"Es hora de que la vergüenza cambie de bando". Con esa frase, la francesa Gisèle Pelicot sintetizó el vuelco que dio su vida y el de toda Francia cuando, tras medio siglo de matrimonio, descubrió que su esposo la había drogado sistemáticamente durante una década para que más de ochenta hombres la violaran mientras él grababa todo. El caso salió a la luz en 2022, después de que un guardia de seguridad sorprendiera al marido de Gisèle grabando bajo la falda de varias clientas en un supermercado.
La policía intervino el teléfono celular y la computadora del hombre. Poco después, en la comisaría, Gisèle fue separada de su esposo y enfrentada a la evidencia: miles de fotos, vídeos y mensajes que documentaban los abusos y la promoción de encuentros sexuales con su esposa inconsciente, según relató la propia Pelicot en entrevista con El País Semanal.
Intenté guardar lo mejor que viví con el señor Pelicot. Necesitaba saber que esos 50 años no eran solo una mentira. Separé lo negativo.
La noticia destruyó de forma abrupta los recuerdos de cincuenta años de convivencia, convirtiendo su historia en una mezcla de felicidad, traición y terror. La revelación no solo marcó el inicio de una investigación judicial sin precedentes, sino que también la transformó en un símbolo de resistencia y en la voz de quienes exigen que la culpa recaiga en los agresores y no en las víctimas.
Gisèle Pelicot reapareció ante la opinión pública en enero, en París, para presentar Un himno a la vida, el libro en el que relata, junto a la periodista Judith Perrignon, la brutalidad de los hechos y el proceso de reconstrucción personal que siguió al escándalo. La publicación coincide con un momento clave: Francia aún digiere el impacto social y legal del caso, y la propia Gisèle emerge como un referente internacional en la lucha contra la violencia sexual.

La vergüenza cambió de lado
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El equipo de El País Semanal la entrevista en la agencia literaria que gestiona su obra. La autora se muestra serena, sonriente y decidida a aligerar la carga de quienes la rodean, consciente del peso que su historia provoca en el interlocutor.
Durante años, Gisèle preparaba cada noche la mesa del desayuno, un hábito que con el tiempo entendió como un mecanismo inconsciente para evitar el recuerdo de las noches. Mientras tanto, al otro lado de la puerta, su marido tejía un entramado de abusos sin que nadie, ni siquiera sus hijos o nietos, sospechara nada. La rutina se rompió con una llamada de la comisaría. Creyó que se trataba de un trámite más, un incidente menor tras el episodio del supermercado. Al llegar, la separaron de su esposo y un agente le mostró imágenes y vídeos que no podía imaginar. Ahí empezó la segunda mitad de su vida: la conciencia de haber sido víctima de una traición inimaginable.
Noches de horror
En la computadora requisada por la policía se hallaron miles de grabaciones y mensajes. En ellos, el agresor ofrecía en una web de contactos la posibilidad de abusar de su esposa inconsciente. La acción del vigilante del supermercado y la perseverancia del policía Perret resultaron determinantes para esclarecer el caso y salvar la vida de Gisèle. Sin la intervención de ambos, la red de abusos podría haber continuado de forma indefinida.
Es falso que los dramas unan a las familias. Un drama de este tipo es una deflagración que se lo lleva todo por delante
La investigación policial confirmó que al menos 50 hombres participaron activamente en los hechos y que la sumisión química fue el instrumento central de la violencia. Según las pruebas, los agresores actuaron con pleno conocimiento de que Gisèle se hallaba sedada. El juicio documentó que muchos de ellos se excusaron o intentaron justificar su conducta, pero las imágenes demostraron la complicidad y la negación colectiva.
En la entrevista, Gisèle Pelicot alterna la lucidez con la serenidad. Reconoce que, tras el juicio, su vida era “un campo de ruinas”, pero afirma: “Pude hacer un proceso de introspección y un balance de mi vida. Estoy intentando reconstruirla. Y la verdad es que va bien.” La escritura del libro fue una herramienta para entender por qué seguía en pie y, al mismo tiempo, una forma de tender la mano a otras víctimas. “Podemos atravesar pruebas muy difíciles en nuestras vidas, pero tenemos recursos de los que no somos conscientes.”
