Cinco datos de “Para leer al Pato Donald”, el libro de Mattelart que entendió a Disney en clave política

El ensayo hizo conocido al sociólogo que murió hace días y que lo escribió con Ariel Dorfman. Sostenía que la historieta transmitía ideología

Publicado en 1971, Para leer al Pato Donald nació en el Chile de la Unidad Popular, en un momento en que el gobierno de Salvador Allende impulsaba una transformación profunda del sistema de comunicación y del acceso a la cultura. Ariel Dorfman, entonces profesor en la Universidad de Chile y asesor editorial en la estatal Quimantú, y Armand Mattelart, sociólogo belga radicado en Santiago, elaboraron un análisis que pronto se convirtió en un texto emblemático de la crítica cultural latinoamericana.

El libro sostenía que las historietas de Walt Disney, aparentemente inocentes, difundían una ideología acorde con los valores del capitalismo y con una visión del mundo funcional al imperialismo estadounidense. Fue escrito en un contexto de polarización política, cuando la prensa, el cine y la televisión eran campos de disputa simbólica. Tras el golpe militar de 1973, el libro fue censurado y retirado de circulación, aunque circuló de forma clandestina durante años.

"Para leer al pato donald", un clásico del análisis sociológico

Cinco décadas después, y tras la muerte de Armand Mattelart el 31 de octubre, la obra conserva su vigencia como un ensayo sobre la comunicación de masas y el colonialismo cultural. A continuación, cinco claves permiten entender su estructura y su legado.

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1. La ausencia del trabajo y la producción

Una de las ideas centrales del libro es que el universo de Disney borra cualquier rastro del trabajo como fuente de riqueza. En el mundo del Pato Donald, nadie fabrica, cultiva ni produce: todo se reduce a comprar, vender y acumular. Los personajes —Donald, sus sobrinos, el Tío Rico— viven de la circulación del dinero y no del esfuerzo.

Dorfman y Mattelart interpretan esta ausencia como una operación ideológica: la historieta elimina el conflicto entre clases y oculta la explotación del trabajo humano. Al no mostrar la producción, se naturaliza el capitalismo como un sistema de consumo perpetuo.

En el capítulo “El gran paracaidista”, los autores analizan una escena donde Donald cae del cielo para apropiarse de un tesoro encontrado al azar. Ese gesto sintetiza, según ellos, el mito del enriquecimiento sin trabajo: el éxito depende de la suerte, no de la cooperación social. Así, la historieta transforma el dinero en algo mágico, separado de su origen en la producción y el trabajo colectivo.

2. El individualismo y la moral de la competencia

El segundo eje del libro es la exaltación del individuo como único agente posible de éxito. En los cómics de Disney, los personajes actúan por interés personal, guiados por la competencia y la acumulación. No existe la solidaridad de clase ni la acción colectiva.

El Tío Rico encarna esa moral: su obsesión por las monedas y los cofres de oro representa la legitimación del capital como valor supremo. Donald y sus sobrinos participan de esa lógica; cada aventura es una carrera por obtener recompensas, trofeos o tesoros.

Armand Mattelart pensó qué había detrás de los dibujitos. (©Basso Cannarsa/Opale)

Los autores subrayan que los viajes y las búsquedas no promueven la curiosidad científica ni la cooperación, sino el afán de conquista individual. “El oro, el poder y la aventura son el modo de existencia del capitalismo”, escriben. El lector infantil aprende que el éxito se alcanza por ingenio o fortuna personal, no por transformación colectiva.

La competencia reemplaza la solidaridad, y la suerte —no el trabajo— se convierte en el principio que ordena la vida. Esa es, para Dorfman y Mattelart, una pedagogía del individualismo.

3. La relación centro-periferia y el colonialismo cultural

Una de las aportaciones más influyentes del libro es su lectura de los cómics como instrumentos del imperialismo cultural. Cuando los patos viajan a otros países —llamados “Bananalandia”, “Patagonia del Sur” o “Tropicolandia”—, esos territorios representan versiones caricaturizadas del Tercer Mundo.

Los habitantes aparecen como ingenuos, infantiles, supersticiosos. Donald y sus sobrinos llegan desde el “centro” civilizado para enseñarles, comerciar o extraer tesoros. En esa dinámica, las historietas reproducen simbólicamente la relación entre Estados Unidos y América Latina.

El chileno Ariel Dorfman escribió "Para leer al pato donald" con Armand Mattelart y fueron un éxito internacional

Dorfman y Mattelart sostienen que el cómic “exporta una visión del mundo donde los pueblos periféricos sólo existen para proveer materias primas, aventuras o exotismo”. La historieta, en consecuencia, no solo entretiene: funciona como vehículo de un discurso colonial que legitima la dependencia económica y cultural.

El libro describe esta operación como una forma de “colonización del imaginario”, en la que la cultura de masas impone un modelo de civilización y un lenguaje universal que neutraliza la diversidad.

4. Los roles sociales, el género y la familia en el mundo Disney

La cuarta clave del libro analiza cómo las historietas representan las relaciones humanas. En el universo Disney no hay padres ni hijos, sino tíos, sobrinos y primos: una familia sin genealogía, sin nacimiento ni herencia.

Para los autores, esa estructura elimina la historia y la transformación. Al no haber generaciones que se suceden, no hay conflicto ni cambio social. Todos los personajes están congelados en una repetición eterna de roles.

El poder, además, se representa de modo autoritario: los tíos ordenan, los sobrinos obedecen. La autoridad se ejerce sin justificación, como si fuera natural. Esa verticalidad reproduce el orden jerárquico de la sociedad capitalista.

El Pato Donald también puede ser leído políticamente.

En cuanto al género, Dorfman y Mattelart observan que las mujeres —Daisy, Minnie o la abuela Pata— son personajes decorativos. El mundo Disney refuerza la división sexual del trabajo: los hombres buscan tesoros o compiten, las mujeres cuidan, esperan o premian.

El resultado es un modelo social donde la obediencia, la competencia y el consumo se presentan como virtudes naturales. Lo que parece humor y ternura es, para los autores, una pedagogía de la subordinación.

5. La ideología disfrazada de inocencia

La quinta clave es el descubrimiento del mecanismo ideológico que da cohesión a todo el sistema Disney: la naturalización. Para leer al Pato Donald sostiene que el poder de estas historietas radica en su aparente neutralidad.

El lector infantil no percibe que se le transmite una visión del mundo. No hay propaganda explícita ni consignas políticas; precisamente por eso, el mensaje es más eficaz. “Nada escapa a la ideología”, afirman Dorfman y Mattelart.

La diversión, el humor, la ternura, se convierten en vehículos de una moral que justifica la propiedad privada, la desigualdad y la dominación. El capitalismo se vuelve invisible, disfrazado de juego.

Por eso el libro fue leído como una advertencia: mientras el Pato Donald “siga siendo poder y representación colectiva”, decía el prólogo de Héctor Schmucler, “el imperialismo podrá dormir tranquilo”.

Esta clave final resume la tesis del ensayo: el entretenimiento popular no es neutral, sino un instrumento de formación ideológica.

Un clásico

Con el tiempo, Para leer al Pato Donald se transformó en un clásico de los estudios de comunicación y cultura en América Latina. Su tono polémico y su mirada crítica marcaron una generación de investigadores.

La muerte de Armand Mattelart cierra la vida de un intelectual que dedicó su obra a estudiar las estructuras globales de la comunicación. Su colaboración con Ariel Dorfman sigue siendo una advertencia sobre la necesidad de leer los productos culturales con atención política: detrás de cada historia, incluso la más inocente, se juega una visión del mundo.

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