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‘Una belleza terrible’, una novela sobre la militancia revolucionaria, desde la Primera Guerra Mundial a las dictaduras latinoamericanas

Escrito a cuatro manos por Edurne Portela y José Ovejero, este libro reconstruye, a través de personajes y hechos reales, casi un siglo de hombres y mujeres vinculados al trotskismo que soñaron con un mundo más justo. En esta nota, un fragmento

El diseño de la portada del libro 'Una belleza terrible' de Edurne Portela y José Ovejero muestra una fotografía en blanco y negro de una mujer con el puño en alto sobre un fondo difuminado de la misma imagen. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una belleza terrible, una novela escrita a cuatro manos por la investigadora Edurne Portela y el novelista José Ovejero y editada por Galaxia Gutenberg, reconstruye, a través de personajes y hechos reales, casi un siglo de militancia revolucionaria vinculada al trotskismo, desde el París de la Primera Guerra Mundial hasta las dictaduras latinoamericanas de los años 80.

El recorrido narrativo abarca personajes de orígenes humildes y aristocráticos, así como obreros e intelectuales. Todos aparecen organizados en torno al trotskismo y enfrentados a adversarios que el libro identifica como superiores: la Alemania nazi, el estalinismo y las dictaduras militares de América Latina. La historia también pasa por la España de la guerra civil y por la Argentina peronista, además de las dictaduras posteriores. Tragedias, errores, contradicciones, generosidad y heroísmo.

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Portela y Ovejero incorporan además su propio proceso de trabajo. El libro se apoya en una labor intensa de documentación y en conversaciones con testigos, y que ambos autores escriben también sobre su búsqueda, sus dudas y las dificultades de retratar vidas tan complejas e intensas. José Ovejero, nacido en Madrid en 1958, ha vivido la mayor parte de su vida fuera de España, sobre todo en Alemania y Bélgica. Su obra abarca poesía, ensayo, libros de viajes, cuentos y novelas. Edurne Portela es doctora en Literaturas Hispánicas, docente, ensayista y narradora.

Una belleza terrible obtuvo el Premio Libro del Año de las Librerías de Madrid en la categoría de Novela y fue finalista del XXI Premio Dulce Chacón de Narrativa Española. A continuación, un fragmento.

Edurne Portela y José Ovejero, autores de la novela “Una belleza terrible"

Me llamo Vera Lanis (II)

Me llamo Vera Lanis y en 1941 atravesé el océano con mi hijo sintiendo una mezcla de temor y de rabia. Yo, huyendo del terror fascista en un transatlántico. Una exiliada más, otra derrotada.

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Yo no quería ir a Brasil. ¿Qué podía hacer en ese país inmenso? Lo estudiaba en el mapa y me producía horror. ¡Era quince veces más grande que Francia! Si en esa época ya estaba perdida sin salir siquiera de París. Pero cuando al año siguiente fui a Chile tampoco me sentí mucho mejor. Y Zazá no era feliz. ¿Cómo iba a serlo?

Agradecí a Raymond aquel gesto. He dicho que tenía dudas de que Raymond fuese un hombre leal, pero son dudas injustas, producto de un rencor que se me solivianta cuando menos lo espero. Se siguió ocupando de nuestra seguridad y nuestro bienestar también años más tarde. Raymond podía ser de una desconsideración brutal, indiferente hacia los sentimientos ajenos —sí, me dolieron muchísimo, me siguen doliendo, su abandono y la forma de hacerlo— y, al mismo tiempo, desvivirse por ayudar. Quizá lo segundo era su manera de compensar lo primero.

Me embarqué hacia Brasil a principios de junio de 1941, cuando se cumplía un año de la invasión de Francia por los nazis, en el barco más grande que había visto en mi vida: el Bagé, del que leería más tarde en un periódico que lo hundió un torpedo alemán. Atravesamos el Atlántico tres meses después que Raymond, dos semanas de viaje en las que Zazá apenas paró de vomitar. Fuimos en tercera, pero pagando un suplemento conseguimos ir en cabina compartida y no en las filas de literas en las que viajaban hacinados los inmigrantes más pobres. Cuando Zazá dormía me asomaba unos minutos a ver el mar y a la gente que paseaba por cubierta. Quizá, de haber sido más joven, o de no haberme sentido tan sola, el viaje me habría parecido una aventura y me habrían dado ganas de cantar y me habría alegrado con la visión del mar y con la brisa y con el futuro imprevisto.

Tenía treinta y siete años, no es tanto, ¿verdad?; a esa edad empezar de nuevo no es una tragedia sino una oportunidad de corregir los errores cometidos. Pero me sentía más bien como alguien a quien le ha ardido la casa en un incendio y no conoce a nadie que le pueda dar refugio. Ni siquiera fui capaz de alegrarme cuando, ya en Río, nos alojamos en un hotel bastante nuevo, y para mí lujoso, desde el que se veía una de las bahías. Me acuerdo aún del nombre: Hotel Gloria, no sé si seguirá en pie. A Zazá le decía «estamos en la gloria» y esa fue una broma que repetimos después muchas veces, sobre todo en momentos de congoja o desesperanza. Estamos en la gloria, y sonreíamos, y fingíamos que no nos iba tan mal.

Raymond cumplió su promesa y se ocupó de Zazá y de mí cuando llegamos a Río hasta que me pude ir con el circo de Cairoli. Raymond ya había sacado a su Suzanne del convento y compartían piso, nunca quise preguntar dónde. Estaba tan ufano que a todas horas parecía un gallo inspeccionando su gallinero.

