Las palabras de Ángela Pradelli resonaron en la sede del Museo de Arte Decorativo el pasado jueves 26 de marzo, cuando fue recibida como integrante de número de la Academia Argentina de Letras. La autora, quien más allá de su labor ensayística, se ha caracterizado en sus textos por el entrecruzamiento de poesía y narrativa. ocupa el sillón número 19, conocido como “Calixto Oyuela”, tras el fallecimiento de Luis Chitarroni en 2023. Durante la ceremonia, Rafael Felipe Oteriño, presidente de la academia, destacó que la nueva integrante tiene experiencia docente como profesora de letras, colaboraciones en medios periodísticos nacionales e internacionales y una intensa labor en talleres de escritura por distintas provincias argentinas. Además, subrayó el perfil viajero de Pradelli, quien, según Oteriño, “llevó la literatura argentina a escenarios tan diversos como Suiza, Alemania, Estados Unidos, Italia y China”.
La designación de Ángela Pradelli fue anunciada a finales de septiembre de 2024 y su candidatura fue respaldada por los escritores y académicos Eduardo Álvarez Tuñón, Esther Cross, Pablo De Santis y Santiago Sylvester. Este ingreso representa un reconocimiento a una trayectoria que une la enseñanza, la creación literaria y el compromiso con la difusión de la literatura argentina en el país y en el exterior.
Durante su discurso de ingreso, Pradelli invitó a estar atentos a la poesía que, según afirmó, puede encontrarse en cada rincón de la vida cotidiana: “Quizás haya poesía todo alrededor, en las mesadas sobre las que preparamos nuestra comida, en los bancos de las estaciones de trenes y de las plazas, en las cunas, en los parques; en las fábricas, en las aulas y las bibliotecas, los senderos solitarios, en la orilla de los ríos”.
A continuación, Infobae Cultura publica los tramos más destacados del discurso de Ángela Pradelli.
Muchísimas gracias a Rafael Oteriño, presidente de nuestra academia, y a la escritora Esther Cross, por esta cálida presentación. También a Santiago Sylvester, Pablo De Santis y a ella misma por postularme, y a todos mis queridísimos colegas, que me recibieron con tanto afecto. Quiero agradecerles que me acompañen hoy, a mi hermosa familia, amistades, compañeros y colegas en la ruta de la enseñanza, escritura y por supuesto a las alumnas y alumnos, siempre presentes en mí.
Mi sillón es el número 19, ocupado por primera vez por Calixto Oyuela, a él, y a todos los que me precedieron, espero honrarlos.
Palabras de este mundo
En 1985, el diario Libération de París publica un número especial en el que 400 escritores deben responder una sola pregunta, la misma para todos. Pour quoi écrivez-vous? ¿Usted por qué escribe? Algunos contestan que lo hacen por catarsis, otros porque la escritura les resulta la expresión más alta, o porque quieren dejar su propia huella en este mundo. Uno de esos escritores es el italiano Ferdinando Camon, nacido en un pequeño pueblo de la zona rural del Véneto, cuyas obras fueron traducidas a más de veinte idiomas. Profesor de Lengua y Literatura en escuelas secundarias durante muchos años. Como periodista publica en importantes medios de distintos países. En el momento en que le hacen la pregunta Camon tiene 50 años.
Io? Io scrivo per vendetta, non per giustizia, non per santità, non per gloria, ma per vendetta. Yo escribo por venganza, no por justicia, ni por santidad, ni por gloria, sino por venganza. Todavía siento dentro de mí esta venganza como justa, santa, gloriosa. Mi madre sabía escribir sólo su nombre y apellido. Mi padre, apenas un poco más. En el pueblo en que nací, los campesinos analfabetos firmaban con una cruz. Cuando recibían una carta del municipio, del ejército o de la policía, nadie más les escribía, se asustaban y acudían al cura para que se las leyera. Los vi pasar muchas veces, caminaban rápido, con la carta en la mano. Yo tenía 12 años pero lo recuerdo muy bien. Desde entonces sentí la escritura como un instrumento de poder. Y soñé siempre con pasar del otro lado, poseerme de la escritura, pero para usarla a favor de aquellos que no la conocían: para cumplirles sus venganzas.
Todo pasado es una herida. Y toda herida un palimpsesto en el que vamos escribiendo nuestras palabras y construyendo nuestros universos de experiencias con textos que a veces logramos corregir. Por momentos, las palabras de esa herida se aquietan tanto que parecen dormidas o desmayadas para siempre, sin embargo, hay días en que algo, un perfume de infancia, un sabor dulce o tal vez avinagrado, algo, conmueve nuestra memoria y nuestra lengua y nos asomamos a la herida que sigue ahí, repleta de palabras, algunas de las cuales quisiéramos olvidar para siempre.
