Domingo Faustino Sarmiento pensó la educación como una cuestión de supervivencia nacional. En los textos reunidos en El maestro. Ideas sobre la educación —un ebook gratuito publicado por Infobae Ediciones que reúne escritos del prócer entre 1849 y 1887— aparece un programa pedagógico de una coherencia y una radicalidad que sorprende incluso hoy.

El maestro
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Algunas de sus ideas se convirtieron en pilares del sistema educativo argentino. Otras siguen siendo incómodas. Todas son polémicas, en un sentido o en otro.
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1. Sin educación no hay república: el pueblo sin instrucción no puede gobernarse
Para Sarmiento, la educación no era un derecho individual sino la condición de posibilidad de la democracia misma. En Instrucción pública (1849), lo formula sin rodeos: los derechos políticos —el voto, la representación, la participación— se habían adelantado a la preparación intelectual que su ejercicio supone. Un pueblo que no sabe leer puede elegir y ser elegido, pero no comprende lo que firma ni lo que delega. “La dignidad del Estado, la gloria de una nación no pueden ya cifrarse, pues, sino en la dignidad de condición de sus súbditos; y esta dignidad no puede obtenerse, sino elevando el carácter moral, desarrollando la inteligencia y predisponiéndola a la acción ordenada y legítima de todas las facultades del hombre”, escribió.
El historiador Alejandro Herrero, investigador del CONICET y profesor en la Universidad Nacional de Lanús, lo explica en el diálogo incluido en el volumen: “Lo importante es cómo crear una república, y una república que en este momento tiene que apelar al pueblo. Por lo tanto, el tema que está siempre es: ¿cómo hago para formar un pueblo? Un pueblo quiere decir ciudadanos, habitantes que sepan sus derechos, hábitos de orden, respeto a las leyes. ¿Cómo hago? Bueno, con la educación”.
2. La escuela moraliza más que la ley, el sacerdote o el ejército
En Los maestros de escuela (1852), Sarmiento traza una comparación que todavía incomoda: entre todos los funcionarios que actúan sobre la sociedad, solo el maestro ataca el problema de raíz. “El juez castiga el crimen probado sin corregir al delincuente; el sacerdote enmienda el extravío moral sin tocar la causa que le hace nacer; el militar reprime el desorden público sin mejorar las ideas confusas que lo alimentan o las incapacidades que lo estimulan. Sólo el maestro de escuela, entre estos funcionarios que obran sobre la sociedad, está puesto en lugar adecuado para curar radicalmente los males sociales”.
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La tesis es que el orden social no se construye con penas ni con sermones, sino en la infancia, en el aula. La estadística criminal francesa de 1842 que cita en Instrucción pública lo respalda con datos: entre los acusados, la proporción de analfabetos era consistentemente mayor que en la población general. El fenómeno, concluye, no se explica por el saber sino por el hábito: la escuela disciplina las pasiones, subordina el capricho a la regla, y ese ejercicio deja marcas que ningún código penal puede producir.
3. Saber leer es la llave de todo lo demás
Para Sarmiento, la lectura no era un ornamento cultural sino la condición de posibilidad de cualquier otra cosa: ciudadanía, trabajo, progreso, democracia. En Los maestros de escuela lo formula con una imagen contundente: “El maestro de escuela, al poner en las manos del niño el silabario, lo constituye miembro integrante de los pueblos civilizados del mundo […]”. Y en Arte de leer va más lejos: “Todo se aprende leyendo, y el que sabe leer, el que tiene afición a leer bien, sabrá aprender”.
Lo que hoy parece una obviedad era, en la Argentina de mediados del siglo XIX, una apuesta política concreta. Sarmiento veía en la lectura el mecanismo que igualaba a ricos y pobres ante el conocimiento acumulado por la humanidad. No la enseñanza universitaria, no la formación de élites: la lectura elemental, universal, para todos.
