Poner o sacar técnicos, fantasía de periodistas

Luego de una semana donde el entrenador de River estuvo en el centro de las discusiones mediáticas, el columnista detalla casos similares en otros deportes donde las opiniones terminaron sepultadas por los hechos

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Demichelis y Martínez, técnicos de River y Boca, cuyas gestiones son auditadas cada semana por gran parte del periodismo
Demichelis y Martínez, técnicos de River y Boca, cuyas gestiones son auditadas cada semana por gran parte del periodismo

Desde las plumas y los micrófonos más exquisitos y lúcidos hasta algunos casos que podrían sintetizarse como semianalfabetos semánticos y conceptuales, es difícil que las personas dedicadas al periodismo prescindamos de cierta dosis de egocentrismo y vanidad. Hay quien se cree salvador de la República y quien es más papista que el Papa. Y en el deporte, especialmente en el fútbol, abundan los que hablamos o escribimos convencidos de que nuestra opinión influye hasta a la hora de poner o, especialmente, sacar un entrenador.

Afortunadamente, existen nulas pruebas de que esto sea así. Inclusive en un ambiente plagado de dirigentes demasiado susceptibles al murmullo o clamor de la tribuna. Tribunas que, por cierto, están llenas de hinchas muchas veces infectados por aquello que machacamos desde la radio, la tele, los diarios, los portales o las redes sociales. No seremos decisivos pero tampoco inocuos en nuestras críticas u operaciones.

Hay un montón de ejemplos al respecto dentro del universo de las pelotas. Entre los más notorios, el más reciente fue el de Lionel Scaloni al frente del seleccionado. Seguramente debe haber habido analistas que hayan, al menos, alentado la expectativa por ver de qué se trataba el experimento del hombre de Pujato manejando semejante plantel. Los demás, amplia mayoría, fuimos entre críticos –fui uno de ellos, oportunamente converso- hasta lapidarios de esos que hasta podían pasearse por las salas de prensa de Qatar entre perplejos y fastidiados por el inclaudicable avance del equipo.

Al respecto, hay un caso testigo contundente respecto de lo poco y nada que sabemos los periodistas en relación a un entrenador –cualquiera de cualquier deporte-; mucho menos si tomamos en cuenta que son los cuerpos técnicos los que conviven a diario con los protagonistas.

Es el caso de Ángel Di María. El mismo crack al que hoy le pedimos “una más y no jodemos más” podría haberse quedado afuera de la lista de la Copa América del 2021 sin que generase un escándalo mediático. Antes de definir magistralmente la final con los brasileños, Ángel solo jugó un partido como titular –Paraguay en la fase de grupos-, en cuatro ingresó para jugar no más de 25 minutos y en uno ni siquiera entró.

Más que eso. En las horas previas a la final del Mundial nadie “de los de palo” hubiéramos podido asegurar que aquel jugador que apenas jugó ocho minutos del suplementario en los cuartos ante Países Bajos y que ni siquiera entró en las semifinales contra Croacia sería titular y decisivo ante Francia. Algo más. Cualquiera que hubiera visto el partido de Inglaterra ante los franceses habría imaginado a Di María, Molina y De Paul armando un eje de bloqueo a la banda izquierda rival, con Mbappe como objetivo clave, similar al que Southgate montó con Walker, Henderson y Saka.

El resto ya lo sabemos: Di María fue titular jugó por la izquierda y ya no por la derecha y nos quedamos con la sensación de que, si aguantaba diez minutos más en la cancha, el partido estaba para una goleada sin precedentes en la final de un Mundial.

Hay ejemplos por fuera del fútbol, como no. Por ejemplo, en la semifinal del Mundial de hockey sobre césped femenino de 2002, en Perth, donde Cachito Vigil le pidió a Lucha Aymar que jugase de volante central ante las fenómenos locales. Ese rival, que dos años antes derrotó ampliamente a las Leonas en dos partidos de los juegos olímpicos, incluida la final, quedó reducido a la nada misma y Luciana agarro la bocha al comenzar el partido y, después del bocinazo final, se la devolvió a la mesa de control. En el medio, nadie pareció tocarla más que ella.

Por ejemplo, en toda la Copa Davis de 2016. El primer cuestionamiento fue dejar fuera del equipo ante Polonia a Federico Delbonis, quien eligió jugar torneos en canchas lentas antes que prepararse en superficies rápidas como la usada en Gdansk. Ganó Argentina.