Ante la pregunta sobre si es posible separar los recuerdos felices de los años de matrimonio del horror vivido, Gisèle responde: “Intenté guardar lo mejor que viví con el señor Pelicot. Necesitaba saber que esos 50 años no eran solo una mentira. Separé lo negativo, los traumatismos, los encerré en un cofre y tiré la llave. Solo guardo lo mejor. Viví mucho con él, nos enamoramos muy jóvenes y tuvimos tres hijos. Y eso no lo puedo borrar. A algunos les parecerá raro o sorprendente. Pero no conservo ni odio ni rabia. Solo un sentimiento de traición, de impotencia e indignación. El odio y la rabia te destruyen.”
En el juicio, Gisèle Pelicot tomó una decisión histórica: solicitó que el proceso se celebrara de forma pública para evitar que la vergüenza recayera sobre la víctima. “Me propuse que la vergüenza cambiase de bando: un juicio de este tipo suele ser una doble pena para las víctimas. Había que trabajar para el colectivo luchando contra esa vergüenza”, afirmó a El País Semanal.
El juicio
La exposición mediática fue total. En la sala del tribunal, Gisèle se enfrentó a 44 abogados y a la mirada de los acusados. Pese a la presión, mantuvo la dignidad sin dejarse arrastrar por el odio. Recuerda el gesto de la abogada de su marido, que cruzó la sala para estrecharle la mano. “No le haga ningún regalo”, le aconsejó. “La señora Pelicot no es mi adversaria”, aclaró ante los demás letrados.
El juicio evidenció la negación sistemática de los agresores. Muchos intentaron excusarse, afirmar que desconocían su estado o que el propio marido los había coaccionado. Sin embargo, las imágenes grabadas demostraron la complicidad y la plena consciencia de los hechos.
El estallido del caso tuvo un efecto devastador en la familia de Gisèle. La relación con sus hijos, especialmente con su hija Caroline, sufrió una ruptura profunda. Durante el proceso judicial, Caroline y uno de los hijos de Gisèle se distanciaron de ella, incapaces de comprender algunas de sus decisiones y abrumados por la sospecha de que el padre también pudo haber abusado de la hija. Gisèle reconoce la fractura: “Es falso que los dramas unan a las familias. Un drama de este tipo es una deflagración que se lo lleva todo por delante. Y cada uno intenta reconstruirse como puede, como sabe. Y para Caroline fue muy duro. Y, además, tiene una duda que puede ser una condena perpetua”.
Viví mucho con él, nos enamoramos muy jóvenes y tuvimos tres hijos. Y eso no lo puedo borrar. A algunos les parecerá raro o sorprendente. Pero no conservo ni odio ni rabia. Solo un sentimiento de traición
La experiencia de Gisèle Pelicot expuso no solo la brutalidad de los hechos, sino la negación social y la revictimización que enfrentan las mujeres en el sistema judicial y médico. Gisèle fue cuestionada, incluso por especialistas, sobre la posibilidad de no haber notado nada. “No comprendían que sufrí anestesias generales. Me trataron como si fuera culpable. Por eso digo que esta sociedad cultiva la negación. Y eso debe cambiar.”
Subraya que la violencia sexual sigue siendo un instrumento de dominación masculina. La aprobación reciente en Francia de una ley sobre la definición del consentimiento representa un avance, aunque insuficiente. “La mentalidad debe cambiar. Por mucho que votemos leyes, no cambiará si no se modifica la educación de los chicos, se inculca el respeto al prójimo.”

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El caso también evidenció el papel de internet en la proliferación de los delitos. Gisèle advierte sobre la facilidad con la que se organizan abusos y sobre el acceso ilimitado de los jóvenes a la pornografía. “Hay que limitarlo, hay que restringirlo, poner códigos. Y hay que educar en el colegio, hablar de todo eso. Si uno entra en ese engranaje, es muy difícil salir. Es como la droga, una adicción.”
A pesar de todo, Gisèle rechaza vivir en el odio. Su objetivo es aprovechar los años que le quedan, rodeada de afectos y colaborando para que otras víctimas encuentren esperanza.