
Los argentinos tienen uno de los promedios más altos de escolaridad de Latinoamérica, pero, al mismo tiempo, uno de los que menos creció en los últimos quince años. En ese período, pasó de 10,3 años de tiempo en las aulas a 11,2, lo cual implica un crecimiento del 0,9. Mientras que en la región la media fue de un progreso de 1,4.
Si se amplía el período, se observan diferencias notorias. En 1974 casi 8 de cada 10 argentinos entre los 18 y 59 años tenía la secundaria incompleta o menos. En 2018, no había alcanzado a terminar la escuela obligatoria 4 de cada 10.
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Sin embargo, desde el arranque de siglo el crecimiento de la escolaridad argentina bajó la velocidad: aumentó tan solo 5,3 puntos porcentuales la cantidad de adultos con secundaria completa (de 62,7% a 68%). En la región, en cambio, hubo un progreso exponencial: de 17,5 puntos porcentuales (42,8% a 60,3%).


Los datos surgen del informe “La educación de los argentinos en clave de recursos y estructuras de oportunidades” que la Universidad Católica Argentina (UCA) elaboró y presentará mañana a las 18 en su auditorio.
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“En comparación con muchos países de la región, la Argentina desarrolló tempranamente un extendido sistema educativo, de modo que las cifras reportadas son reveladoras de esta trayectoria. De todas formas, si se toma en cuenta la evolución de este indicador, se aprecia una tendencia levemente desventajosa para nuestro país”, dice el informe.
El primer análisis es favorable. En el bienio 2015-2017, casi 7 de cada 10 jóvenes argentinos de 20 a 24 años habían terminado la secundaria frente a un promedio regional de 6 cada 10. Pero la mejora del siglo XXI está muy por debajo de incluso países que ya tenían altos indicadores como Chile, que pasó de 73,9% a 86,4% o Perú, que pasó de 66% a 82,9%.
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Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, explicó a Infobae: "La demanda potencial que supone la expansión de la cobertura de la educación secundaria, a partir de su obligatoriedad, queda relativizada por el fenómeno de la deserción. También cabe conjeturar que una parte importante de los adolescentes que logran la credencial de la educación secundaria carecen de las competencias y el capital social que les facilite el trayecto educativo hacia la universidad. Las calidades educativas en la educación media son disímiles y claramente regresivas para los sectores sociales más vulnerables”.
Un fenómeno parecido se da en la universidad. En 1974, solo 1 de cada 10 adultos había cursado en el nivel superior. En 2018, ese índice llegó a casi 4 de cada 10. Pero las cifras vuelven a revelar un estancamiento desde principios de 2000.
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“Si bien asistimos a un incremento muy significativo de la red de instituciones de educación superior y políticas de apoyo económico como el programa Progresar, ello no tuvo como correlato una evolución ascendente de la tasa de egreso de dicho nivel. En comparación a otros países, la Argentina tiene cifras elevadas de matrícula universitaria pero baja tasa de graduación”, remarcó Tuñón.

En el Gran Buenos Aires, puntualmente, el principal incremento de jóvenes de entre 18 y 29 años con nivel superior completo o incompleto se dio entre 1974 y 1998: pasó de 19,1 a 32,7 por ciento. Una década más tarde ese indicador solo había subido 3 puntos porcentuales.
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“La ampliación de la oferta significó más matriculación, pero no implicó más inclusión en términos de permanencia en el sistema y graduación. Los capitales educativos y sociales de origen de los jóvenes son claves en el sostenimiento de los trayectos educativos”, concluyó la especialista.
Otras conclusiones del informe
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El informe de la UCA consta de cinco capítulos en los que aborda los déficits educativos de los argentinos en base a distintas variables como sexo, nivel socioeconómico, paternidad y capital cultural. A continuación, las principales conclusiones:
-Los varones corren con desventaja con respecto a las mujeres en todo ciclo vital: las niñas están mejor posicionadas que los varones con respecto al déficit educativo en la escuela primaria, en la educación secundaria y superior. Esto se mantiene en los distintos estratos socioeconómicos.
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-La disponibilidad de capital cultural de las familias es clave. Los niños que no tienen una biblioteca experimentan un déficit educativo del 52,8%, distinto a quienes sí tienen libros en sus hogares: un 39,2% de déficit (brecha de 13,6 p.p.). Continúa este déficit en la adolescencia (41,3% frente a24%), y en la juventud se profundiza 53,1% frente a un 16,1%, respectivamente.
-El nivel educativo de los padres es indicativo de la posibilidad de acompañamiento que ellos tienen sobre las actividades escolares los niños: mientras que el 55,5% de los chicos que vive en hogares de bajo clima educativo tienen déficit, sólo 30,8% de los que vive en hogares de clima educativo medio-alto presenta esas dificultades.
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-Los chicos que viven en hogares en los que ningún miembro del hogar dispone de un de calidad están significativamente más expuestos al déficit educativo (56,5% frente a 39,2%).
-Tomando el caso de los jóvenes y la paternidad/maternidad: el déficit educativo entre quienes son padres y con aquellos que no lo son hay una brecha de 30,7 puntos porcentuales.
-El comportamiento lector de las niños es un factor diferencial sobre la propensión al déficit: mientras que el 60,7% de los chicos que no suelen leer textos impresos (libros, revistas, diarios) tiene déficit, solo 34,7% de los que tiene el hábito lector lo experimenta.
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