el océano para sembrar viñedos y reconstruir iglesias moría convertido en mártir.

En su escritorio de trabajo, el Padre Cosme dejó escritas las líneas donde perdonaba anticipadamente y pedía por la conversión de sus asesinos (Cortesía Vatican News).

La muerte del Padre Cosme no apagó su voz; por el contrario, la amplificó. En julio de 1999, la Iglesia católica inició formalmente su causa de canonización, un proceso minucioso que buscaba examinar cada día de su vida y, sobre todo, la entrega del último aliento. El Papa Francisco reconoció oficialmente su martirio en mayo de 2020, despejando el camino para el reconocimiento universal de su santidad.

Finalmente, el 22 de enero de 2022, bajo el cielo de San Salvador, se celebró su solemne beatificación. En una ceremonia cargada de memoria histórica y emoción, Fray Cosme Spessotto fue elevado a los altares junto al jesuita salvadoreño Rutilio Grande y sus compañeros laicos. Hoy, su imagen permanece no solo en las estampitas de los altares, sino en la memoria viva de un pueblo que aprendió de él que la paz no se conquista con las armas, sino con la persistencia diaria del perdón y la entrega incondicional a los más olvidados.

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