Después llegó Italia, sobre polvo de ladrillo, en Pesaro. ¿Cómo no poner en los singles a Juan Martín del Potro? El tandilense solo jugó el dobles y el punto clave se lo ganó Delbonis a Fognini. Gano Argentina.

Semifinal con Gran Bretaña en Glasgow. ¿A quién se le ocurrió exponer a Del Potro el primer día ante Andy Murray, quien venía de ganarle en cuatro sets la final olímpica de Río? Al capitán Daniel Orsanic. Delpo ganó su single. El día previo al sorteo Juan Martín advirtió que tenía pocos cartuchos que disparar y que necesitaba hacerlo lo antes posible. Había sido un año de demasiado desgaste el de la más impactante de todas sus vueltas. Por eso jugó el viernes y lo hizo en el dobles del sábado. Se escucharon críticas al tenista porque dejaba en banda al equipo en la definición del domingo y al capitán por no guardarlo para el último encuentro del domingo. Ese punto lo disputó Leo Mayer. Ganó Argentina.

Final con Croacia. Todo tan disfuncional que llegamos al quinto punto después de que Del Potro estuviese dos sets abajo contra Marin Cilic en el cuarto. A nada de perder una quinta final copera. Recuerdan lo de Gdansk? Delbonis afuera por no prepararse en carpeta? Federico terminó ganando el partido más importante de la historia de nuestro tenis.

Podría escribirse un libro desplegando la interminable cantidad de discusiones pre y post partidos de aquella gesta. Hubo dirigentes, entrenadores, ex jugadores, periodistas y un montón de hinchas más o menos conocedores del juego. Nadie, ni por asomo, pudo leer aquello que sólo se interpretó puertas adentro del plantel.

Esta semana que está por terminar volvió a sacudir ingratamente al Mundo River. Desde ya que debe haber habido errores por parte del Cuerpo Técnico y defecciones individuales y colectivas; solo así cualquier equipo poderoso de primera división puede perder, aunque sea por penales, ante uno más modesto y que juega en otra categoría. La posterior derrota contra Argentinos va por otro carril al tratarse de un rival de los que mejor juega en la Liga. Sin embargo, en un tiempo en el que, por diversas razones –no todas decorosas- se viene instalando en la opinión pública una especie de deseo desestabilizador de la gestión Demichelis, gran parte del análisis se sintetizó en la arenga previa a los penales. Sobre todo en el mensaje sobre “lenguaje corporal”. Viralizado, ridiculizado y, finalmente, reivindicado por Walter Perazzo, técnico de Temperley. En un montón de deportes individuales –pongo al tenis a la cabeza- y en muchos casos de disciplinas colectivas es, efectivamente, el lenguaje corporal un mensaje elocuente que suele ser debidamente interpretado y, muchas veces, aprovechado por el rival.

Desde ya que es lógico que se la tome con sorna cuando la arenga incluye un mensaje con contenido y ya no un mero balbuceo repleto de insultos y escaso en eses. Es aquello que nos parece divertido; lo que garpa. Admitamos que a unos cuantos de nosotros, nos aburre que un entrenador aporte un concepto que, además, con frecuencia no estamos en condiciones de interpretar. Ni que hablar cuando te meten donde corresponde sujeto, verbo, predicado y concepto. Ahí directamente acusamos al entrenador de vendehumo, segundos antes de cabecear de sueño en plena conferencia de prensa.

Días atrás, Néstor Gorosito dijo en declaraciones a ESPN que a Martín “no se lo analiza solo por el fútbol. Un muchacho crack, habla tres idiomas y tiene una familia perfecta, todo esto hace que se le pegue a Demichelis mucho más. A él se le buscan diferentes cosas” para agregar que River es, con diferencia, “el que mejor juega en Argentina”.

Se podrá estar o no de acuerdo con esta sentencia, la final. La anterior me parece una síntesis interesante a la cual le agregaría aquel episodio para algunos imperdonable que es el de tener off the records selectivos, algo que hace cuanto protagonista de la vida pública usted y yo conozcamos.

Después está lo razonable: heredar un asiento como el de Marcelo Gallardo no es lo más cómodo para quien está dando sus primeros exámenes como entrenador en nuestro medio.

Pero acá el problema de fondo pasa por cuestiones mucho menos profundas.

No es el de Demichelis el primer caso en el se exagera lo malo y relativiza lo bueno de alguien que trabaja sin preocuparse demasiado por hacer relaciones públicas.

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