
Finalmente ha llegado el mes de septiembre sin demasiadas novedades más que las ya popularmente conocidas. Algo en materia de subsidios energéticos, otro poco en materia de gasto público y otras muchas buenas intenciones cargadas de una gran dosis de fe. Ningún “plan secreto” parece haberse puesto en marcha, al menos por ahora.
Luego de un mes desde su asunción en el Ministerio de Economía empiezan a surgir muchas dudas respecto a si los cambios propuestos desde el comienzo la gestión de Sergio Massa efectivamente ocurrirán.
El ajuste en el gasto público parece algo bastante marginal. Unos 210.000 millones de pesos de recorte presupuestario no parecen mover el amperímetro de las cuentas públicas. El ajuste en la política parece una mera cuestión propagandística: se establecen ajustes en el Ministerio de Salud, el Ministerio de Obras Públicas y hasta el Ministerio de Educación pero parece no ser necesario ningún recorte en otras áreas mucho menos sensibles como el Ministerio de la Mujer (quién lleva ejecutado unos 23.000 millones de pesos sobre un total de 28.000 millones de pesos de presupuesto), dependencia ésta que nadie sabe bien su real utilidad.
Más allá del cuestionamiento a la liviandad en materia de reducción del déficit fiscal, una vez más la urgencia se muestra por sobre lo importante: las reservas se van terminando y los dólares no aparecen. Septiembre es un mes crítico donde hay vencimientos con organismos internacionales, un fuerte vencimiento de deuda en pesos y donde los exportadores agropecuarios no moverán un solo grano de no conocerse novedades en materia cambiaria (siempre en un marco donde las importaciones se encuentran virtualmente suspendidas). La situación es realmente dramática.
Los caminos son claros y ninguno parece encuadrar dentro de los deseos políticos. El “plan aguantar” es una de las posibilidades. Ciertamente no debe ser un plan hasta el fin del mandato sino simplemente ciertas medidas que disimuladamente permitan llegar ilesos hasta marzo del 2023, donde se renuevan las expectativas en materia de liquidación de divisas: comienza nuevamente la “temporada alta” de ingresos de dólares y los mismos serían suficientes para –con alguna dificultad pero lograrlo al fin– llegar a las elecciones. El riesgo más evidente de esta alternativa es precisamente no lograrlo y tener que hacerse cargo de la irresponsabilidad política en materia económica que impera en la argentina desde hace algo más de dos décadas, sentenciando a muerte las chances electorales.
El freno de la economía ante la ausencia de dólares (que complica el comercio exterior, genera escasez y alimenta el aumento de los precios) deja entre manos otros dos posibles caminos más allá del “plan aguantar”: una brusca devaluación o un desdoblamiento cambiario.
El “dólar soja” es una de las alternativas para (de manera temporal) tentar a los dueños de los granos para que tomen la decisión de liquidar sus dólares. Se habla de un dólar especial a $200 (que neto de retenciones quedaría por debajo incluso del dólar oficial actual) y cierta simplicidad para su operatoria (que fue uno de los reclamos del sector). El “dólar soja” que operó durante agosto fue un rotundo fracaso: se liquidaron apenas 20 millones de dólares. Esta corrección podrá en tal caso darle algún respiro al gobierno en un mes que debe hacerse de 5.000 millones de dólares adicionales en sus reservas para poder cumplir con las metas del FMI, pero no mucho más que eso, el problema en materia de divisas se va a seguir acrecentando si no se resuelve el resto del problema cambiario.
Al “dólar soja” se le suman otras ideas que no hacen más que pensar en que aún pueden existir más distorsiones en el mercado cambiario: el “dólar tech” (para los que exportan conocimiento), el “dólar auto” (para los que exportan automóviles) y hasta el “dólar Qatar” (un tipo de cambio diferencial para aquellos que viajen al mundial, esquema este que probablemente terminarán implementándolo para todo el turismo al exterior).
Ya sea devaluando de manera brusca o desdoblando el tipo de cambio, el Gobierno sabe que el impacto en la inflación será brutal y que de no tener un plan integran consistente detrás de la medida que tome, ese impacto en precios puede tornarse absolutamente incontrolable.
Tal vez el Gobierno crea que puede aún conseguir fondos frescos del FMI, del Banco Mundial o del BID. Incluso si lo hace, la mecha será demasiado corta como para poder sobrevivir a los meses que quedan de gobierno. La única realidad es que el tiempo de agota y no hay parece haber manera de frenarlo.
El solo andar nos develará cual fue el camino elegido ante una Argentina que agónica pide un simplemente un poco de normalidad.
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