Cebo el mate que acompaña la lectura del libro, la última página del libro. Acerco el pico del termo, lo elevo a unos pocos centímetros de la yerba que, de manera ascendente, descansa entre la bombilla y la superficie cóncava de la calabaza que la contiene. Detengo la acción antes de que el agua caliente llegue al borde. En ese momento, los soldados de José Gaspar Tomás Rodríguez de Francia avanzan a fuerza de machete y fuego de fusil por la selva misionera. Las pequeñas hojas verdes se tiñen de rojo. La muerte, que trabaja para el Dictador Perpetuo de Paraguay logra su objetivo, secuestrar a Aimé Bonpland, el botánico francés que logró domesticar la planta de yerba mate. Detrás, un amasijo de cuerpos mutilados. El Perpetuo ganará la batalla. Federico Andahazi con su última novela, El prisionero del yerbatal, la guerra.
Antes de verter el agua a 80 grados centígrados, repaso una vez más la ceremonia. Entrecierro los ojos y veo las pequeñas hojas secas verdes molidas y tamizadas. Es la misma infusión que Bonpland descubrió desnudo en una exclusiva fiesta parisina que le cambiará la vida. También a los yerbales sudamericanos.
Por efecto de la presión que ejerce el agua, la hierba molida sube de forma caprichosa, lenta y espumosa. Parece un volcán a punto de hacer erupción. Es la misma fuerza que llevó al científico francés a una demencial expedición por la inexplorada selva del sur de América. La breve columna de vapor invita a que los labios entreabiertos acurruquen la boquilla. La succión hará el resto.
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La ceremonia del mate acompañó cada párrafo, cada página del fascinante relato que Federico detalla con rigurosidad histórica, hasta el momento exacto en que el novelista utiliza sus artes para llenar los blancos.
Hasta hace unos pocos minutos, antes de terminar de leer El prisionero del yerbatal que publicó la editorial Penguin Random House, el mate solo o acompañado era un acto reflejo. Gestos heredados de la costumbre familiar y la repetición diaria. Ya no es así. Hay un antes y un después de conocer los entretelones más asombrosos, oscuros, amorosos, depravados, detrás del cultivo de la yerba mate.
Una vez más la pluma, las palabras, la poesía, el relato de Federico nos transporta a los orígenes del dominio de la semilla del árbol. Un arbusto que crecía como yerbal, hasta que la pericia, la observación y la paciencia de Aimé Bonpland, descubrió cómo domar la rebeldía del Ilex paraguariensis, en un yerbatal para su cultivo industrial. Federico Andahazi recrea cada minuto, cada centímetro, cada sufrimiento y genuflexión que llevó al botánico francés a domesticar la planta.
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Como buena historia de amor, comienza en Francia, con un joven Bonpland que se enamora de la yerba mate y decide dejar su vida para enfocarse en la exploración de la hierba. El viaje empieza en Buenos Aires, pasa por Misiones y tiene un giro dramático en Paraguay. Finalmente, la historia culmina de manera despiadada para algunos, y conmovedora para otros, en la provincia de Corrientes.
Federico se da el lujo no sólo de narrar la histórica excursión de Bonpland por Sudamérica sino también de contar, de manera poética, la búsqueda desesperada de Adélie, una mujer que pierde a su marido, consumido por su propia pasión, a más de 10.000 kilómetros de París, a comienzos de la década de 1820.
Enmarcada en un período histórico tan convulsionado como apasionante, la novela tiene como actores destacados a Napoleón Bonaparte, junto a su primera esposa, Josefina de Beauharnais, y Adélie, mujer de Bonpland y ama de llaves del Castillo de Malmaison, la residencia favorita del emperador francés.
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En medio de ese torrente de pasiones, frustraciones y desencantos, aparece el nombre de otra calle del barrio porteño de Palermo, Alexander von Humboldt, científico y botánico alemán que será el mentor de una travesía endemoniada por la selva sudamericana junto a Bonpland. Esa aventura los transformará en amigos inseparables. Adélie y el Dictador Perpetuo de Paraguay, serán dos personajes históricos notables que van a colaborar para que la pieza literaria de Federico Andahazi resulte tan envolvente como el mate caliente que comienza a descender por la faringe.
En la presentación de El prisionero del yerbatal, en la Feria del Libro, el autor, apasionado por la historia de la yerba mate y la vida tumultuosa que vivió “don Amado”, como también se lo conoció a Bonpland, anticipó datos y escenas que quienes no habíamos leído el libro no queríamos saber. Era un Federico Andhazi auténtico que puede llevar al lector a descubrir la tempestad de los océanos que debió sortear la fragata La Argentina y el marino Hyppolite Bouchard en su vuelta al mundo desatando su furia de destrucción que lo llevó a conquistar California en “Mares de Furia”.
Antes, de su exposición en el Predio Ferial de Palermo, en una sala atestada, Federico tuvo la amorosidad de dialogar en el stand de Penguin Random House con los que firmamos esta nota, padre e hija. El exquisito artista (se llamó pintor frustrado, algo que no debe ser así) nos compartió su legendaria pasión por el arte, la escritura sobre su historia familia en Los amantes bajo el danubio, libro que los firmantes de esta nota hacemos alarde de ser nuestro favorito del autor, y cómo el mate lo acompaña en sus noches de inspiración desvelada mientras escribe sus novelas.
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La novela nos atrapa desde las primeras páginas, cuando Bonpland es arrancado del yerbatal misionero y arrastrado a los dominios del dictador paraguayo.
Es entonces cuando Federico imagina los años de Aimé en la selva de fronteras difusas, un territorio donde las enfermedades llegaban sin aviso y la muerte acechaba constantemente.
Allí emergía la magia del médico francés y, también, la de Federico, capaz de transportarnos a aquellas plantaciones siglos atrás con una narración tan vívida como envolvente.
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¿Bonpland encontró la forma de dominar la planta?
En las ciento setenta y dos páginas el enigma se revela. Y el spoiler yace en el mate de cada uno de los argentinos.
Federico Andahazi, un tiempista notable, un atleta de las palabras sabe el momento exacto dónde dejar la vuelta del mate entre amigos con una mentira blanca, piadosa “se terminó el agua”.
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Federico, es tu responsabilidad. Después de leer El prisionero del yerbatal, ya no miramos de la misma manera el calabacín con la yerba y la bombilla clavada en la mitad del círculo ligeramente recostada sobre su cuna.