7 amistades que cambiaron la literatura: cartas, pubs y manuscritos compartidos detrás de libros clave del siglo XX

Tertulias, borradores leídos en voz alta y críticas sin concesiones aparecen como el motor oculto de grandes páginas

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El Día del Amigo se celebra cada 20 de julio en Argentina, una fecha instituida por Enrique Febbraro en 1969 a partir del alunizaje del Apolo 11 - (Imagen Ilustrativa Infobae)

La historia de la literatura está llena de amistades que cambiaron el rumbo de la escritura. Detrás de algunos de los libros más influyentes del siglo XX no hubo solo talento individual, sino vínculos entre escritores que se leían, se criticaban y se empujaban mutuamente hacia territorios que ninguno habría alcanzado en soledad.

El Día del Amigo se celebra cada 20 de julio en Argentina. La fecha la instituyó en 1969 el profesor Enrique Febbraro, quien tomó como inspiración el alunizaje del Apolo 11 para promover un día dedicado a celebrar los lazos entre las personas.

Borges y Bioy Casares: cincuenta años escribiendo de noche

Borges y Bioy Casares construyeron una amistad literaria de cincuenta años que dio origen al seudónimo Honorio Bustos Domecq y a obras clave de la literatura en español - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares se conocieron en 1932 en una de las veladas literarias que organizaba Victoria Ocampo en su casa de Buenos Aires. Bioy tenía apenas 18 años; Borges, 33. Su anfitriona debió reprenderlos esa noche porque se habían enfrascado en una conversación que ignoraba al resto de los invitados. Así comenzó una amistad literaria de cincuenta años que produjo algunos de los textos más originales de las letras en español.

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La colaboración más célebre de esta dupla fue la creación del seudónimo Honorio Bustos Domecq, un tercer escritor imaginario que surgió de la fusión de ambos y que firmó relatos policiales y satíricos como Seis problemas para don Isidro Parodi (1942) y Crónicas de Bustos Domecq (1967). El nombre combinaba apellidos de sus respectivos linajes: Bustos, un antepasado de Borges; Domecq, uno de Bioy. El crítico Emir Rodríguez Monegal llamó a esa entidad colectiva “Biorges” y la consideró “uno de los prosistas argentinos más importantes de su tiempo”, según recoge la edición académica del portal de la Universidad de Pittsburgh.

La dinámica de trabajo era nocturna y oral: conversaban sobre una idea hasta que tomaba forma, luego Bioy escribía mientras Borges dictaba. Borges era pura inspiración verbal; Bioy defendía la sensatez narrativa y frenaba las digresiones. “A la larga, ese personaje terminó por no parecerse en nada a nosotros y por dominarnos con mano de hierro, imponiéndonos su propio estilo”, dijo Borges sobre Bustos Domecq. Junto a Bioy y a Silvina Ocampo, también compilaron en 1940 la primera antología de literatura fantástica de América Latina, una obra que trazó el mapa de un género.

Tolkien y C.S. Lewis: el pub donde nació la fantasía moderna

Tolkien y C.S. Lewis consolidaron su vínculo en Oxford y en The Inklings, donde la lectura de borradores impulsó la escritura de El Señor de los Anillos y de Las Crónicas de Narnia - (Imagen Ilustrativa Infobae)

J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis se conocieron en 1926 en una reunión de la facultad de Literatura Inglesa de la Universidad de Oxford. La primera impresión de Lewis no fue favorable: anotó en su diario que el recién llegado era un “tipo pálido y fluido” al que “no le vendría mal un par de golpes”. Pocos años después, ese mismo hombre era su amigo más cercano y el único lector que Tolkien consideraba indispensable.

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Los dos profesores formaban parte de The Inklings, un grupo literario informal que se reunía los martes por la mañana en el pub The Eagle and Child —apodado “The Bird and Baby” por sus habituales— para leer en voz alta borradores de sus obras. Fue allí donde Tolkien leyó los primeros capítulos de lo que sería El Señor de los Anillos, un libro que estuvo a punto de no terminarse. “Solo gracias a su apoyo y amistad logré llegar al final”, reconoció Tolkien décadas después sobre Lewis, según recoge la Encyclopaedia Britannica. Lewis fue el primero en recibir esos capítulos con entusiasmo exuberante y crítica exigente, y ese patrón de estímulo y rigor definió el tono del grupo.

La deuda también corrió en sentido contrario. Tolkien influyó de manera directa en el regreso de Lewis al cristianismo, una conversión que derivó en Las Crónicas de Narnia. La primera edición de El Señor de los Anillos fue dedicada, precisamente, a los Inklings. Sin esta amistad, el género de la fantasía moderna no existiría tal como se lo conoce.