Si ahora paso revista a mi vida, tengo la impresión de que alguien la cortó por la mitad con un cuchillo. Un tajo feroz que me hace dudar que sea la misma persona la que vivió en Europa y la que vivió en América. Desde que fui a Buenos Aires, después de más de dos años de giras con la compañía de Cairoli, que en aquella época no era un auténtico circo, mantuvimos hasta el final nuestra división de papeles: yo seguía apoyando a Raymond mientras él se entregaba a fortalecer el movimiento y a financiarlo. Así lo habíamos hecho en Europa, pero no era lo mismo. En Francia yo era una activista más, salía con la masa de gente a la calle a defender nuestros derechos, coreaba consignas, arengaba a los trabajadores, me excitaba al calor de la multitud, me arriesgaba. Era parte de una marea que creíamos que acabaría arrasando Europa. E hice cosas increíbles, que no fueron la exclusiva de Raymond, aunque es verdad que él era un especialista. Dejadme que os cuente una:

Esto debió de suceder en 1939. Durante la guerra civil española ayudamos a muchos republicanos huidos del fascismo, y a militantes del POUM escapados de las garras de Franco y de Stalin. Procurábamos echar una mano a los que fueron encerrados en campos de internamiento. Una vez me encargaron rescatar a un camarada tuberculoso del que se pensaba que no iba a resistir mucho tiempo a la intemperie. Yo lo planeé todo. Zazá, un camarada francés y yo cogimos un tren y nos fuimos al pueblo del sur donde estaba el campo. Yo estaba nerviosa, no voy a pretender ahora que iba tranquila. El niño, claro, no sabía lo que íbamos a hacer y estaba tan contento con el viaje. Parloteaba todo el rato. El camarada le hacía juegos de manos que lo tenían fascinado: le sacaba monedas de las orejas y luego las hacía desaparecer en el aire. Yo creo que no solo lo hacía para entretener al niño, también para calmar los propios nervios.

Cuando llegamos al campo pedimos visitar al camarada español, al que llevábamos leche y chocolate. Un guardia bastante amable echó un vistazo rápido a nuestros documentos, una ojeada a las vituallas y nos registró sin mucho empeño. No llevábamos nada escondido, pero me pareció una buena señal. Si no hubiese sido por la tensión que sentíamos —salvo Zazá, que saltaba de aquí para allá como si estuviese de excursión—, diría que todo fue de lo más sencillo. Paseamos un rato con el enfermo, nos colocamos detrás de un barracón, pegados a la alambrada, en un rincón en el que estábamos a resguardo de la mirada de los guardias. El camarada francés se quitó el abrigo y el sombrero y se los dio al español. Zazá y yo atravesamos el puesto de guardia con él y firmamos el registro de salida como si el hombre que me acompañaba fuera el mismo que había entrado. Nadie nos detuvo. Nadie se dio cuenta de nada. Zazá ni preguntó ni se extrañó. Estaba habituado. Creo, pero igual la memoria me falla, que no volví a ver al camarada francés que se quedó en el campo. Él debía protestar horas después, decir que lo habían detenido por error y, con su documentación francesa, reclamar que lo pusieran en libertad. Supongo que lo conseguiría. En aquella época casi todos teníamos ese descaro. Arriesgarse era lo normal. No era solo Raymond. No eran solo los hombres.

Quién me iba a decir que más tarde, en Buenos Aires, acabaría convertida en ama de casa. Es verdad que retomé mi trabajo de traductora del ruso, principalmente para Raymond. Pero sobre todo me ocupé de tres de los cuatro hijos —uno murió de bebé— que tuvo con la mujer por la que me abandonó. Él nos mantenía y yo, además de a nuestro hijo en común, criaba a los hijos de Suzanne; esa era nuestra división del trabajo, en la que el amor ya no desempeñaba un papel. Crié a aquellos niños difíciles, trastornados, los acogí en mi casa, los atendí mientras Raymond sacaba adelante sus negocios para financiar la subversión o cuando desaparecía porque estaban a punto de descubrir su verdadera identidad o cuando se largaba, aunque no me lo contara yo lo sabía, para visitar a alguna de sus amantes; eso no dejó nunca de hacerlo y a punto estuvo de costarle la vida.

En aquel caso se trataba de una chica que vivía en Montevideo y con la que se debía de haber liado años atrás en un grupo trotskista de Buenos Aires, Fabi se llamaba. Creo que fue en el 63 cuando el barco que subía por el Río de la Plata de Montevideo a Buenos Aires se hundió en una noche de niebla. Raymond, que regresaba de una de sus visitas a aquella mujer, se tiró al agua con todos los que pudieron hacerlo. Era pleno invierno, así que muchos murieron por el frío. Él no. Lo contaba como si hubiese ganado la orilla a nado, pero la verdad es que se sujetó a una tabla con otros náufragos y lo rescató un vapor uruguayo. Siempre me impresionó la capacidad de Raymond para sobrevivir, su carácter luchador, inmune a la desesperación, que le permitió salir ileso mientras a su alrededor se multiplicaban las bajas. Me lo imagino agarrado a la tabla, con la mandíbula trabada, los dedos morados, sin sentir ya las piernas, viendo cómo sus compañeros de desgracia se hundían uno tras otro y diciéndose: yo no, yo no voy a morir aquí, queda mucho por hacer.

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