Y un día, apareció un cisne fucsia

Si realmente nos preocupan los pobres, si queremos que cada uno de ellos tenga una vida digna, educación, trabajo y oportunidades, y no sean esclavos de quienes a cambio de votos les permiten subsistir, procuremos generar prosperidad y bienestar, a partir de algunos acuerdos fundamentales

Un trabajador esparce desinfectante en Plaza de Mayo (REUTERS/Matias Baglietto)
Un trabajador esparce desinfectante en Plaza de Mayo (REUTERS/Matias Baglietto)
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En los últimos años se sucedieron varios cisnes negros. Así llamamos a los sucesos inesperados y poco frecuentes. El ataque a las Torres Gemelas, la crisis del 2008 que arrasó con el sistema de hipotecas en Estados Unidos y se extendió al mundo, la llegada de Trump a la presidencia y el Brexit fueron algunos de los eventos que impactaron al mundo occidental y a su sociedad.

Pero la historia vuelve a sorprendernos. Un virus microscópico nos enferma y nos mata. China, Italia, España, Francia, EEUU… Nadie escapa. La única vacuna, por ahora, es el aislamiento. Pero aislarse implica detener la frenética rutina en la que muchos de nosotros estamos inmersos.

Y, para nuestro asombro, el mundo se paró. Y Argentina también.

Una mañana nos enteramos que el petróleo (que por esta fecha, según proyecciones de bancos internacionales debía costar 58 dólares el barril), había alcanzado, por primera vez en la historia, un precio negativo, de –37 dólares. La estrepitosa caída de la demanda sumada a las consecuentes dificultades de almacenamiento tuvo un impacto inesperado por todos. Cierran empresas, despiden personas, colapsan sectores enteros.

Como en toda crisis, hay algunos sectores ganadores: farma, tecnología, ventas on line, comunicaciones…

De golpe aprendimos todos a dar clase desde nuestras computadoras, a tener reuniones por Meet y a no salir sin un barbijo. Algunos viven el encierro con desesperación y ansiedad. Otros se dedican a retomar cosas para las cuales ya no hubo tiempo, como tocar música o leer buena literatura.

Sabemos que para la gran mayoría, habrá un día después. Y mientras los médicos, biólogos, bioquímicos trabajan afanosamente para curar o prevenir, otra parte de la sociedad tiene que seguir trabajando para, no sólo revertir la crisis económica generada por el virus, sino para doblegar los problemas preexistentes: recesión, desempleo, inflación, déficit, pobreza, etc., etc.

Así como la letalidad del virus es mayor cuanto peor sea el estado de salud del individuo, una crisis como esta puede ser fulminante para economías frágiles, poco competitivas y desfinanciadas como la argentina.

La disyuntiva salud o economía puede tener sentido para quienes toman determinadas decisiones, o en momentos puntuales. Pero no podemos desconocer que ambas dimensiones están vinculadas estrechamente. Si la preservación de la salud requiere frenar la economía, la pobreza y la indigencia aumentarán, y esto afectará negativamente la salud... Un verdadero espiral descendente. Quienes hablamos de economía no somos indiferentes a los temas sanitarios. Los tenemos en cuenta, principalmente por una razón moral, y también porque no es posible tener una economía saludable si la población está enferma. Y dado que no podemos “agregar valor” hablando de temas médicos, tratamos de aportar nuestro granito de arena pensando la economía.

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El presidente Alberto Fernández estableció la cuarentena hasta el 10 de mayo

En un contexto de fuerte recesión (se prevé una caída del PBI de entre el 5,7 y el 10%), inflación mensual creciente (3,3% en marzo), y pobreza que seguramente superará el 40%, es imperativo pensar cómo encontrar una salida. Y la historia de la humanidad ha demostrado que, cuando se quiere, siempre hay una salida.

Para ello es necesario tener en cuenta algunas premisas, que no son ni de izquierda ni de derecha. Algunas son resultantes de la matemática (si divido un número constante por números crecientes, el resultado será cada vez menor). Otras de la historia (evidencia de qué hicieron los países que redujeron drásticamente la pobreza).

Aquí van algunas de ellas.

1. La única manera de salir de la pobreza es generar riqueza. Esto funcionó tanto en Estados Unidos como en China. Como los conejos no salen de la galera, si se quiere distribuir, primero hay que tener algo que pueda ser distribuido. Y ese algo tiene que ser producido o generado. Si la cantidad de gente crece, y lo disponible para distribuir no aumenta, a cada uno le tocará una porción menor. Entonces, si la población aumenta, no sólo basta con producir, sino que la economía tiene que crecer. De lo contrario, cada uno irá recibiendo cada vez menos.

