La historia del Jardín de Oscar, la casa que cambió la estética del deporte argentino: del mítico Bulldog a la camiseta que amó Maradona

Por el local de estampados de Oscar Tubío en Galería Jardín pasaron los grandes campeones del deporte nacional: desde Carlos Monzón a Carlos Reutemann. También famosos de la talla de Susana Giménez y Alberto Olmedo. “Hoy se perdió la creatividad”, dice quien fuera su dueño

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Tubío, con algunas de sus creaciones (Franco Fafasuli)
Tubío, con algunas de sus creaciones (Franco Fafasuli)

La primera impresión. La que dicen que cuenta y para la que no hay segundas oportunidades. Hay una persona que la tuvo y con ella dio un cambio absoluto en su vida. Fue cuando inauguró su local de remeras estampadas, hace 50 años, en la calle Florida, abriendo un mundo mágico y hasta allí desconocido en el país. El Jardín de Oscar: un mito que se fue construyendo por la innovación e impronta de su dueño, Oscar Tubío, que cuando realizó en una remera una primera impresión, fue la que contó para hacerse conocido y supo aprovechar aquella oportunidad, ya que no habría otra.

Solía ir hasta la galería Jardín, bajaba por las escalaras para encontrarme con ese negocio único, con mi ñata de pibe o adolescente contra el vidrio, para ver cómo las modernas máquinas trabajaban a ritmo frenético, poniéndole color y originalidad a todo tipo de indumentaria. Pero mi fascinación se potenciaba porque allí se confeccionaban varias de las camisetas que utilizaban los futbolistas, siempre con el dueño detrás del mostrador o al lado, en su impactante oficina, con las paredes originalmente decoradas con gigantes firmas de las personalidades más destacadas. Pasados los años, me encuentro con Oscar, que me recibe en su casa con calidez y afecto, dispuesto a la charla.

“La idea nació en 1974 en La Rural de Palermo. Fui a allí para dar una charla sobre ventas, contratado por una empresa, en una exposición basada en electrodomésticos, porque en ese momento tenía un negocio del ramo en Quilmes. Al terminar la disertación, se me acercaron dos empresarios de origen armenio, que me propusieron una reunión, que la hicimos en ese momento, en la que me explicaron lo que tenían en mente: habían visto en Londres unas máquinas que estampaban imágenes en remeras, con buena aceptación, sobre todo de los jóvenes. Me pareció una gran idea. Ellos poseían las prendas, las máquinas, los calcos para aplicar, pero carecían de contactos, que era lo que yo sí tenía y nos asociamos. Había estado desde siempre vinculado al mundo del espectáculo, porque mi sueño era ser actor o locutor y llegué a trabajar en La Revista Dislocada, el gran éxito de la radio, reemplazando a Jorge Porcel, que se tenía que ir al servicio militar. Inmediatamente me puse a buscar un local y gracias a un amigo, lo conseguí en la galería Jardín, en plena calle Florida. A los pocos días, ya estaban allí Olmedo, Porcel, Susana, Moria entre otros famosos, a quienes conocía. Eso, más la innovación de lo que hacíamos, hizo que el negocio estuviera siempre lleno”.

Oscar Tubío con Carlos Monzón
Oscar Tubío con Carlos Monzón

Eran tiempos de gloria para el espectáculo nacional en esa zona, con los cines de Lavalle y los teatros de Corrientes, cuando todavía era la calle que nunca dormía. Algo similar ocurría con el deporte, en el que varios argentinos se destacaban en distintas disciplinas. En el Jardín de Oscar se ensamblaban ambos mundos: “Un día vino a verme Domingo Cutuli, el mánager de Carlos Reutemann, con la propuesta de hacerle los estampados en su buzo de carrera. Me llevó al Sheraton, donde no solo conocí al Lole, sino a todo lo que rodeaba a la Fórmula 1, codeándome con Bernie Ecclestone o Niki Lauda. Abrí los ojos a un universo distinto, porque aquí el deporte no tenía ese nivel. Boca, por ejemplo, compraba la indumentaria en Grillo Sport, un negocio de Constitución (risas)”.

Gracias a la relación que había armado con Juan Carlos Lorenzo, pudo acceder a Alberto J. Armando, para presentarle el proyecto de mejorar la camiseta: “Se venía la final Intercontinental contra Borussia y me pareció que era el momento para poder innovar con la casaca. Le puse las famosas cuatro estrellas, números en las mangas y, por primera vez, el apellido del jugador en la espalda. A Don Alberto se le iluminó la cara y me dio el sí, con la única condición de no mostrársela a nadie antes. La Bombonera se venía abajo y momentos antes que el equipo saliera, se la entregué a Mónica Cahen D´Anvers, que estaba para canal 13 en vivo, dentro del campo de juego y ahí se vio por primera vez. Esa fue mi entrada definitiva en el mundo del fútbol”.