Ocampo y Girondo: el establishment y la vanguardia bajo el mismo techo

Victoria Ocampo y Oliverio Girondo sostuvieron una tensión entre Sur y la vanguardia que empujó la modernización de la literatura argentina durante décadas - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Victoria Ocampo y Oliverio Girondo compartieron desde los años 20 un espacio de tensión productiva que fue, a su manera, uno de los motores de la renovación literaria argentina. Ocampo era la gran mecenas de la cultura nacional, fundadora en 1931 de la revista Sur —la publicación literaria en español más influyente del siglo XX en América Latina— y articuladora de un círculo que conectaba las letras del país con las de Europa y Estados Unidos. Girondo era el poeta ultraísta, el provocador del Manifiesto de Martín Fierro, el escritor que había llevado la vanguardia argentina a sus límites más extremos.

La relación entre ambos fue compleja desde el arranque: cuando Ocampo lo incluyó en el consejo de redacción del primer número de Sur, en 1931, Girondo pidió ser excluido. Las diferencias estéticas eran reales: Sur sostenía una concepción más tradicional de la poesía como valor trascendente, mientras que Girondo empujaba hacia la experimentación más radical. Aun así, el vínculo no se rompió. Girondo publicó su libro Interlunio (1937) bajo el sello editorial de Sur, y en 1939 ambos figuraron entre los fundadores de Editorial Sudamericana, según consigna la cronología del sitio Girondo-Lange. La foto fundacional de la revista los muestra juntos junto a Borges, Eduardo Mallea y otros, en la casa de la calle Rufino de Elizalde.

Lo que los unía era más fuerte que lo que los separaba: la convicción de que la literatura argentina necesitaba modernizarse y proyectarse al mundo. Ocampo le daba a Girondo el acceso a una red editorial y de prestigio internacional; Girondo le recordaba a ese círculo que la vanguardia no era una moda pasajera sino una exigencia del lenguaje. Esa tensión entre el cosmopolitismo liberal de Sur y el impulso experimental de Girondo atravesó tres décadas de la vida cultural del país.

García Márquez y Fuentes: la amistad que anunció una obra maestra

La amistad entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes influyó en la gestación y la recepción inicial de Cien años de soledad dentro del Boom Latinoamericano - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes se conocieron a principios de los años 60 en la Ciudad de México, en las tertulias dominicales que el escritor mexicano organizaba en su casa. García Márquez llegaba con la reputación de un cuentista prometedor; Fuentes era ya una figura del panorama literario continental. Entre ellos creció una amistad que tuvo consecuencias directas sobre la historia editorial del siglo XX.

Fuentes fue uno de los primeros lectores del manuscrito de Cien años de soledad antes de su publicación en 1967. Tan impresionado quedó que escribió un artículo en Mundo Nuevo, la principal revista literaria en español de la época, donde anunciaba la aparición inminente de una obra sin precedentes. Esa operación de anticipación crítica contribuyó a generar una expectativa que el libro, al publicarse, no defraudó. La correspondencia entre ambos, conservada en la sección de manuscritos de la Biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton y abierta al público en 2014, revela la influencia de Fuentes en la gestación de la novela durante los años 1965 y 1966.

Las cartas del Boom, publicadas por Alfaguara en 2023, reúnen la correspondencia de García Márquez, Fuentes, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa entre 1955 y 2012. Esos documentos muestran que el fenómeno conocido como el Boom Latinoamericano no fue solo un accidente del mercado, sino el producto de una red de amistades que se leían, se criticaban y se promovían mutuamente. “Cuando le dieron el Nobel a García Márquez, me lo dieron a mí, a mi generación”, declaró Fuentes tras el premio de 1982.

Cortázar y Pizarnik: cartas desde el borde

Las cartas entre Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik documentan una amistad atravesada por la admiración literaria y la preocupación por la salud mental de la poeta - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik se encontraron en el París de los años 60, cuando ella llegó a estudiar Literatura Francesa en la Sorbona y a trabajar como traductora. Él ya era un escritor consagrado tras el éxito de Rayuela; ella, una poeta joven de una intensidad que lo deslumbró de inmediato. La conexión fue instantánea y la amistad que construyeron —sostenida en gran medida por una correspondencia copiosa— fue una de las más documentadas y conmovedoras de la literatura argentina.