El escritor John Berger escribió poemas sobre las palabras y la trasmisión de la lengua. Elegí dos para compartir hoy con ustedes, el primero:
Palabras I
Garganta abajo se precipitaban
la gente y la sangre
en los helechos
inalcanzable
aullaba un perro
una cabeza entre labios
abrió
la boca del mundo
sus pechos
como palomas
se le posan en las costillas
su hijo mama el largo
hilo blanco
de las palabras que vendrán.
En Suiza, en la ciudad de Lausanne, existe desde 1988 una biblioteca llamada Globlivres, que tiene libros en 280 idiomas. Una de sus fundadoras, Mónica Prodon, afirma que la idea nació de su propia experiencia de inmigrante. Muchos años atrás, cuando Prodon llegó de Bolivia, sintió la necesidad de leer libros sólo en su lengua madre. Hoy casi todos los lectores de la biblioteca son también inmigrantes y cuando llegan piden libros en su lengua madre. Prodon dedicó muchos años a recorrer ferias de distintos países y comprar libros en los idiomas que los nuevos lectores buscaban. Y además de libros en su lengua primera, ¿ qué piden cuando van a la biblioteca? Novelas de amor. No importa si emigraron ya con trabajo o están todavía desocupados; si consiguieron sus documentos o están viviendo como ilegales; unos ya se adaptaron a la nueva sociedad, a otros les cuesta integrarse y se sienten excluidos. La mayoría quiere leer libros que tengan palabras de ternura y afecto en la lengua con la que crecieron.
Algunos años antes de aquella entrevista a Camon para la publicación francesa, en la Argentina, una adolescente va camino a la Biblioteca Popular Mariano Moreno de Burzaco. En su casa, los libros son los de lectura obligatoria que pide la escuela. Eso sí, lista completa de cada año porque para libros siempre hay. Esos los lee y relee. También le gusta leer prospectos de medicamentos, boletos de tren, volantes publicitarios; lo hace con la misma concentración con que lee los libros porque también allí encuentra historias para imaginar. Pero la adolescente siempre quiere más libros, más autores, escrituras de otras provincias, otros países, palabras nuevas. A veces recorre los estantes de la biblioteca popular y elige al azar. Otras veces, la bibliotecaria la ve un poco perdida o indecisa y le sugiere un título. Aquella tarde, la sugerencia es La Celestina, de Fernando de Rojas, cuya primera edición es de principios del siglo XVI. Ya en su cuarto, en las primeras páginas, la muchacha lee la palabra “huésped”, y le llama la atención porque está usada con el significado de persona que alberga en su casa. Este huésped de La Celestina aloja, es decir, es un anfitrión. Pero unas páginas más adelante, la palabra vuelve a aparecer con el significado contrario. El que se aloja en la casa de otro por un tiempo breve. Entonces ¿Qué significa huésped?; ¿el que ofrece hospedaje o el que lo toma? Tal vez haya un error en el libro, aunque le cuesta esta idea porque creció creyendo que en los libros no hay errores. Unos días después, cuando va a devolverlo, en el silencio estricto del lugar, le pregunta a la bibliotecaria y leen los fragmentos en un murmullo rápido y confuso.
-Es que hay palabras saltarinas -dice la bibliotecaria-. Son pocas, pero van de un lado a otro, tienen un significado y después, otro; incluso a veces, como acá, saltan al contrario.
-¿Pero a la vez? -replica la adolescente. ¿Se puede usar una misma palabra con significados opuestos en el mismo tiempo?
-Sí, eso es raro, pero puede pasar. De un significado, a su antónimo. Eso debe de ser porque algunos se quedan en uso conocido, y otro, el nuevo significado.
-¿Y quién cambia el significado de las palabras?
-Los hablantes -contesta la bibliotecaria-. Los hablantes.
Unos años después, la muchacha empieza la carrera de Letras y la casa se llena de libros; ya no va tanto a la biblioteca popular de su ciudad, ahora visita las bibliotecas más grandes, y cuando cursa Gramática se da cuenta de que aquella bibliotecaria que la alimentaba con distintos autores, géneros, temas, tenía razón: las palabras a veces van de un lado a otro, cambian las formas, los significados. Aprende que ese salto de las palabras es un proceso que se llama desemantización. Pero esos cambios no son tajantes, por el contrario, son lentos, y en ese camino, a veces conviven las dos formas hasta que una de las dos, se diluye y se pierde definitivamente.
