El alma es una araña, el león manda y quien acecha es un lobo: qué animales nos definen

Ivana Costa, doctora en Filosofía, investigó cómo caballos, mariposas, abejas y cangrejos sirvieron para pensarnos. El caso del rinoceronte

Google icon

¿Qué tiene que ver el alma con una araña? Lo pensó Heráclito seis siglos antes de Cristo, con una delicadeza que conmueve: "Así como la araña estando en el medio de su tela siente enseguida cuando una mosca rompe algún hilo suyo, y por ende corre rápidamente allí, como si experimentara dolor por la ruptura del hilo, de la misma manera el alma del hombre, al ser ofendida alguna parte del cuerpo, allí se apresura a dirigirse..." El alma que te cura cuando el cuerpo sufre. El alma, que ¿te sobrevive?

Estas cosas piensa Ivana Costa -doctora en Filosofía- porque, en su libro Bestiario filosófico, -que acaba de publicar la editorial Mar Dulce- está pensanndo en el lugar de los animales en la filosofía y, en definitiva, en el modo en que nos pensamos estos seres tan difíciles de comprender que somos los humanos.

Por qué nos agrupamos, por qué somos políticos, dónde encontramos la belleza, cómo sabemos qué es lo real, adónde nos lleva la indecisión, cómo somos cuando somos crueles. Esas y otras muchas cuestiones de lo humano se grafican, se piensan, se entienden a partir de los animales.

PUBLICIDAD

¿Y si la araña es el alma?

Costa, entonces, rastrea en los textos donde efectivamente los animales aparecieron como herramientas del pensamiento. Los pone en contexto y cuénta qué significaron.

¿Los animales ayudaron a definir lo humano? ¿Cómo? ¿Lo siguen haciendo o ya estamos definidos?

—Sí, sin duda. Ya en los proverbios –una sabiduría práctica antiquísima– actitudes típicamente humanas se ilustran con animales (“a otro perro con ese hueso”, “el pez por la boca muere”). Las fábulas son otro ejemplo patente: la zorra, la hormiga, el león, la cigarra, todos son espejos de conductas humanas. Y la tradición filosófica no es la excepción. En los fragmentos más antiguos que conservamos de los pensadores griegos aparecen los animales para explicar diferentes aspectos del ser humano. No solamente ejemplificando conductas puntuales y típicas, como ocurre con los animales de las fábulas, sino para elucidar a través de ellos algo que se considera muy propio o exclusivo del ser humano, como el funcionamiento de la vida mental. O como la tendencia a vivir en comunidades regidas por leyes que buscan preservar la justicia y no sólo el poder del más fuerte. En casos como estos, la metáfora animal hace un aporte didáctico, porque vuelve muy próxima, muy accesible la explicación de cuestiones que son en realidad bastante complejas.

PUBLICIDAD

—Como la explicación sobre el alma...

—Cuando Heráclito dice que el alma humana es como una araña sobre su tela está ilustrando con una imagen muy poderosa algo que no es tan sencillo de entender sobre la relación mente-cuerpo. Hoy también aparecen las representaciones zoológicas en la tarea inacabada de modelar al ser humano en un paisaje que se transforma históricamente y culturalmente. En filosofía política hay algunos ejemplos divertidos, también en otras disciplinas.

—¿Por ejemplo?

—Bueno, tenemos a la vista cantidad de identidades políticas forjadas con imágenes animales: león, tortuga, águila, gato, elefante. Pero fuera del recurso propagandístico, en pro o en contra, hay teóricos de la filosofía política que analizan la psicología moral del votante –es decir, el ser humano en una tarea crucial de la vida en las democracias contemporáneas como es la de decidir a quién confía las tareas de gobierno– con liebres, zorros y hurones.

Los animales también definieron atributos políticos (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Cómo seleccionaste las especies que forman parte del bestiario? ¿Hubo algún criterio específico?