Cortázar la llamaba “Bicho lejano” o “mi Bichito” en las cartas, con una ternura que convivía con la preocupación genuina por su estado emocional. Él y su primera esposa, Aurora Bernárdez, la hospedaron en su casa parisina e intentaron acompañarla en sus períodos de depresión más aguda. En una carta de 1965, Cortázar le escribió sobre Los trabajos y las noches: “Tus poemas me hacen sentir lo mismo que siento frente a ciertos —muy pocos— cuadros surrealistas: que por un segundo estoy del otro lado, que me han ayudado a cruzar, que soy tú”, según recoge la Poetry Foundation.

La última carta que Cortázar le envió a Pizarnik, fechada el 9 de septiembre de 1971, llegó a Buenos Aires mientras ella estaba internada en un hospital psiquiátrico tras un intento de suicidio. “Yo te quiero viva, burra (…) Un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra“, le escribió. Un año después, el 25 de septiembre de 1972, Pizarnik murió por sobredosis a los 36 años. Esa carta, recogida en los cinco tomos de la correspondencia de Cortázar editados por Bernárdez, es una de las piezas epistolares más desgarradoras de la literatura en español.

Woolf y Mansfield: la única escritura de la que tuve celos

Virginia Woolf y Katherine Mansfield se conocieron en 1917 y sostuvieron una relación marcada por la fascinación, la incomodidad y la rivalidad literaria - (Imagen Ilustrativa Infobae)

Virginia Woolf y Katherine Mansfield se conocieron en 1917 y su relación desafió desde el principio cualquier clasificación simple. Woolf anotó en su diario esa primera impresión con una mezcla de fascinación y desdén: Mansfield “apesta como una civeta que se hubiera echado a la calle”, escribió, para agregar de inmediato que, superada esa impresión, “es tan inteligente e impenetrable que vale la pena cultivar su amistad”. Esa tensión entre la atracción y la incomodidad definiría los seis años que duró el vínculo entre las dos escritoras más influyentes del modernismo en lengua inglesa.

La biógrafa de Woolf, Hermione Lee, describió esa relación como “íntima pero cautelosa, mutuamente inspiradora pero competitiva”. Mansfield era, cuando se conocieron, más reconocida que Woolf en los círculos literarios londinenses. “Era la única escritura de la que he estado celosa”, admitió Woolf sobre la obra de Mansfield. Esa rivalidad fue, paradójicamente, un motor creativo para ambas: según la investigadora Kubasiewicz, Mansfield fue instrumental en la gestación de Kew Gardens (1919), el texto que lanzó a Woolf como escritora experimental.

Cuando Mansfield murió de tuberculosis en enero de 1923, a los 34 años, Woolf anotó en su diario: “Katherine no leerá esto. Katherine ya no es mi rival”. Y luego, doce días después: “Escribiré, claro, pero hacia el vacío. No hay competidora. Nuestra amistad tenía tanta escritura dentro”. La crítica Angela Smith documentó que la “faint ghost” de Mansfield siguió recorriendo la obra de Woolf hasta el final de su vida.

Fitzgerald y Hemingway: dos caras de la misma generación rota

F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway se conocieron en 1925 en París, cuando Fitzgerald presentó a Hemingway ante Maxwell Perkins y los círculos literarios franceses - (Imagen Ilustrativa Infobae)

F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway se conocieron en mayo de 1925 en el Dingo Bar de París. Fitzgerald era ya el autor de El gran Gatsby y actuó desde el principio como el promotor de un Hemingway que apenas comenzaba: lo presentó a su editor, Maxwell Perkins, de la editorial Scribner’s, y lo introdujo en los círculos literarios de la capital francesa. Hemingway, que leyó Gatsby ese mismo año, lo calificó como “un libro de primera categoría, absolutamente”.

Durante sus mejores años, el intercambio de cartas entre ambos fue una clase magistral de crítica literaria entre pares. Hemingway le escribió a Fitzgerald en 1934: “Olvida tu tragedia personal. Todos estamos jodidos desde el principio, y tú especialmente tienes que sufrir mucho antes de poder escribir en serio. Pero cuando te duela de verdad, úsalo. No hagas trampa con eso”, según recoge el portal Books on the Wall. Esa mezcla de brutalidad y afecto definía el tono de una amistad que nunca fue del todo cómoda.

Los dos escritores encarnaron perspectivas opuestas del desencanto norteamericano de entreguerras. Fitzgerald pulió un estilo lírico y melancólico; Hemingway desarrolló su célebre teoría del iceberg, esa escritura directa en la que lo no dicho pesa tanto como lo escrito. La amistad se fue deteriorando por los celos, los excesos y la rivalidad. Fitzgerald murió en 1940, a los 44 años, sin que se hubieran reconciliado del todo. Hemingway lo retrató años después en París era una fiesta con una mezcla de ternura y juicio que sigue siendo uno de los retratos literarios más debatidos del siglo XX.