Política deportiva: mejor bisturí que motosierra

Con el cambio de gobierno, el columnista ve la oportunidad de replantearse la postura dirigencial sobre el deporte. Cómo entender la inversión en el sector

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Las Leonas ganaron la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Santiago (REUTERS/Pilar Olivares)
Las Leonas ganaron la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Santiago (REUTERS/Pilar Olivares)

Parece haberse convertido en una pésima costumbre que distintos factores de poder adviertan sobre acciones de repudio a medidas que aún no se tomaron. Un auténtico récord de movilizaciones contra un gobierno que recién está por comenzar y que nadie puede fehacientemente asegurar qué es lo que finalmente hará en cada ámbito. Sin embargo, y a riesgo de caer en la misma de los que de pronto se acuerdan de que hay cosas que andan mal, lo que se sugiere sucederá con el presunto brazo deportivo del gobierno por asumir merece, al menos, una advertencia: suena más noble avisar a tiempo a quejarse cuando haya pasado el cada vez más estrecho veranito de crédito de una nueva administración y la queja sea un coro más masivo que el “Muchachos…” de hace un año

Por el momento, en tanto aún no hubo anuncios oficiales, todos son indicios. Fuertes o tenues, pero indicios al fin.

Un indicio. Que la hasta ahora Secretaria de Deportes pasará a ser Subsecretaría, lo que alejaría cada vez más al rubro del rango de Ministerio que debería tener si llegara el caso de que la clase política registrara cuánto influye esta actividad en la enorme mayoría de los argentinos. Creer que el deporte es, básicamente, Alto Rendimiento, es como pensar que solo se puede comer si en casa hay un chef Dos Estrellas Michelin.

Desde ya, potenciar en lugar de debilitar el área política del deporte solo se justificaría si se desarrollaran políticas serias y profundas al respecto, algo que viene como materia pendiente desde antes del desembarco de Juan de Garay.

En nuestra Argentina de las últimas décadas hemos escuchado hasta el hartazgo hablar, casi siempre sin sustento en lo fáctico, de una supuesta divergencia ideológica respecto del apoyo a la educación pública. Apoyo que, según se ve, no habría pasado.

Me tomo el atrevimiento de preguntarme si no es hora de discutir también la idea de un deporte público.

Respeto por la normas, por los adversarios, por los maestros y por las autoridades, solidaridad, trabajo en equipo, compromiso, creatividad, tenacidad, ambición, modestia, capacidad de sacrificio, resiliencia, dimensión prudente del concepto de éxito y fracaso, defensa personal y autocontrol. ¿Cuánto más necesitan darnos los deportes para que los respetemos como parte fundamental de nuestra formación? Pensemos un poco a cuántos centímetros están desde los clubes en todos sus niveles y formas hasta el más modesto ámbito de iniciación deportiva de enseñarnos tanto como cualquier otro espacio educativo. Mirarlo de ese modo ayudaría a modificar el volumen presupuestario y comprender el rédito.

Otro indicio. Que el organismo quedaría a cargo de Ricardo Schlieper, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente más allá de su prestigio como representante de futbolistas. Por cierto, así como se me ocurren decenas de nombres con historia y predicamento en el área, tampoco podría subestimar las ideas del también periodista especializado en deportes, sencillamente porque las desconozco.

Otro indicio. Que la Dirección Ejecutiva del Enard quedaría a cargo de Diógenes de Urquiza, cuyo vínculo dirigencial más importante la tuvo dentro del pádel, pero de una relación fuerte con el deporte a través de su gestión con diversas marcas de ropa deportiva. Más allá de cualquier consideración subjetiva, no me suena demasiado conveniente que el principal responsable de administrar el organismo que rige el desarrollo de nuestro deporte olímpico sea, al mismo tiempo, referente de la empresa que vistió, por ejemplo, a toda la delegación argentina que acaba de competir en los Panamericanos de Santiago. No solo podría convertirse en un conflicto de intereses, sino que podría incomodar al mismo empresario por justas e idóneas que pudiesen ser sus decisiones. En todo caso, sólo se justificaría llevar las cosas a ese límite si se tratase de una pieza irremplazable.

A propósito del Enard. Se trata de un organismo surgido a partir de una ley del Congreso impulsada por Gerardo Werthein, entonces presidente del Comité Olímpico Argentino. Ese aporte del 1 por ciento de la telefonía celular fue eliminado por Nicolás Dujovne en el tramo final del gobierno de Mauricio Macri, a quien desde algún medio adjudican haber impulsado las candidaturas de Schlieper y De Urquiza.

Aclaración: aquel auténtico desfinanciamiento tampoco se recurrió durante la administración nacional y popular de Fernández. Ni en el año 2018, en el que De Urquiza ocupó el lugar dejado vacante por Carlos Mac Allister.

Quizás pueda aparecer un atajo que alivie la perspectiva de recorte en el grado de confianza que Werthein tiene con el presidente Milei, a quien acompañó durante la reciente visita a Nueva York y Washington. Nadie mejor que el candidato a Embajador en los Estados Unidos y miembro del COI para explicar por qué el apoyo al deporte en todos sus niveles trasciende el valor de una medalla o un récord.

Todo está por verse. Y el pasado no ayuda a discutirle al presidente entrante la sensación de quien, también en esta área, hay mucha burocracia que desmalezar.

Sin embargo, si se le pudiera explicar que el deporte en todos sus ámbitos y todos sus niveles puede ser un cómplice sano para su gestión cambiaríamos el concepto de gasto por el de inversión.

Por qué no, que trazar la huella para que se desarrolle una política deportiva seria, perdurable e inclusiva, significaría hacerle un bien a millones de personas.

Entonces, solo sería cuestión de cambiar la motosierra por el bisturí.