Se avecinaban los años del furor por la estruendosa aparición de Maradona, que conmovió a los estamentos del fútbol y con quien Oscar tuvo una gran relación: “Nos conocimos mucho, al punto que fui testigo del día que Aragón Cabrera, presidente de River, se reunió con él para hacer el pase. Estaba todo listo, pero no se dio y vi cómo se iba muy enojado. Enseguida Diego me llamó (yo estaba en otra oficina) y cuando entré, empezó a saltar como un chico arriba de un sillón, pidiéndole a Cyterszpiler, su representante, que hablara con los directivos de Boca para decirles que quería jugar allí y arrancó el operativo. Tras su debut, me dijo algo que me marcó: ‘Estos modelos de camisetas son muy feos, están como gastados y los números con las tres tiras casi no se ven. A partir de ahora las tenés que diseñar vos’. Le respondí que era imposible, porque Boca tenía contrato con Adidas, a lo que me contestó terminante: ‘Desde que firmé, Boca hace lo que yo pido. Quedate tranquilo que te van a llamar’. Al día siguiente, me convocaron los directivos. Diego me confesó que quería las estrellitas que habían visto en el ‘78. Me tomé un avión a California, traje números de fútbol americano y unas fechas más adelante, se hizo la presentación contra Rosario Central, en el histórico torneo del ‘81 en el que fuimos campeones. Mi recuerdo es porque Diego tuvo una hermosa actitud conmigo cuando llegó el momento de hacer el poster para la revista El Gráfico, donde se había decidido de parte de la marca que vestía al club que lucieran las camisetas sin las estrellitas. Estaba ahí y vino Diego a decirme que él iba a posar con la que yo había confeccionado, a lo que también se plegó Vicente Pernía y así lo hicieron”.

Junto a Susana y Monzón
Junto a Susana y Monzón

El recuerdo, apasionado, también se tiñe de emoción en las palabras de Oscar, al recordar aquel mediodía en La Candela, el predio donde se hizo la foto, evocando ese gesto, al que solo emparenta con uno similar de Carlos Monzón: “Fue como un hermano para mí desde que lo conocí en 1976, cuando Pepe Parada me lo presentó diciéndome que tenía que vestir al campeón del mundo. Yo me reía, porque pensaba: ‘¿Como voy a hacer con un tipo que está en cuero y solo con un pantalón? (risas)’. Pero al detectar que le gustaba vestirse bien, empecé a trabajar con su ropa de entrenamiento, a la que le puse el Bulldog. Al año siguiente, fue su última pelea, ante Rodrigo Valdez en Montecarlo. Estábamos en el vestuario antes del combate, aparecieron los directivos de una marca deportiva muy importante y yo me dije ‘Chau, Oscar’ (risas). Me quise levantar, pero me hizo quedar y escuché cuando le ofrecieron 90.000 dólares por sacarse el Bulldog para utilizar esa ropa. Su respuesta, sin dudar fue: ‘No, mi amigo está haciendo su plata ahora y no me cambio ni loco, pero si querés, dale tu ropa a mi gente, los que van a estar en el rincón, y no te cobro nada’. En los días previos al viaje, en los entrenamientos en el Luna Park, fue Susana Giménez la que detectó la fuerza del Bulldog, cuando me dijo que los camarógrafos arrancaban sus grabaciones desde esa imagen, para luego enfocar a Carlos. Fui corriendo a patentes y marcas y lo registré”.

Uno de los buzos más recordados de las últimas décadas en el fútbol argentino es el que lució José Luis Chilavert, en pleno auge por los títulos que Velez ganaba uno detrás de otro. Era negro y tenía en el centro un Bulldog, que era el símbolo, desde hacía 20 años, de “El Jardín de Oscar”. Su dueño nos contó la historia: “Al Bulldog lo traje desde Los Ángeles, al descubrirlo en un catálogo y me había impactado. En 1995 fui socio y representante de Chilavert, quien aceptó la condición de vestirse siempre de negro. El buzo se lo diseñé a partir de una campera que traje de Estados Unidos, basada en una de las camperas que Michael Jackson utilizó en el video de Thriller, que se destacaba por las hombreras. Enseguida nos empezó a ir bárbaro, porque a su imagen se sumaban los éxitos del equipo. En el lapso que estuvimos juntos, hizo el gol de media cancha y la atajó un penal a Burruchaga decisivo en la fecha final del Clausura 1996, en el que Velez fue campeón. Influía psicológicamente en los rivales, porque con su físico grande, más el color negro y el Bulldog, parecía que te tapaba todo el arco. Todo iba bárbaro, hasta que quiso patentar el logo en Paraguay a su nombre. Enseguida rescindimos el contrato. Al poco tiempo lo utilizó Germán Burgos en River, que justamente dio la vuelta olímpica en Liniers contra Chilavert, que se quería morir (risas) y más adelante, Nacho González, en Racing”.