Hoy “huésped” es solamente aquella persona que se aloja en otra casa, sin embargo, aún quedan rastros del primer concepto. La palabra “hospedaje” sigue siendo el alojamiento y asistencia que se ofrece a alguien.
¿Y quién trae esos cambios a la lengua?, ¿Quién incorpora las modificaciones?, ¿Quién las mueve? Ya lo dijo la bibliotecaria, las mueven los hablantes, los pueblos. Los que emigran también, que llevan su lengua de un lugar a otro como aquellos inmigrantes que acuden a la biblioteca de Lausanne para refugiarse en las palabras de amor de su lengua. Cuando digo “la lengua” no pienso sólo en un idioma, sino en la multiplicidad de voces que la habitan, en la diversidad de formas que la constituyen y también en los tonos, las tonadas, esa música que en cada región forman la historia y la identidad de sus pobladores, pero también los vientos, la llanura, las montañas, la luz o la oscuridad de sus paisajes donde esas lenguas crecen y se despliegan.
Algunos días todos libramos una batalla contra nosotros mismos. Son días en que, huyendo de algún pasado, arribamos a una tierra que nos resulta tan extraña que somos allí inmigrantes que imploran algo que no tiene nombre porque aún no existe. El misterio se oculta en el lenguaje y en el silencio, en el fraseo, la inhalación. Somos la lengua. Entre la rigidez del pensamiento y la porosidad de la palabra, somos la frágil enunciación de nuestra historia, los deseos, los miedos.
La lingüista y escritora puntana Berta Vidal de Battini, quien también fue miembro de número de esta Academia, se abocó a registrar y estudiar la lengua de los pobladores rurales de su provincia, es decir, puso el foco, o la oreja mejor dicho, en la oralidad de la población de campo. En 1949 publicó el resultado de su trabajo bajo el título El habla rural de San Luis.
Luego amplió su trabajo y estudió el habla en toda la Argentina. Trabajó en tres etapas. En la primera hizo viajes extensivos por todo el país para conocer el habla de las provincias y qué características tenían. En la segunda redactó encuestas que envío a los docentes. “Mi centro de investigación ha sido siempre la escuela, dijo Vidal de Battini, y el maestro mi primer asesor. En ella y desde ella, me he puesto en contacto con los grupos de hablantes que he observado, comenzando por los niños, para llegar hasta los más ancianos, dilucidando las particularidades idiomáticas de los diversos niveles culturales y las distintas generaciones sociales”. Y por último, realizó viajes intensivos para marcar límites de fenómenos lingüísticos.
Es ese estudio el que le permite el conocimiento de las distintas variedades, que no responden, como solemos creer, a los límites geográficos. Creemos, por ejemplo, que los catamarqueños hablan de esta forma; que en Misiones de tal otra, que los hablantes de Córdoba tal cosa. Pero el estudio de Vidal de Bettini mostró que muchas características son compartidas en territorios de distintas provincias. La lingüista construye finalmente un mapa de las cinco regiones lingüísticas cuyos protagonistas son los hablantes, sus modos de decir, sus expresiones formales e informales.
Todos los años, en la Feria del Libro de Buenos Aires, se desarrolla un Congreso de Educación en el que participan docentes de todas las provincias. Conferencias, ponencias de especialistas, narración de experiencias en el aula. Una profesora de Lengua y su alumno, cuya lengua madre es el wichí, viajan desde el Chaco para participar de una mesa sobre el bilingüismo en las escuelas. En la primaria, sus maestras lo retan cuando a él se le “escapa” alguna palabra en wichí. Durante los recreos, sus compañeros lo cargan y le dicen el “Indio”.
Una tarde en que él está tan triste que no quiere salir al recreo, su maestra le pregunta qué le pasa. Él le cuenta.
-Es que en la escuela se habla español -le dice ella-. Y además a la escuela se viene a aprender. Tenés que olvidarte de tus palabras acá adentro, que no se te escapen.
Unos días después la maestra llama a su mamá y le dice que su hijo tiene problemas para relacionarse con los compañeros, que pasa los recreos solo, que nunca conversa con nadie, y que está cada vez muy callado en clase, que es una pena que no participe como antes. Esa noche su mamá le pregunta qué le pasa, pero él no puede contestarle, ni en wichí ni en español. No puede. No sabe cómo contarle para que lo que siente él cada día porque se burlan de su lengua y sus palabras.
