A diez años del Brexit, un libro acaba de publicarse por el sello académico Cambridge University Press. Se titula The Brexit Effect, 2016–2026 y es un volumen de 600 páginas que revisa la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Está editado por Sir Anthony Seldon, quien actúa aquí como curador, reuniendo una radiografía colectiva a través de ensayos escritos por más de 30 figuras clave de la vida pública británica. Su gran valor radica en que incluye de manera equilibrada a protagonistas de ambos lados del debate (Brexiteers y Remainers).
Sin embargo, Fintan O’Toole, en una reseña de The Guardian, dice que hay una pregunta fundamental que deja sin responder: ¿dónde está el nacionalismo inglés? Sobre este asunto, asegura el crítico, hay un vacío. En esa línea, agrega un argumento central: que el dirigente que más empujó ese proceso sigue siendo un aspirante verosímil a convertirse en primer ministro.
La omisión pesa más porque, sostiene O’Toole, el balance material del Brexit aparece descrito como un fracaso. La reseña cita un estudio independiente de Stanford University según el cual, para 2025, la salida de la Unión Europea había reducido el producto interno bruto del Reino Unido entre 6% y 8%, mientras que la inversión cayó entre 12% y 18% y tanto el empleo como la productividad retrocedieron entre 3% y 4%.
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El libro editado por Seldon reúne ensayos de 43 autores, entre ellos siete lores, cuatro baronesas, una dama y tres caballeros del reino. Ese conjunto se acerca a una reflexión semioficial sobre las causas y consecuencias del Brexit, también por el lugar institucional de su editor, historiador honorario en el número 10 de Downing Street y autor de obras sobre los gobiernos británicos del siglo XXI.
La crítica central de la publicación es que la expresión “nacionalismo inglés” aparece una sola vez en las 600 páginas, y solo de forma lateral, en una referencia a la línea editorial del Daily Mail durante la campaña del referéndum de 2016. El volumen incluye un ensayo de Aileen McHarg sobre Escocia, pero no uno dedicado a Inglaterra. Tampoco hay un intento de ofrecer una visión general de las tensiones, contradicciones y ansiedades dentro de la parte del Reino Unido en la que se impuso el Brexit: la Inglaterra no metropolitana. Esa ausencia dificulta entender el futuro inmediato del país.
La pregunta que queda sin respuesta es directa: si incluso muchos votantes del Brexit hoy lo consideran un fracaso, por qué Nigel Farage, impulsor principal en aquel entonces, conserva capacidad para marcar la agenda política en Inglaterra y, en cierta medida, en Gales. En su contribución al libro, Peter Kellner señala que un tercio de quienes votaron por salir de la Unión Europea ahora dicen que fue un fracaso, y que un cuarto de ese grupo considera que Farage es “muy” responsable de su decepción.
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Ese dato resulta más llamativo porque, según Kellner, algo más de esos votantes culpan a Farage que a la propia Unión Europea. Para O’Toole, si una colección de esta escala no intenta comprender los impulsos nacionalistas que condujeron al Brexit, tampoco consigue explicar el lugar que hoy ocupa el líder político más asociado con esa causa.
La idea de “recuperar el control”, lema victorioso de 2016, aparece en el centro del debate sobre el precio político y económico del Brexit. La reseña sostiene que incluso los partidarios más inteligentes de la salida sabían que habría costos económicos y que asumían ese daño como el precio de una renovación política. Pero ese intercambio tampoco habría funcionado en términos de soberanía. En la introducción del libro, el jurista e historiador Jonathan Sumption afirma: “La propia capacidad de Gran Bretaña para ejercer ‘control’ sobre su destino es inevitablemente más limitada fuera de la UE”.
La consecuencia, según esa lectura, es que el Reino Unido sigue profundamente afectado por decisiones de la Unión Europea sin participar en ellas. En materia migratoria, la directora del Migration Observatory, Madeleine Sumption, recuerda en su ensayo que la inmigración subió a niveles récord después del Brexit, que así “fracasó de manera espectacular en cumplir su promesa más clara”. Si los votantes cambiaron crecimiento por soberanía, ¿recibieron un mal acuerdo en ambos frentes? Al parecer, tampoco emergió una clase gobernante liberada y más eficaz.
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El exdiputado conservador favorable al Brexit Conor Burns escribe en el libro que Simon Case, nombrado secretario del gabinete por Boris Johnson, era “ligero”, y que “por eso fue nombrado”. Case también aparece citado para repartir responsabilidades: “La visión de una nación liberada de las cadenas de la burocracia de Bruselas se convirtió rápidamente en una realidad de pensamiento confuso, negociaciones infructuosas, un lodazal parlamentario y confusión administrativa”.
El veterano militante anti Unión Europea y exdiputado del Partido de la Independencia del Reino Unido Douglas Carswell concluye en el volumen: “Vote Leave puede habernos dado autogobierno. Todavía no hemos sabido gobernarnos bien”. La reseña vincula esa frase con otro dato político: desde 2016 hubo seis primeros ministros y un séptimo parece estar en camino. También aparecen voces que presentan el resultado como una victoria frustrada. Gisela Stuart, exdiputada laborista que tuvo un papel visible en la campaña por la salida, afirma que Gran Bretaña sigue “bajo la sombra de los fantasmas de 50 años de pertenencia a la UE”, mientras Paul Stephenson, director de comunicación de Vote Leave, define hoy aquel triunfo como “agridulce”.
Pero el libro casi no contiene una revisión autocrítica profunda entre los defensores del Brexit. Burns, por ejemplo, atribuye el problema irresoluble de la frontera irlandesa a “los problemas que los irlandeses habían creado”, pese a que Irlanda del Norte votó por permanecer y el gobierno de Irlanda no quería que el Brexit ocurriera. Por otro lado, el economista Patrick Minford, quien en un ensayo coescrito con Zheyi Zhu sostiene que, aunque “a corto plazo el Brexit está obligado a causar disrupción”, su objetivo es “mejorar el rendimiento a largo plazo”. Frente a esa defensa, los economistas Paul Johnson y Robert Johnson argumentan en el mismo libro que “parece poco probable que el golpe de largo plazo al ingreso nacional sea menor al 4%, y bien podría ser más”.
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La crítica publicada en The Guardian asegura que ni siquiera los partidarios de permanecer en la Unión Europea afrontan del todo la crisis de identidad que subyacía al Brexit. La neurocientífica Susan Greenfield reconoce en su ensayo que la pregunta sobre salir o permanecer estaba vinculada de algún modo con la identidad, pero la reseña considera que el libro no logra traducir ese “de algún modo” en términos políticos y sociales concretos.
Donde sí aparece esa dimensión, escribe O’Toole, es en las encuestas Future of England de los politólogos Ailsa Henderson y Richard Wyn Jones. El estudio más reciente halló que los simpatizantes de Farage sitúan “ser inglés” por encima de “ser padre” como marcador de identidad. El informe describe a ese grupo como profundamente consciente de un contraste entre glorias pasadas y un presente degradado: una Inglaterra cuyo grupo nacional epónimo se siente asediado desde dentro y desde fuera, y que obtuvo cambios mayores, entre ellos el Brexit, para aliviar sus preocupaciones, pero sigue profundamente insatisfecha con los resultados.