“Si la única certeza que tenemos es que nos vamos a morir, vayamos abrazando esa idea para que cuando llegue, okey”. Adriana Riva lo dijo sin pausa, casi de pasada, y la sala del café Rivarola se quedó un segundo en silencio antes de reírse. Fue uno de esos momentos que definen una noche: la escritora porteña habló durante casi una hora sobre madres, vejez, humor y el miedo a la inmortalidad ante un público que no dejó de subrayar mentalmente. La convocó Susana Mitchell en el marco de su ciclo mensual de charlas con escritores, una cita que ya funciona como escala fija del mapa literario porteño. El libro en discusión era Entre otras (Seix Barral, 2026), su trabajo más reciente, pero la conversación terminó abarcando también a Ruth, su novela anterior, y a la figura que alimenta toda su obra: una madre que es, según sus propias palabras, “un gran signo de interrogación”.
Riva nació en Buenos Aires en 1980. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y tiene una maestría en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Entre 2005 y 2014 trabajó como periodista en La Nación. Publicó el libro de cuentos Angst (2017), la novela La sal (2019, traducida al inglés en 2024), el poemario Ahora sabemos esto (2022) y la novela Ruth (Seix Barral, 2024), que obtuvo una mención honorífica en el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2025. Es cofundadora de la editorial infantil Diente de León Juegos y coeditora de la revista literaria El gran cuaderno. Tiene tres hijas y, según confesó Mitchell al presentarla, toca la batería.
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Ruth, una mujer de 80 y tantos
La charla arrancó con Mitchell y su experiencia personal con Ruth: la novela la había encontrado en un momento en que buscaba entender “qué onda con los viejos” y fue, según dijo, “un amor a primera vista”. Quiso saber cómo Riva sabía tanto sobre la vejez. La escritora aclaró de entrada que el origen del libro es su madre, pero que el personaje mutó en otra dirección: “Yo quería narrar a una mujer de ochenta y dos años, no a una madre. Me inspiré en mi mamá como punto de partida, pero después no me parece que ese sea un tema dentro de la novela”.
Ruth es una viuda de 82 años, judía, que enviudó hace relativamente poco y de pronto se encuentra sola con años por delante. No pasa gran cosa en el libro. No hay trama en el sentido convencional. Fue un compañero guionista en el taller de Federico Falco, donde Riva trabajó la novela por Zoom, quien le dio el concepto que le faltaba: “Me dijo que era una novela de personaje, como Seinfeld, una serie sobre nada. Me dijo: si Ruth va a la peluquería, voy a la peluquería. No porque le vaya a pasar algo, sino porque quiero estar con ella”. Riva admitió que hasta ese momento no sabía que el término existía: “Me relajé por completo. Entendí que no necesitaba un arco narrativo para que funcionase”.
La novela se escribió en seis o siete meses, lo que Riva calificó de “milagro” comparado con la tortura de La sal: “La escribí, la reescribí, maté a uno, maté a otro, maté a todos. Puse el final al principio, el principio al final. No había manera de sacarla”. Con Ruth, en cambio, tuvo la voz desde el principio, y eso lo simplificó todo.
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El humor como herramienta
Mitchell celebró el humor del libro, su capacidad de abordar la muerte y la soledad sin aplastarte. Riva lo describió como una decisión deliberada, pero también como una convicción: “Me parece que es muy importante en la vida el humor y poder reírse. Es una suerte de superpoder para la incomprensión, el misterio de la vida. A través del humor uno puede decir cosas que no puede decir de otro modo. Lo que hay de verdad detrás del chiste”.
Ruth no es una vieja decorativa ni lacrimógena. Tiene una filosofía existencialista, cierto pesimismo de fondo y una tendencia a “tirar la piedra y esconder la mano”: dice algo contundente y enseguida pasa a otra cosa sin resolverlo. “No viene a dar cátedra ni a explicar nada, porque ella no sabe nada”, dijo Riva. Tampoco es la típica abuela, ni la típica judía, ni la típica médica. Riva fue deliberada en eso: si en el avión piden un médico, Ruth cierra los ojos. “Fue médica. Es un trabajo como cualquier otro. Eso de que uno es médico para siempre, ella no”.
El arte contemporáneo atraviesa la novela porque atraviesa a la madre real: cuando Riva la visita, la encuentra con el monitor lleno de pestañas abiertas de artistas vistos en clase de arte por Zoom. “Yo que no sé nada de arte y que siempre me pareció algo medio snob, fui aprendiendo para Ruth. Y después los lectores me decían: no sabés lo que aprendí. Sin querer se armó un hilo entre el lector, la narradora y la autora”.
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La vejez tiene revancha: son los que llenan el teatro y compran el libro
Riva fue clara sobre su lectura del momento demográfico. Si antes se hablaba de la venganza de los nerds, hoy viene otra: “La venganza de los viejos y las viejas, porque cada vez son más y vamos a ser más, hacia ahí vamos”. Y lo puso en términos concretos: “Son las que te van a llenar el teatro, las que te van a comprar el libro, las que van a comprarte los pasajes. Incluso en el mundo capitalista en el que vivimos, han pasado a ser una figura central”.