El Jardín de Oscar en los comienzos
El Jardín de Oscar en los comienzos

“Se perdió totalmente la creatividad”, es la frase concluyente con la que Oscar se refirió a lo que ocurre en la actualidad con la indumentaria de los equipos de fútbol a nivel global, al punto que estrenan, casi sin pausas, diversos modelos de casacas. “A las grandes marcas siempre le dio bronca que yo inventase el márketing de arqueros, algo que ahora no existe, porque parecen todos iguales. Cuando yo tuve a Gatti, Chilavert, Nacho González o Burgos, vos los veías y sabías perfectamente que lucían creaciones de Oscar Tubío. Como con Boca, cuando les hice unos buzos a los jugadores, después de ganar la Copa Libertadores, que salieron con ellos a la cancha de Huracán. Cada uno tenía una letra delante y cuando saludaron a la hinchada se leía Gracias N° 12. Al darse vuelta, en la espalda se formaba Boca Juniors. En el deporte el color es fundamental, algo que me enseñó Carlos Reutemann: cuando vas manejando en fórmula 1, pensás en muchas cosas, pero si al mirar el espejo retrovisor, venía un Lotus, enseguida se te viene el negro a la cabeza, que configura la muerte. Lo mismo me comentó un ex jugador de Los Pumas, que mencionaba que antes de arrancar con Los All Blacks, ya estás como dos tries abajo. En el torneo argentino que se definió justo antes de la pandemia, River lo tenía ganado, pero Boca se le metió de atropellada. En la última fecha, el cuadro de Gallardo jugó en Tucumán contra Atlético y lo hizo sin su camiseta tradicional. En cuanto lo vi, supe que éramos campeones”.

Su amor por Boca Juniors, acunado desde pibe y llevando al éxtasis al conocer con profundidad a los integrantes del plantel, para ser casi uno más de ellos, no le impidió cruzar de vereda para ser parte de otra revolución estética: “Me llamó Hugo Santilli, al poco tiempo de asumir como presidente de River y me dijo: ‘Olvidate por un ratito que sos Bostero’ (risas), a lo que le respondí que era hincha los 90 minutos que duraba cada partido, porque yo visto a cualquier equipo sin problemas. Santilli recordaba la camiseta que había confeccionado cuando Boca fue campeón del mundo y quería lo mismo para su cuadro. Le comenté cual era mi idea: sacar la banda roja de la espalda y colocar números en color rojo. Además, necesitaba un ícono como habían sido las cuatro estrellitas, pero no cualquier cosa, porque si consultás a cualquiera, te van a querer hacer el Millonario de galera y bastón, que es una pavada (risas). Le pedí una semana para pensar bien y lo llamé a Caloi, explicándole la idea de llegar al corazón del hincha. Enseguida dibujó el león, pintado de marrón, que es el color del Río de la Plata, lo que históricamente había visto el simpatizante, antes que se cerraran las tribunas del Monumental. Y efectivamente, con ese diseño en la camiseta, logró ser campeón de la Copa Intercontinental”.

Con la algarabía aún desbordante de la obtención del título del mundo en México ‘86, Oscar llevó adelante el viejo sueño de confeccionar una camiseta para la Selección, que emulara a la bandera nacional, con las dos franjas celestes en el pecho, flanqueando a la blanca, donde resplandecía el sol. Fue del gusto de los jugadores y, sobre todo, de Maradona, que la quería utilizar en el debut de Italia ‘90: “El presidente Menem, a quien conocía desde hacía varios años, me citó en casa de gobierno cuando faltaba poco para comenzar el Mundial. Al ver la camiseta, se emocionó hasta las lágrimas y prometió hacer las gestiones para que se pudiera utilizar allá. Pese a ello y a una reunión que tuve con Julio Grondona, no pudo ser”.

La camiseta con la bandera que quería Diego para la Selección
La camiseta con la bandera que quería Diego para la Selección

Habían pasado más de 30 años cuando llegó la hora de decirle adiós al mítico negocio: “En 2006 fue la aparición masiva y definitiva de los celulares en todo el mundo, con la difusión de los mensajes de texto. Vinieron al país unos empresarios de San Diego para verlo a Mauricio Macri y el los derivó conmigo. En dos meses, ya los había hecho firmar contrato con las principales figuras del espectáculo y del fútbol, para usar sus imágenes como fondos de pantalla. Fue un gran negocio, pero también allí me di cuenta de que venía un mundo nuevo. Aguanté tres años más, pero tenía claro que no tenía sentido estar al frente de un local, con cuatro empleados y atender al público, cuando lo que iba a llegar era el universo on line. De ese modo fue que concluyó el Jardín de Oscar y ya son 15 años que me dedico a vender productos por esa vía a todas partes del mundo”.

Aún tengo en la memoria aquel viernes que con mi viejo tomamos el colectivo 7 que nos depositó, ya en el atardecer, en las cercanías de la galería Jardín. Fuimos preguntando, porque no teníamos la dirección exacta y nos guiaron hasta ese subsuelo mágico. En la polera azul que llevaba, y aún conservo como un tesoro, Oscar y su gente, me estamparon el mismo buzo que Gatti usó dos días más tarde. El otro día, a riesgo de perder por goleada con la nostalgia, hice el mismo camino, pero acompañado de mi hijo. Le señalé donde estaba el Jardín de Oscar y aunque ya no queda nada, acerqué la ñata contra el vidrio y me sentí pibe otra vez.

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