Los compañeros lo siguen llamando Indio durante toda la primaria pero ya no lo hacen sólo durante el recreo, ahora también en el aula, en la calle, en la canchita de fútbol. Algunos ya no recuerdan su nombre.
-Todos tenemos apodos -le dice la maestra-. No tenés que ponerte así, tus compañeros te lo dicen cariñosamente.
Vergüenza; y sufrimiento; y exclusión, eso siente el alumno en la escuela cada día. Hasta que empieza la secundaria y se encuentra con profesoras que tienen un proyecto que respeta el bilingüismo de los tantos alumnos cuya lengua primera es el wichí, la lengua con la que los recibieron al nacer y los criaron; la lengua de su comunidad.
Esas profesoras les enseñaron a sus alumnos lo que muchas veces la sociedad olvida:
No hay ninguna lengua inferior ni superior a otra.
No deberíamos menospreciar a otro por su lengua, ni creernos superiores por hablar determinada lengua.
Nadie debe juzgar la lengua de otra persona. Tampoco a la persona por su lengua.
El segundo poema de John Berger: Palabras II
La lengua
es la primera hoja del espinazo
los bosques del lenguaje la circundan
como un topo
la lengua
escarba la tierra del discurso
Como un pájaro
la lengua
vuela en los arcos de la palabra escrita
La lengua está emplumada y sola en su boca.
Una tarde, la escritora jujeña Libertad Demitrópulos, autora de Río de las congojas, una de las mejores novelas argentinas, acepta la invitación que le hacen los alumnos de 3er y 4to año de una escuela de conurbano, que leyeron la novela, la analizaron y prepararon varias preguntas para hacerle a la autora. Es una escuela de conurbano. El grupo está conmovido por la historia que leyeron y también por la visita su autora. Pero Libertad no llega sola, la acompaña el poeta Joaquín Giannuzzi, que es su esposo. Los estudiantes leyeron muchos de sus poemas pero no lo reconocen al entrar. Él no quiere darse a conocer porque dice que la protagonista hoy es Libertad. ¿Está bien que la profesora no lo presente al grupo?
Son más de 150 estudiantes. El encuentro se hace en el laboratorio de biología porque es un espacio grande. A ella le gusta el recibimiento y la bienvenida con aplausos. “Tantos lectores jóvenes”, dice y sonríe. Repite esa frase hasta llegar al frente del aula donde está el escritorio. El poeta camina rápido hacia la parte de atrás del laboratorio, pero no se sienta. Enseguida empieza a recorrer las vitrinas mientras lee, susurrando, los nombres de las piezas expuestas detrás del vidrio. Son carteles que manuscribieron los alumnos con letra mayúscula hace ya varios años y por eso lucen un poco desgastados, pero aunque la tinta ya no es tan nítida, se puede leer sin dificultad Amatista, Prisma cuarzo, Obsidiana, Vidrio volcánico. Giannuzzi lee esas palabras viejas escritas con una tinta que empezaba a lavarse pero que ahora cobran vida otra vez en su pronunciación. Aun en el susurro, las palabras vuelven a tener una intensidad nueva en su voz. Dólar de mar, Malaquita, Basalto, Carbón vegetal. Ovario de pescado, Caracol vegetal.
El escritor y crítico Ricardo Piglia dijo que Río de las congojas es una obra maestra. Así que hoy, en una escuela de suburbio, una escritora, autora de una de las mejores novelas y uno de los poetas más importantes del país, comparten la tarde con los cursos de 3er y 4to año.
Los días previos a la visita de Libertad, la profesora prueba varias veces el micrófono para asegurarse que funcione bien. Un tiempo atrás a Libertad le habían practicado una traqueotomía por lo que su voz tendía a apagarse, pero con el micrófono en óptimas condiciones, todo saldría bien. Sin embargo, cuando la escritora intenta responder la primera pregunta de una alumna, su voz se escucha demasiado lejana y apenas si se oye la respuesta. “No se entiende”, avisa un alumno. Entonces ella se quita el pañuelo de seda que le envuelve el cuello, ubica el micrófono pegado a su traqueotomía y desde allí las palabras suenan claras y precisas durante una hora que duró la entrevista
En el final del encuentro los alumnos se levantan para aplaudirla.
Atrás, frente a las vitrinas el poeta sigue leyendo como si rezara en una capilla. Algas marinas, Anatomía del cerebro, Encéfalo de mamífero, Huevos de caracol.
-¿Alguien quiere decir algo antes de despedir a la escritora? -pregunta la profesora.