—No fue fácil porque la lista inicial, la que usaba como borrador o esquema del bestiario, tendía al infinito. Y porque quería que el libro abarcara diferentes épocas de la filosofía y también sus diferentes ramas. Que el lector pudiera encontrarse con animales adentro de un razonamiento lógico, en un argumento político, en una discusión metafísica. También quería, en lo posible, trazar algunos vínculos entre la tradición, el canon de la filosofía universal, y la experiencia filosófica en Argentina: ideas (incluso alguna disparatada), investigaciones, traducciones, bibliotecas. Entonces me pareció que para incluir todo eso era preciso que cada animal contara una historia, que cada uno encarnara en cierta forma una batalla intelectual, con bandos rivales, posiciones irreductibles, intrigas, idas y vueltas del razonar, éxitos y fracasos. Y esa búsqueda fue delimitando el conjunto de los ejemplares elegibles: los que permitían contar una historia, algunas veces muy breve, otras más dilatadas. El libro está organizado alfabéticamente: fue una manera de ceñirme a algún orden arbitrario, externo, para no seguir agregando más y más animales.

—¿Hay algún animal que consideres especialmente significativo en el pensamiento filosófico y por qué?

—Hay algunos que son muy célebres en el gremio. Por ejemplo está la abeja, que recorre prácticamente toda la historia de un mismo problema filosófico, de la Antigüedad al siglo XX: ¿en qué consiste la politicidad del ser humano?, ¿qué es lo que lo condiciona a vivir en la pólis? O el búho, que está muy asociado con la disciplina por una frase notable de Hegel sobre la filosofía como el conocimiento que necesariamente llega tarde: “el búho de Minerva sólo alza su vuelo en el ocaso”. O el lobo que es el ser humano acechando a otros humanos. O la paloma, que Kant asocia, de manera algo engañosa, con Platón. Todos ellos están en este libro. Pero me gustó trabajar también con otros no tan famosos, como el cangrejo, o el perro o el caballo, que plantean desafíos intelectuales muy atractivos.

—¿Qué aspectos de los animales se toman en cuenta? Sus movimientos, su cuerpo, sus costumbres…

—En muchos casos, los filósofos observan las actitudes más reconocibles de una especie: Hobbes introduce a lobo para ilustrar la agresividad del ser humano y la tortuga aparece en el argumento de Zenón porque camina lento. Pero en algunos otros casos lo que aparece es el cuerpo exótico del animal, que puede provocar fascinación (como ocurrió con el narval o con el rinoceronte, en el Renacimiento), o también aversión (fue el caso del faisán, en algunos pensadores tardoantiguos). Asombro y rechazo que van produciendo a su vez distintas rupturas en el edificio del conocimiento filosófico. Hay un rompecabezas muy lindo que tiene en el centro a una mariposa: el maestro Zhuāng soñó que era una mariposa que volaba feliz, pero al despertar no sabía si era Zhuāng que había soñado que era una mariposa, o una mariposa que estaba soñando que era el maestro Zhuāng. El planteo, que figura en una compilación daoísta pero fue retomado a través de los siglos, suele entenderse en la filosofía como un argumento escéptico: no hay manera de saber que algo es real. En cambio, para Borges la clave del argumento es poética y reside en la naturaleza etérea de la mariposa, que parece estar hecha “de la materia de los sueños”. Si Zhuāng hubiera soñado con un tigre –dice Borges– las cosas serían muy diferentes.

"Bestiario filosófico", pensar lo humano desde los rasgos de los animales. (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Cómo se llega a ver el alma como una araña?

—Eso está en un fragmento precioso, de Heráclito, a quien ya antiguamente llamaban El oscuro. Un fragmento que nos llega de una manera bastante estrafalaria: en una anotación que hizo un intérprete medieval ignoto que estaba leyendo un comentario tardoantiguo al Timeo de Platón. Y es justamente esa proveniencia tan enrarecida la que permite entender el sentido que tiene para Heráclito la comparación de la araña con el alma humana, a la que él concibe –tal vez por primera vez en el pensamiento griego– como el centro de todas las funciones vitales.