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4. Las mujeres son mejores maestras que los hombres, y deben serlo por ley
En De la educación de las mujeres (1849), Sarmiento defiende con argumentos pedagógicos, económicos y políticos la incorporación de las mujeres a la enseñanza pública. Sostiene que poseen “aptitudes de carácter y de moral que las hacen infinitamente superiores a los hombres para la enseñanza de la tierna infancia”, que su influencia sobre los niños tiene el mismo carácter que la de la madre, y que su inteligencia “dominada por el corazón” se adapta más fácilmente a la capacidad infantil.
Pero Herrero aclara que detrás de esa convicción pedagógica había también una razón presupuestaria: las maestras podían cobrar menos porque, en la lógica de la época, eran mantenidas por el marido o el padre. Sarmiento cita que, en 1839, Massachusetts pagaba en promedio 24 pesos con 14 céntimos a los maestros y 6 pesos con 89 céntimos a las maestras. Aun así, su apuesta por las mujeres en el magisterio tuvo efectos concretos. La convocatoria impulsada por él llevó a la Argentina a 65 docentes estadounidenses, 61 mujeres y 4 hombres, entre 1869 y 1898, para trabajar en las escuelas normales y formar educadores, según una investigación de la Universidad Nacional de La Plata.
5. La educación de las mujeres define el destino de los estados
Más allá de su rol como maestras, Sarmiento argumenta en el mismo texto que educar a las mujeres es condición necesaria para la civilización de cualquier sociedad. “De la educación de las mujeres depende, sin embargo, la suerte de los estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla”, escribe. Y agrega: “las mujeres, en su carácter de madres, esposas o sirvientes, destruyen la educación que los niños reciben en las escuelas” si ellas mismas no han sido educadas.
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Esa convicción se refleja en el Pensionado de Santa Rosa, creado en 1838 en San Juan, un colegio de mujeres cuya dirección asumió Sarmiento. Su programa incluía lectura, escritura, geografía, aritmética, gramática, ortografía, dibujo, música, moral, francés, italiano, economía doméstica y labores manuales. La propuesta reunía materias académicas y formación práctica.
6. Aprender de memoria no alcanza: hay que comprender
En De la educación de las mujeres, Sarmiento presenta el método del pedagogo francés M. Levi. La propuesta organiza la enseñanza desde lo conocido hacia lo desconocido y desde lo simple hacia lo complejo. Su objetivo es que cada estudiante comprenda la razón de aquello que estudia, en lugar de acumular contenidos que no puede relacionar.
La formulación pertenece a Levi y Sarmiento la reproduce en el capítulo: “No confiar a su memoria sino lo que ya ha sido abrazado por su inteligencia; pues que no hay otra cosa provechosa que lo que ha sido comprendido”. El programa que transcribe para formar maestras incluye lecciones orales, composición escrita, teoría de la enseñanza y ciencias aplicadas a la vida cotidiana. Es un modelo que busca ejercitar la observación, el juicio y la capacidad de resolver problemas, antes que limitarse a la repetición.
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7. Las bibliotecas populares son tan necesarias como las escuelas
En el mensaje al Congreso de 1870 que abre el capítulo Bibliotecas populares del volumen, Sarmiento argumenta que enseñar a leer sin proveer libros es una tarea incompleta. “Ciudades principales como Tucumán, Salta y otras, a pesar de su población y de su riqueza respectivas, no tienen hasta hoy una biblioteca pública; y les faltan hasta librerías donde pueda hacerse la adquisición de un libro”, constata.
La ley que impulsó ese año —aprobada el 23 de septiembre de 1870— estableció que el Estado nacional aportaría para comprar libros una suma equivalente a la que cada asociación de vecinos reuniera por suscripción, y creó la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares. Para Sarmiento, la biblioteca era el complemento indispensable de la escuela: el lugar donde el que ya sabía leer podía seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.