-Sí, yo -dice un alumno de la fila del medio-. Qué lindo, dice el alumno mirándola a Libertad- qué lindo que una escritora hable con todo su cuerpo.
El lenguaje tiene reflejos a partir de los cuales se instala en la creación. Todos los discursos, los que acontecen en el aula, en las calles, las redacciones, los consultorios, todos los discursos, los ajenos y los propios, laten en la capacidad de su propia invención. Nada queda fuera: los enunciados de los medios, las conversaciones entre amigos y con las parejas, los mensajes de las autoridades de la escuela, la historia, la filosofía, el cine, la matemática, los blogs, el chateo, los muros de las plataformas, las redes, los mensajes de whatsapp, las canciones. Nuestros enunciados, personales y también sociales, nuestros discursos amorosos, profesionales, los diálogos entre alumnos y docentes, cualquiera de nuestros discursos opera sobre una gramática compleja al mismo tiempo que traza un mapa de nuestra subjetividad. En los pliegues más remotos de nuestras palabras más íntimas hay elementos sociales y públicos que inciden en ella y la determinan. Es imposible no oír las distintas capas que circulan dentro de la misma lengua. La riqueza de una texto, oral o escrito, puede ser ilimitada si valoramos los espacios de los diálogos interlinguales.
Las palabras hacen lo suyo, estallan en la sangre, en los estómagos, se liberan de la herrumbre y la corrosión, y algunas mañanas anuncian un mundo nombrando de una vez todas las cosas. La sutileza de los sonidos, la fibra en las oraciones, el tejido de las discursos, palabras viejas, como las del laboratorio de biología, con las que podemos no obstante anunciar universos nuevos con nuestra propia poética.
Pero las palabras a veces se vuelven hostiles. Nos toca un mundo muy difícil de vivir. Tantos días aciagos. Las guerras, las muertes de niñas y niños, las hambrunas, los crímenes. Los espacios por los que transitamos se volvieron uy estrechos, se hace difícil caminar en esa asfixia, nos faltan las palabras. Cada vez es más manifiesta la relación entre el poder y las palabras. Cada día escuchamos discursos cargados de intolerancia, de violencia, odio. Palabras que se arrojan como piedras o se disparan como balas. Hace unos meses, en una reflexión sobre el uso de la lengua, la lingüista y traductora Alicia Zorrilla, miembro de número de nuestra Academia, dijo: “Tenemos hambre de amor. Casi diría que tenemos la obligación de amarnos para sentir esa felicidad de la que tanto se habla, no pocas veces ligeramente. Las lenguas deben ser siempre el vehículo de la paz. Si nos escucháramos más sin querer humillar a nadie con comentarios inútiles, nos entenderíamos y salvaríamos el mundo herido de injusticias, dolor y tristeza”, afirmó.
Cuando el franquismo llega al poder, la lexicógrafa y lingüista española María Moliner es juzgada por su participación en las Misiones Pedagógicas, un programa creado para terminar con el analfabetismo en España, que en ese momento superaba el 40 por ciento de la población. Moliner convoca a escritores, lingüistas, cineastas, dramaturgos, pintores y músicos. Todos se suman a la Misiones y se trasladaban a las periferias más pobres de las ciudades para enseñarles a leer y escribir a sus habitantes. Llevaban libros para todas las edades, películas para compartir con quienes nunca habían visto cine, montaban obras de teatro al aire libre, les acercaban cuadros de grandes artistas. María Moliner trabaja con a la par con Luis Cernuda, María Zambrano, Antonio Machado, Rafael Alberti, Federico García Lorca, entre muchos otros artistas. En ese marco crea también 5500 bibliotecas, la mayoría de las cuales fueron incendiadas después de la Guerra Civil Española. Durante el juicio, testifican a su favor incluso personas no cercanas a sus ideas. Sin embargo, el tribunal decide degradarla dieciocho cargos en el escalafón y le impiden continuar en su trabajo principal. María Moliner no quiere exiliarse y acepta un cargo muy menor de cuatro horas en una biblioteca de un centro de ingenieros en el que casi nadie lee. En ese momento ella toma una decisión: confeccionar un diccionario. Calcula que le llevara dos años. Trabaja por las tardes, al regresar de la biblioteca. Sus únicas herramientas son una máquina de escribir, varios diccionarios y miles de fichas desperdigadas por la casa en las que anota palabras, definiciones, significados, familias de palabras y, sobre todo, como Berta Vidal de Battini en nuestro país, el modo en que se usan esas palabras. Por eso su diccionario se llama Diccionario de uso.