—Explicame un poquito más esa comparación.

—Cuando compara al alma con la araña, Heráclito está pensando en la relación entre el alma y el cuerpo: el alma –dice– es la araña y el cuerpo es la tela que ella teje. Cuando algo desde afuera, como la mosca, choca con la tela y la rompe, la araña corre a repararla. Y a la vez que repara la parte dañada –podemos conjeturar–, el alma-araña también se alimenta de la mosca, de eso que afecta a su cuerpo. Ahí podríamos encontrar rudimentos de una primera reflexión sobre la necesaria interacción entre alma y cuerpo: algo mucho más avanzado que la concepción moderna, cartesiana, que separa a rajatabla la sustancia pensante de la sustancia corpórea.

—Decimos “es un animal” para hablar de brutalidad… ¿eso es diferente en la filosofía o los animales son muchas cosas?

—Claro, es cierto, cuando decimos de alguien que es un animal generalmente pensamos en que es bruto. Otras veces queremos decir que es extraordinario, superior. Es una ambigüedad que encontramos también en la filosofía. Cuando Aristóteles dice que quien vive fuera de la pólis es una bestia o es un dios está pensando en el animal como el ser irracional, bruto. Pero muchos otros filósofos que argumentan con animales quieren, al contrario, resaltar rasgos valiosos, que a veces colocan a los animales en una escala moral que está por encima de los humanos. Algunos observan que en algunos animales –pueden ser insectos o bueyes– hay una cierta inteligencia, una especie de arte innato que los lleva a obrar de acuerdo con la naturaleza, sin malicia, y con una eficacia asombrosa. Por otra parte, tenés razón en que los animales de los razonamientos filosóficos pueden ser muchas cosas. A veces son símbolos, como el tigre o como la serpiente. O talismanes. Y a veces parecen introducidos como una provocación. El caballo, por ejemplo, suele aparecer en argumentos antiguos acerca de lo que es real y lo que es inexistente, irreal. “Un caballo blanco –escribe Gongsung Long– no es un caballo”. Tanto en la tradición griega como en la china hay filósofos que ponen en el centro a una de las especies más hermosas y más relevantes, más presentes en la vida diaria de sus lectores, para argumentar que en realidad eso no existe.

—¿Alguna historia que te guste contar?

—La del rinoceronte me parece apasionante. Sobre todo porque durante mucho tiempo fue un gran desconocido: entre el siglo I y el siglo XVI prácticamente nadie en Europa había visto un rinoceronte, lo que provocaba grandes malentendidos en la comprensión de los testimonios de quienes sí lo habían visto en la Antigüedad. El redescubrimiento, digamos, de ese animal maravilloso ocurre en uno de esos momentos de alto furor teórico, filosófico y científico. También artístico. Es significativo que mucho después, en las primeras décadas del siglo XX, Wittgenstein entable una disputa con su maestro Bertrand Russell sobre si hay o no hay un rinoceronte en el aula de la Universidad de Cambridge. Una discusión irresoluble, porque ninguno de los dos quiere dar el brazo a torcer. Russell quiere que Wittgenstein admita que no hay ningún rinoceronte en el aula, pero Wittgenstein se niega a aceptar esa perspectiva, que según él reduce al mundo a una colección de cosas. Wittgenstein reclama la validez de la proposición “hay un rinoceronte en el aula” y rechaza lo que él entiende como una reducción de lo que hay o no hay en el mundo, por eso decimos que su su disputa es metafísica.

Quién es Ivana Costa

♦ Nació en Buenos Aires.

♦ Es doctora en Filosofía (Universidad de Buenos Aires-UBA). ♦ Enseña Historia de la Filosofía Antigua en la UBA y en la UCA.

♦ Dedicada a Platón, tradujo algunos de sus escritos y de Maquiavelo.

♦ Trabajó en la redacción de Clarín y editó las páginas de Ideas de la Revista Ñ.

♦ Integra la Sociedad Internacional de Platonistas.