“El peso de su pierna sobre la mía, me despierta. Su mano gigante me acaricia. ‘Buen día, princess. No te quité el vestido porque te dormiste plácidamente. Te queda hermoso. Pero más hermosa es tu piel’. Imagino una playa desierta, los dos, treinta años atrás. Y suspiro”. En Sin canje (Hugo Benjamín, 2026) el erotismo no aparece como una provocación sino como una demostración de que estamos vivos, sin importar la edad cronológica. Entonces, el deseo aparece como una forma de resistencia a la idea de que determinadas experiencias tienen fecha de vencimiento. Y es ahí donde la novela de Silvia Plager encuentra una de sus preguntas más profundas: ¿qué hacemos con el tiempo que nos queda cuando ya somos mayores?
Plager pone la lupa entre lo que deseamos y lo que no está permitido o bien visto. O no. Porque: ¿desde cuándo una señora mayor puede enamorarse y andar por ahí gritando su amor a los cuatro vientos? O lo que sería más polémico: que esa misma mujer tenga fantasías o deseo por un hombre mucho más joven.
“Trabajé de camarero hasta que me recibí-aclaró el vikingo-, cuyo nombre se me borró en el instante que escanció el vino en ambas copas y, clavándome el celeste de sus ojos, propuso un brindis por tenerme de vecina. (…) Se había quitado el suéter de lana y la remera negra le ajustaba el torso. Me maravilla que los jóvenes tengan los músculos tan agarrados a los huesos.”
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¡Pero mirá vos! La protagonista, de sesenta y cinco años, descubre que todavía quiere amar, ser mirada, sentirse viva. Y es en esa revelación donde aparece una de las cuestiones más interesantes de esta lectura: la búsqueda del deseo como respuesta a la finitud. Es que cuando ya pasaste los 60, no te queda tanto tiempo y la pregunta clave es: qué tenés pensado hacer con eso.
Hay cosas que no tienen canje
Con prólogo de María Rosa Lojo, la novela reúne a Laura y Valeria, tía y sobrina, dos mujeres separadas por una generación, pero unidas por una intimidad que va más allá de los lazos familiares. Una transita la madurez, con la conciencia de que el tiempo no es infinito, la otra se asoma a la juventud e intenta imaginar un futuro posible. A lo largo de la historia de cada una aparecen el deseo, el amor, la memoria, la libertad y los mandatos que, muchas veces, se disfrazan de elecciones personales. Pero no lo son. Plager, que a sus ochenta y tres años sigue escribiendo con una vitalidad y lucidez admirables, no utiliza la madurez como territorio de renuncia. Al revés: allí donde otros relatos suelen instalar el silencio, ella coloca el deseo.
“Quiero aprovechar mi energía renovada en vez de pensar que siempre acecha algo doloroso. Amo a un hombre a la vez parecido y diferente a mí, que busca complacerme en todo. Cómo emitir una queja ante alguien que me supera en edad y capacidad de resiliencia. Soy de esa especie de personas que si atraviesa una situación gozosa la arruina por su sentimiento de culpa. ¿Tradición judeocristiana?”
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La que habla es Laura, que tiene 65 años, es soltera y tiene una vida independiente. Pero no significa que tenga su vida hecha. Por otra parte, está Valeria, la sobrina de Laura, treinta y cinco años menor que su tía. Su historia también incorpora el amor, pero además plantea otro tema: la violencia de un presente atravesado por los conflictos de identidad. Su relación con Lior, un joven judío que, por su religión, es atacado en Europa, donde viven, introduce en la trama el tema del antisemitismo contemporáneo.
“El intercambio de textos y las reflexiones los une tanto como el deseo. Cuando amas de verdad deseas que la otra persona sea feliz. Pero en la constante fugacidad de la duda, cada uno teme provocar, con sus diferencias, la infelicidad del otro. Lior teme llevar a Valeria a un país amenazado por el terrorismo fundamentalista islámico (…). A ninguno de los dos les interesa la religión del otro ni las reacciones de sus respectivas familias. Cómo ignorar que 85% de la población judía asentada en los Países Bajos estaba mayormente integrada antes de 1940 y que las tres cuartas partes de los judíos holandeses fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial.”
Sin canje es, ante todo, un texto sobre personas. Y allí reside buena parte de su fuerza. Plager no está interesada en personajes que funcionen como símbolos perfectos. Sus mujeres tienen deseos, contradicciones e incertidumbre. Son capaces de equivocarse. También de cambiar. Lo que no pueden hacer, justamente, es canjear su esencia. Y creo que ese es el blanco donde hay que apuntar. Podés negociar trabajos, lugares, relaciones, proyectos. Hasta podés empezar de nuevo, las veces que sea necesario. Pero hay algo que permanece. Una forma de mirar. Una sensibilidad. Una manera de vincularse con el otro. Una ética propia que no se modifica.
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En una sociedad obsesionada con la juventud, con la reinvención permanente y con la posibilidad de convertir cada aspecto de la existencia en una mercancía intercambiable, Plager se anima y propone lo contrario: reconocer aquello que no se compra, no se negocia y no se canjea. A través de Laura y Valeria, la autora escribe sobre el amor, pero también sobre la dignidad de seguir siendo quien uno es, aunque el mundo pretenda convencernos de lo opuesto. Tal vez por eso Sin canje sea una obra sobre la resistencia. La resistencia a los mandatos. A los prejuicios. Al paso del tiempo. A la idea de que después de determinada edad solo queda vivir de los recuerdos. Porque mientras haya deseo, memoria, preguntas y palabras, todavía queda algo por vivir. Y eso, como sugiere Plager, no tiene canje.
¿Quién es Silvia Plager?
Es autora de 27 libros, entre los más recientes: La rabina, Las mujeres ocultas del Greco, Complacer, Pequeña Viena en Shangai y Simale cumple 70. Recibió numerosos premios y distinciones, entre ellos: Mujer Destacada en el Ámbito Nacional por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación y la Medalla al Mérito por la Comisión Permanente de Homenaje a la Mujer Bonaerense. Ha sido jurado de concursos literarios, colaboradora en diarios y revistas internacionales y formó parte de varias antologías. Conduce talleres literarios.
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