Mientras cría a sus hijos, Moliner escribe un diccionario que reúne 3000 páginas en dos tomos. Más de 90.000 entradas y 190.000 definiciones. Uno de sus hijos, cuando le preguntan cuántos hermanos tiene, contesta: «Dos varones, una hembra y el diccionario».
Cuando Moliner muere, Gabriel García Márquez, que siente una gran admiración su trabajo, afirma que el suyo es “el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua. (…) Tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida”
Víctor Klemperer fue un filólogo alemán que durante el nazismo se salva de ser deportado a los campos de exterminio porque está casado con una mujer que no es judía. Sin embargo, por las leyes raciales tiene que dejar su cátedra en la Universidad de Dresde. Durante esos años en los que padece las restricciones del régimen, el filólogo escribe, clandestinamente, un diario en el que registra la vida diaria bajo el nazismo y estudia especialmente las palabras y el lenguaje. En 1947 el autor publica La lengua del Tercer Reich, apuntes de un filólogo. Un libro que reúne todas las observaciones y notas sobre la lengua que fue apuntando en su diario. Es una lectura apasionante en la que el autor demuestra los riesgos de una sociedad que no está atenta a la manipulación de las palabras que el poder totalitario hace de la lengua.
En una entrevista que concede antes de morir, Klemperer reconoce sobre ese período totalitario: “Me salvó el amor (por su mujer), el amor y las palabras”.
El título de mi discurso, ‘Palabras de este mundo’, lo tomé de un poema de Alejandra Pizarnik, publicado en su libro El árbol de Diana.
explicar con palabras de este mundo
que partió un barco de mí llevándome.
Una mañana, en un aula de 5to año de secundaria, una profesora copia el poema en el pizarrón y luego pide al curso que escriban libremente a partir de lo que les sugiere. “Escriban lo que sientan, dice la profesora, ¿qué les provocan este poema”? Al terminar la hora, la mejor alumna del curso entrega la hoja en blanco. “Profe, es que no puedo, no tengo ninguna palabra mía”.
Aún en los días tan precarios que se vuelven inhóspitos, esa voz sigue ahí, la voz de la poesía, que es la condensación de la lengua, y cuando habla en el silencio nos trae todas las palabras, la ternura, una alegría repentina, el perfume del río, la tristeza de las pérdidas, las noches de verano en las que mirábamos el cielo y leíamos allí el futuro, ciertas luces, los misterios, un dolor que no se puede reparar y a veces ni siquiera nombrar.
Sin poesía cómo atravesaríamos el frío del mundo. Al mismo tiempo que nos hace más fuerte, la poesía nos hace también más frágiles. Es un misterio ese abrigo que nos da la poesía. Y ese misterio hay que preservarlo para que permanezca siempre a salvo. ¿A salvo de qué? De la indiferencia, la indolencia, el menosprecio.
Qué importa que balbuceemos a la hora de dar definiciones y no podamos decir mucho acerca de ella si después de todo la poesía nos ayuda a descifrar un mundo, a comprender nuestras complejidades, nuestras contradicciones, comprender también el alma secreta de los días en que nos replegamos ensimismados.
En el corazón de un poema late un dolor que escribió otro pero es nuestro. Hay allí un sufrimiento que las palabras pueden abrazar. A veces somos sólo un atado de palabras apretadas que respiran con los pulmones cansados pero cuando leemos poesía, como pasajeros de un tren que avanza en medio de la noche, atravesamos la oscuridad bajo un cielo que encienden las estrellas en su fuga.
Hace unos años, una beca de escritura me lleva a vivir un mes en el norte del estado de Nueva York. Las pequeñas cabañas que habitamos los escritores de distintos países están dispersas en un parque inmenso que tiene varios árboles de manzanas, de esas pequeñas y sabrosas. Más allá, pero no tan lejos, la ruta que une los pueblos y, de un lado y otro de la ruta, un gran bosque. Una noche oigo unos golpes en la ventana. Cuando me asomo, veo una sombra que se aleja presurosa. Creo que es un ciervo porque ellos adoran esas manzanas y esperan que no haya gente en el parque para arrancarlas y comerlas. A veces me quedo escribiendo hasta tarde y, en el silencio de la noche, se oyen unos pasos muy ágiles. Después viene un rumor de ramas y hojas. Cuando abro las cortinas, veo a uno o dos ciervos arrancando la fruta de los árboles, luego se alejan presurosos por el parque hacia el bosque. Una tarde, al regresar a casa caminando por la ruta que atraviesa el bosque, me parece oír ese mismo rumor que oigo por las madrugadas, y también, el murmullo de las hojas cuando alguien las aplasta.