Ruth encarna esa vitalidad. Mitchell señaló una de las máximas que subrayó en el libro: “Cuando se tiene la edad de la vejez, los días pierden el nombre y despertarse y dormirse se parecen cada vez más. Me desvelo cada mañana con la misma angustia que la del primer día de escuela”. La culpa de no levantarse temprano, explicó Riva, no viene de adentro sino de afuera: “La gente te juzga. Los hijos la van a llamar y le van a decir: ¿A las doce del mediodía te despertaste? ¿Qué te pasa? Lo que le ponen y lo que le asignan los otros termina también constituyendo la identidad”.
“Es inmensurable lo que muere con quien muere: un mundo entero”, dice Ruth en un momento del libro. Y luego salta a otra cosa. Para Riva, llegar a los 82 años implica, casi inevitablemente, haber perdido mucho: “La vida es ese acto de perder. Seguro para esa edad hay que perder”. Sobre la inmortalidad, fue tajante: “Me espanta. Me parece una crueldad tremenda”. Y volvió a la frase con que abrió la noche: si la única certeza es la muerte, mejor ir abrazando esa idea de antemano.
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“Entre otras”: la madre que no se deja nombrar
Entre otras nació de una consigna de taller. Falco le pidió un trabajo en serie, Riva agarró Punto de fuga del escritor estadounidense David Markson, encontró una frase subrayada: “Joseph Cornell vivió con su madre toda su vida”. Pensó que podía usar el mismo dispositivo pero con madres de escritores que ya venía acumulando en lecturas. Llevó cuatro carillas a la clase siguiente y “generó mucho entusiasmo”. En pocas horas estaba buceando de nuevo en su biblioteca.
El libro tiene tres líneas que se van intercalando: las madres de escritores de todo el mundo —depresivas, amorosas, agobiantes, algunas que intentaron matar a sus hijos, otras fan incondicionales—; un inventario de los objetos de la casa de su propia madre (lo que tiene en la mesa de luz, en el baño, en la heladera); y las listas manuscritas que su madre deja por todos lados: mandados, nombres, horarios, lo que fue a ver a la ópera. “Todos conocimos la caligrafía de nuestras madres. Es lo primero que hemos leído. Esa escritura doméstica habla de quiénes son, de las tareas invisibilizadas, de qué piensan”, dijo Riva.
Mitchell definió el libro como “un caleidoscopio de las diferentes madres que podemos ser”. Riva aceptó la lectura y agregó la que le importa: “Me obsesiono con la madre para conocer a la mujer que hay detrás de esa madre. No tanto a la madre como función, sino a la mujer”. Y sobre la figura materna en abstracto: “Nadie nace de un huevo. Todos tenemos una madre. Incluso si está muerta, aunque no haya estado: la ausencia de una madre también está superpresente”.
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El formato del libro desconcierta a los libreros, que no saben dónde ubicarlo. La editora lo llama “el artefacto”. Riva no tiene problema con eso: “Para mi editor y para mí no tenemos problema en llamarlo artefacto. En librería no existe esa categoría, así que ensayo, novela, híbrido, lo que quieras”.
La mamá leyó Ruth y fue a las librerías a decir “yo soy Ruth”
Uno de los momentos más celebrados de la noche fue la descripción de cómo reacciona la madre real ante los libros que la toman como materia prima. Con Ruth, Riva le avisó una semana antes de la publicación: “Ma, va a salir un libro la semana que viene y estás en la tapa, pero estás de espaldas. No te preocupes que nadie te va a reconocer”. La madre leyó todo, le encantó, y salió a las librerías a decirles a los empleados: “Miren Ruth, porque yo soy Ruth”. Pero cuando en el teatro alguien se le acercó para comentarle el libro, giró y salió: no quería saber nada. “Quiero ser la estrella, pero no quiero ser”, resumió Mitchell entre risas. “Exacto”, confirmó Riva.
Con Entre otras, la madre reconoció códigos internos y le advirtió: “Ahora ya no puedo decir nada delante tuyo porque no sé qué vas a escribir”. Pero también le dijo algo que Riva repite como uno de los motores de su escritura: “No puedo creer que alguien me tomó a mí como referencia, que le intereso a alguien, que puedo ser materia narrativa. Que hay algo de mi vida que valga la pena narrar”.
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Cuando Mitchell le pidió que definiera a su madre en pocas palabras, Riva no dudó: “Es un gran signo de interrogación. Es un enigma. Siempre está ahí, siempre le encuentro cosas nuevas. Es una gran pregunta que nunca se cierra”. Y sobre lo que cambió al convertirse ella misma en madre: “Una hija solo puede ver a su madre con ojos de hija. Pero de pronto, cuando la ves arriba de un escenario o bailando en una fiesta, decís: ah, claro. Esa persona, además de ser madre, tiene un montón de otras funciones. Antes de ser madre era una mujer, y antes de eso tenía un nombre propio”.
(Fotos Jennifer Haslop)
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