8. El presupuesto militar le quita presupuesto al educativo
Uno de los argumentos más concretos y combativos de Sarmiento aparece en Instrucción pública: la comparación entre lo que los estados sudamericanos gastan en ejército y lo que invierten en educación. “Se gastan en unos Estados más, en otros menos de dos millones de pesos anuales en pertrechos de guerra y personal del ejército. ¿Cuánto se gasta anualmente en la educación pública que ha de disciplinar el personal de la nación, para que produzca en orden, industria y riqueza lo que jamás pueden producir los ejércitos?”, pregunta.
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La respuesta que deja implícita es demoledora. Y para reforzarla, acumula datos de fábricas de Massachusetts: los operarios que saben leer producen más, ganan más y sostienen mejor la maquinaria. Las fábricas de Lowell, que pagaban triples salarios que las fábricas inglesas y afrontaban un doble costo en las máquinas, podían competir en precio y calidad; Sarmiento atribuye ese resultado exclusivamente a las ventajas educativas de los trabajadores estadounidenses. El argumento no es cultural sino económico: la educación rinde más que los cañones.
9. La lectura cambia la fisonomía, el cuerpo y el vestido, no solo la mente
Una de las ideas más llamativas —y más extrañas para la sensibilidad actual— de Sarmiento es su convicción de que la instrucción transforma también lo físico. En Los maestros de escuela describe a dos hermanos “idénticos en su fisonomía, metal de voz, alto y color”, criados en condiciones distintas: uno con educación, el otro dedicado al campo. “Facción por facción eran idénticos como gemelos; en el conjunto de la fisonomía eran dos hombres diversos: el uno parecía mayordomo de la casa del otro”, escribe. Y concluye: “La inteligencia transforma la fisonomía, la aclara y da dignidad y soltura a la postura en reposo de los músculos de la cara”.
En Instrucción pública amplía esa idea al plano social: “es un hecho observado constantemente en las fábricas norteamericanas e inglesas que los individuos que saben leer visten de ordinario con más arreglo y aseo, tienden a adoptar el traje que pertenece a las clases superiores”. El vestido, el aseo, el tipo de vivienda: todo forma parte del proyecto educativo de Sarmiento, que veía en esos signos externos el índice del nivel civilizatorio de una sociedad.
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10. La disciplina escolar forma al ciudadano antes que cualquier ley
Una de las apuestas más originales de Sarmiento es su convicción de que la escuela no solo transmite conocimiento, sino que moldea el carácter a través de la rutina, el orden y la responsabilidad compartida. El modelo más detallado de esa pedagogía aparece en De la educación de las mujeres, donde describe el sistema de gobierno interno del Pensionado de Santa Rosa, creado en San Juan en 1838 y dirigido por él.
Allí, cada semana se designaba por turno una “semanera” —una alumna encargada de supervisar el aseo, administrar las provisiones, rendir cuentas por escrito de cada gasto y registrar el estado de los cuartos de sus compañeras. Las partidas del registro incluían anotaciones como: “Día 18 de agosto, cuarto número 2, una pluma de escribir en el suelo; una cáscara de naranja: la basura en el rincón; el baúl 3º abierto”. El ejercicio no era punitivo sino formativo: “El hábito diario de obrar, de dirigir las acciones a un fin” era, para Sarmiento, la base de la vida republicana.
El episodio que mejor condensa esa filosofía ocurrió con la uva del patio. Antes de un viaje a Chile, Sarmiento ordenó a las cincuenta alumnas del Pensionado —de entre seis y veinte años— que no tocaran la uva hasta su regreso. Estuvo ausente dos meses, en plena temporada de cosecha. Al volver, la uva seguía intacta. “Este sacrificio impuesto a los niños no había costado ni una reprensión ni vigilancia ni coerción alguna —escribe—. Era el sentimiento del deber llevado a la altura del punto de honor, o del respeto religioso.” Para Sarmiento, ese resultado era más valioso que cualquier lección académica: la escuela había formado una voluntad.
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