Entonces sucede: un ciervo emerge del bosque, se detiene, y me detengo. Nos separa una distancia corta. Él me mira con esos ojos de cristal brilloso. Luego se impulsa para elevarse, abre las patas al máximo hasta quedar en una sola línea con su cuerpo y vuela sobre la ruta en un solo salto. Al llegar al otro extremo, aterriza, se acomoda sobre sus patas haciendo crujir las hojas, y luego se pierde en el bosque.
Eso es la poesía para mí: una divina aparición que dura apenas un instante. Hay que escribir con urgencia esa aparición, hay que ponerle palabras antes de que se diluya y se pierda para siempre entre los árboles, sólo no es posible oír el ruido de la hojarasca.
Cada día, las lenguas hacen correr las palabras alrededor. Todo el día, toda la noche. Lenguas. Oraciones, verbos. Palabras, palabras. Sin embargo de pronto acontece la poesía y detiene el griterío del mundo.
Hay una respiración en los huecos más pequeños de la vida, alguien murmura ahí las palabras sagradas que se dicen en silencio y que casi nadie comprende. En la poesía, ya lo sabemos, es tan ambigua la semántica, son tan esquivas las gramáticas. Nos asomamos a las orillas del lenguaje, -ese territorio extraño que a veces nos habla al oído y otras veces nos nombra desde lejos-, y cuando logramos atravesar el filo de los sonidos y las letras ya no tenemos miedo de entrar en el vértigo de la lengua del poema.
Tal vez haya mucha más poesía de la que percibimos. Hay que entrenar el oído para escuchar la poesía que hay en las calles, los mercados, los bares, los pasillos oscuros o los jardines secretos. Tendremos que estar atentos, quizás haya poesía todo alrededor, en las mesadas sobre las que preparamos nuestra comida, en los bancos de las estaciones de trenes y de las plazas, en las cunas, en los parques; en las fábricas, en las aulas y las bibliotecas, los senderos solitarios, en la orilla de los ríos.
Estoy segura de que hubo poesía aun en el silencio de aquella noche dolorosa en que el adolescente wichí no puede explicarle a su mamá la vergüenza que le hacen sentir en la escuela y por qué ya no quiere hablar con nadie.
En nuestra América, gran parte de la riqueza de la lengua viene del bilingüismo, de sus grados, del contacto de lenguas, de la fusión. Las lenguas en contacto generan un legado que nos dejan formas exquisitas de expresión, coexistiendo variedades regionales y sociales, diferentes modos de acentuar las palabras, y una pluralidad también en su sintaxis. En Perú, en el Departamento de Iquitos, para decir “espalda” se usa la fórmula “del pecho su atrás”, esa giro tiene su origen en la bella fórmula “del agua su duro”, que hoy se sigue usando en las zonas no urbanas, y que nace también de un obstáculo: cuando las antiguas tribus vieron el agua congelada por primera vez, no tenían la palabra “hielo”, y entonces lo nombraron así, usaron la preciosa fórmula, “del agua su duro”. ¿Y si la poesía fuera esto? Lejos del prejuicio que da por sentado que los poetas tienen más facilidad para las palabras y la expresión, tal vez habría que pensar que la lengua poética nace de la imposibilidad de decir, y cuando esa imposibilidad encuentra finalmente su cauce, surge el poema. Del agua su duro; del pecho su atrás.
La vida da tantas vueltas. Hace unos pocos años, Ferdinando Camon, aquel gran escritor que dijo escribir por venganza, invita a cenar a su casa de Padova a una escritora que cuando era adolescente sacaba libros de la biblioteca popular de Burzaco. Aquella noche, ya de madrugada, ella se anima a pedirle a Camon que le cuente la historia de su pueblo en el que sus habitantes eran casi todos analfabetos. La había leído, sí, pero ahora, sentados a la mesa con una copa de vino, quiere escucharla en su propia voz. Habían pasado 70 años desde aquel momento en que Ferdinando, a sus 12, veía pasar a sus vecinos corriendo hacia la iglesia. Sin embargo, Camon narra con la voz quebrada por momentos y los ojos humedecidos. De dónde viene esa emoción después de 70 años. Un escritor que publicó tantos libros de ficción y no ficción, que fue traducido a más de veinte idiomas, que escribió artículos para importantes diarios, de distintos países, que dedicó su vida a la enseñanza de la lectura y la escritura en escuelas secundarias; alguien como él, que logró entrevistar a Primo Levi poco antes de su muerte y luego publicó un libro con ese diálogo inolvidable que mantuvieron los dos. Camon, que ha hecho del lenguaje pura conciencia poética, todavía se emociona al narrar aquella vieja historia. Esa emoción no viene del conocimiento intelectual, ni de tantos libros leídos y escritos, ni de las muchísimas clases que dio en las escuelas. Esa emoción viene del trauma; del trauma de la lengua, que nos lega, entre muchas otras cosas, la certeza de la importancia de la lengua en nuestras vidas.
