Había reparado en Leo Dan muy poco antes de Pospopulares. Mi preocupación, en realidad, era nuevamente su colega y competidor, Palito Ortega. Casi por las mismas razones, pero ampliadas políticamente: en 1991, el presidente neoliberal peronista Carlos Menem había convencido a Palito de ser candidato a gobernador de su Tucumán natal, para oponerse al probable triunfo del General Bussi, exgobernador y ex represor de la dictadura. Palito triunfó. Simultáneamente, por razones poco indagadas, Leo Dan se había postulado a la gobernación de su propia provincia natal, pero fue categóricamente derrotado.

Te he prometido una tesis sobre Leo Dan
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La carrera política de Palito (casi fue vicepresidente de la Argentina: fue gobernador, ministro federal, senador nacional) había magnificado su figura, mientras que Leo Dan había abandonado la política y regresado al canto (y al evangelismo, y a la imposición de manos, y a México, y de allí a su proto-jubilación en Miami). Muy poco supe de él, poco me interesé en él, nunca supe alguna de sus canciones; durante mucho tiempo, pensé que sólo había una Sagrada Trinidad de la música romántica argentina de finales de los años 60 integrada por Palito, Sandro y Leonardo Favio. Mi colega y amigo cordobés Claudio Díaz, hace poco más de diez años, me había enmendado la plana: “son cuatro, Pablo. Te falta Leo Dan”. Eran los FabFour. Y Leo Dan había sido mucho más exitoso en América Latina.
En 2019, la película Roma sorprendió en la entrega de los Premios Oscar: ganó como mejor película de habla extranjera, mejor fotografía y mejor director, que obtuvo su realizador, Alfonso Cuarón. Durante la entrega de los premios sonó la canción “Te he prometido”, de Leo Dan; varios medios de prensa, con alguna rapidez, llegaron a afirmar que la canción era interpretada, en el filme, por la mixteca Yalitzia Aparicio, la inolvidable Cleo del filme –también nominada como mejor actriz, aunque perdidosa frente a la blanca, británica y angloparlante Olivia Colman–. Como sabe cualquiera que haya visto la película, la canción suena en una radio, como fondo de las tareas de limpieza que Cleo desarrolla en la larga secuencia de apertura: y la canta, claro, Leo Dan.
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Las tareas de limpieza: las tareas domésticas. Cuando murió el cantante mexicano Juan Gabriel en 2016, el periodista argentino (radicado en México) Gustavo Marcovich lo recordó invocando que había tenido un disco, que “se lo acabé regalando a la muchacha que limpiaba la casa de un amigo. Tal vez fue un homenaje a todas aquellas que de chiquillo trabajaban en casa de mi familia y que musicalizaron mi infancia con Palito Ortega, Leo Dan, Leonardo Favio y Sandro”. En toda América Latina, las tareas domésticas son femeninas. En su mayor parte, a cargo de muchachas de las clases populares. En las de la casa de la Colonia Roma, a las que Cuarón pone en escena escuchando la radio y a Leo Dan, indígenas.
En Colombia y Costa Rica, a esa música la llaman “música plancha” o “música para planchar”. En Chile, “música para encerar”. La duplicación es tan obvia como estremecedora: música para mujeres que hacen tareas domésticas. Sexismo y clasismo en un mero giro verbal, que no es una clasificación de batea de disquería. En las casas de discos, se la organizaba apenas como “música romántica”.
(Mientras debatíamos una primera versión de este trabajo, una colega afirmó: “esas músicas nos conectan con nosotras mismas”. Aún en su exceso femenino y popular, esas músicas también interpelan letrados y letradas, que esa noche cerramos el encuentro a golpe de pop, cumbia y bolero. Muchos debimos buscar las letras en nuestros celulares).
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