2. Para generar riqueza (bienes o servicios) se requiere inversión, que es capital aplicado a la producción. El capital no es ni bueno ni malo. Es un factor de producción indispensable, que se manifiesta, a nivel público en buenos medios de transporte, infraestructura, acceso al agua potable, cloacas, etc. A nivel privado, el capital orientado a la inversión productiva se traduce en puestos de trabajo. Tanto un albañil como un ingeniero que trabaja en un yacimiento petrolero, requieren de una empresa que haya arriesgado el capital necesario para que ese proyecto se materialice. Sin capital no hay inversión, sin inversión no hay trabajo.

3. El siglo XXI requiere de múltiples conocimientos. El conocimiento se adquiere a través de la educación. El capital también es necesario para educar y para romper las brechas educativas, que son la verdadera causa de la perpetuación de la pobreza. En el largo plazo, no hay mejor política redistributiva que la educación de calidad. No basta con aumentar el gasto en educación. Hay que aumentar la eficiencia de la educación para que las personas puedan tener oportunidades.

4. La inversión requiere un horizonte previsible, porque nadie entra a un lugar si duda acerca de la existencia de una salida. La volatilidad de nuestra economía explica una parte importante de los bajísimos niveles de inversión. El ratio de inversión sobre PBI del 14,4 % (2018) nos indica que en Argentina ni siquiera se alcanza a reponer el capital que se amortiza. La institucionalidad es una parte fundamental de la estabilidad. Si cada gobierno desconoce lo que hizo el anterior por pertenecer a otro partido, la toma de decisiones de mediano plazo, por parte de los actores económicos, es imposible. No podemos quejarnos del cortoplacismo si los tres poderes cambian las reglas (leyes, decretos, acuerdos internacionales, etc,) con la velocidad de quien modifica el color de una pared.

La salida, entonces, puede existir si y sólo si se forjen acuerdos fundamentales que aseguren previsibilidad. Esto puede llamarse la definición consensuada de una estrategia de desarrollo, o al menos el compromiso de las principales fuerzas políticas de no modificar por determinada cantidad de años las variables que sustentan las decisiones económicas y ciertas instituciones fundamentales.

Hay muchos sectores que pueden traccionar en sentido contrario al abismo. Nadie duda que en el mundo por venir los alimentos de calidad van a tener una demanda sostenida. Si el drama del coronavirus se originó en la ingesta de murciélagos, es probable que gradualmente las proteínas de origen animal requieran controles y trazabilidad. Ahora bien, para un productor ganadero no es lo mismo contar con el mercado argentino de 44 millones de personas, que con el mercado asiático o el europeo. Si, como ocurrió en algún momento, intempestivamente se prohíben las exportaciones de carne, violando compromisos preexistentes, no se va a lograr más carne para los argentinos. Se va a lograr que las vacas migren al Uruguay.

Este es sólo un ejemplo de los muchos existentes. Y para quienes crean que todo se reduce al campo, entendamos que cuando hablamos de economías regionales y de manufacturas de origen agropecuario, no hablamos sólo de producción primaria. Hablamos de productos orgánicos, de de certificaciones, de biotecnología, de maquinaria agrícola y sus piezas, de logística, de software, de sistemas de trazabilidad, de desarrollo de vacunas, etc.

Quizás este cisne fucsia deje una enseñanza para Argentina, un país que tanto se resiste a la normalidad. Demostrarnos que ante una gran amenaza, en razonable poco tiempo, somos capaces de acordar cuestiones fundamentales y ordenarnos. La sociedad respondió lo mejor que pudo, aportando conocimiento, trabajo, experiencia, audacia o resignación. Pero al menos todo parece indicar que los esfuerzos y el consenso están dando sus frutos y se logra “aplanar la curva”.

Si hay una curva que desde hace décadas no logramos aplanar es la del crecimiento de la pobreza estructural, explicada sencillamente por un total estancamiento en nuestro PBI. Si bien el coronavirus es letal, la pobreza también. Si realmente nos preocupan los pobres, si queremos que cada uno de ellos tenga una vida digna, educación, trabajo y oportunidades, y no sean esclavos de quienes a cambio de votos les permiten subsistir, procuremos generar prosperidad y bienestar, a partir de algunos acuerdos fundamentales. Dado que la historia nos enseña que el odio, las luchas armadas y la sangre sólo han conducido a los pueblos a hambrunas, escasez y miseria, lo primero a acordar y a asegurar es el compromiso con la paz y la clara definición de un proyecto de Nación.

La autora es economista y Decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA

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