-Por las palabras -dice el escritor levantando la copa, y agrega-: sus palabras en español, las mías en italiano y también por las palabras de todas las lenguas del mundo.
Así como la publicación Libération le preguntó a Camon por qué escribía, muchas veces los lectores preguntan por qué escribe. Es una pregunta que podría extenderse a todos los oficios y profesiones. Hoy acá, podríamos dejar esa pregunta para cada uno. Por qué somos maestros, profesores, lingüistas, vendedores, abogados. Por qué somos periodistas, jardineros, ingenieros, médicos, actrices, actores, músicos. Por qué, bibliotecarios, carpinteros, fotógrafos, constructores, comerciante
Por qué escribe, preguntan a veces los lectores, cuándo empezó, cómo.
Es que nosotros pasábamos los veranos en Río Negro, en la casa de mis abuelos y los domingos íbamos al río con mi abuela. Mi abuelo nunca quería ir y sólo algunas días, pero recién cuando la tarde estaba por terminar y el sol ya casi se había puesto detrás de las sierras, él bajaba a buscarnos. Ni bien llegaba, se sentaba sobre el tronco de algún árbol pero no aguantaba mucho ahí quieto y enseguida quería que volviéramos todos juntos a la casa. En cambio mi abuela siempre quería quedarse en el río un poco más. Le gustaba estar ahí y escuchar el rumor que el viento formaba en el agua o entre las ramas más altas de los álamos. Apenas llegábamos, mi abuela se descalzaba, anudaba el ruedo del vestido por encima de las rodillas y se metía en el río. Tenía la piel muy blanca y a mí me gustaba acariciarle la humedad de los brazos desnudos. Cada tanto, formando un cuenco con las manos, juntaba agua y se mojaba la cabeza. Las gotas de agua dulce se deslizaban por la piel blanca y lisa de la cara y se perdían en el cuello. Se quedaba casi toda la tarde metida en el río, con el agua por encima de la rodilla y no le importaba volverse a casa con el vestido tan mojado que se le pegaba a las piernas. Casi siempre por las noches, cuando ya todos dormían, yo cruzaba el pasillo ancho que llevaba a los cuartos y entraba a la habitación de mi abuela. El pasillo estaba oscuro pero yo caminaba segura, guiada por la luz que se filtraba por debajo de la puerta de su cuarto. Mi abuela dormía tan poco que a veces cuando amanecía, ella estaba todavía despierta, pero nunca la oí quejarse por eso. En verano dejaba la ventana abierta toda la noche y a veces, cuando entraba a su cuarto, la encontraba con los brazos apoyados sobre el marco oscuro de madera barnizada. Usaba una enagua de breteles finitos que, en las noches calurosas, a causa de la transpiración, se le adhería a los pechos y al vientre.
-¿Qué pasa? –me preguntaba cuando yo abría la puerta.
Otras veces la encontraba sentada sobre la cama. Era una cama tan alta que las piernas le quedaban colgando y ella hacía un balanceo casi imperceptible con los pies. Mi abuelo dormía de espaldas, abrazado a la almohada, mientras ella revolvía una caja de zapatos llena de papeles, escritos casi todos en italiano. Cartas que ella desdoblaba y me leía en ese susurro espeso en el que hablábamos para no despertar a mi abuelo. Tarjetas. Fotos que tenían una dedicatoria al dorso. Estampitas de comunión de sus parientes en Italia. Ella me leía y hacía crecer un murmullo en ese calor pesado del cuarto. Después volvía a guardar todo en la caja y la escondía abajo del ropero.
-El abuelo no sabe, eh –me decía.
Y aunque nunca terminé de conocer del todo esos secretos, yo los guardé para siempre. Y a veces cuando escribo me parece que es eso lo que vuelve. El susurro de un idioma que entiendo a medias dentro de un cuarto caluroso; apenas un puñado de palabras para contar lo que está oculto. Voces de gente que no conozco, y que hablan ahí, encerrados en una caja de zapatos escondida debajo del ropero. Y una luz que algunas noches se filtra por debajo de la puerta y alcanza para alumbrar la oscuridad mientras camino.