
Brando. Marlon. Dios.
No parece existir trinidad mejor pronunciada cuando se piensa en Marlon Brando, el actor total del siglo XX, el hombre que permitió que la cámara -y el público- lo amasen con demasiada naturalidad, el actor del método, el frágil por siempre rendido al sexo y al amor.
Este 3 de abril se cumple el centenario de su nacimiento en un pueblo de Nebraska, Estados Unidos profundo, hijo de una pareja de actores que sufriría los abusos violentos de un padre que se burlaba de ese niño débil y una madre con una pesada confusión mental que logró que Marlon la tuviera que rescatar, dipsómana y desnuda, de bares de mala muerte en las rutas norteamericanas. El matrimonio duró poco.

Ya en la adolescencia, Marlon había mudado su cuerpo y alma a Nueva York, donde se inscribió en unos talleres de actuación de Elia Kazan en The Actor’s Studio, la legendaria escuela de Lee Strasberg que introduciría el “método” del ruso Konstantin Stanislavski, que se basaba en estimular la memoria emotiva del actor para alcanzar la del personaje asociado a su libreto. Para qué.
Era el método. Brando. Marlon. Dios.
Comenzó una carrera teatral y, gracias a que se enteró de que Tennessee Williams estaba audicionando actores para el papel principal en Un tranvía llamado Deseo, le pidió mostrarse, ganó el rol y el comienzo, nada más, que de la gloria misma. Con el estreno de la versión cinematográfica, acompañado por, sobre todo, Vivien Leigh en esa obra vidriosa, espesa, dramática, espectacular, esas remeras bien pegadas al cuerpo invalorable de Kowalski, su rol; y ese grito de amor borracho por: “Stella!”, no había sino paraíso de la dramaturgia en blanco y negro.

Luego, Nido de ratas, Viva Zapata, On the waterfront, por la que ganó su primer Oscar, Marlon Brando pudo ser certificado con las normas Iram-9000 a la garantía divina.
Ojo: filmaba mucha porquería. Pero entendamos algo. Una característica de los dioses es que sus atributos vienen por default con el ser mismo, ya sea en la interpretación de un hacendado esclavista en Brasil o como un soldado en la Japón de posguerra. Era Dios. Marlon siempre habría de serlo. Incluso cuando hiciera lobby por un papel no tan importante o profundo o disruptivo sino por uno que aportara a su chequera y le permitiera vivir -acá se entiende bien- en su isla privada en Tahiti. ¿Así, quién no?

Pero por sus milagros lo reconoceréis, dice el dicho. Poco convocado para producciones de la intensidad que se le atribuía, ganado peso en ese cuerpo perfecto, se enteró que El Padrino, de Mario Puzo, llegaría a las pantallas. Demandó una audición. Se transformó en Don Vito Corleone y fue leyenda. Ganó el Oscar, pero lo rechazó mediante el envío de una activista de un pueblo originario reprimido en Wounded Tree -represión policial estatal que aún tiene presos tras las rejas por luchar por la lucha de los derechos ancestrales-. Eran los sesenta.
Marcó el fin de los 70 con su incierta pero comprobable, finalmente, interpretación del Coronel Kurtz, en esa obra maestra infernal llamada Apocalypse Now!, de Francis Ford Coppola. Quizás la actuación más corta del cine para transformarlo todo. El dios Marlon Brando llegó a FIlipinas a filmar, se encerró tres días en su trailer, era Kurtz. Comandaba una partida de fuego en las olas de sangre no detenidas de la guerra de Vietnam. The horror, the horror.

Cien años del dios del nacimiento del dios de las artes dramáticas, de la locura, del sexo, de la ausencia del amor.
¿Cómo piensan celebrar con Marlon Brando? Miren una película, vean la magia actuar, sientanse habilitados por el deseo divino de su inmortal figura.
Vean una película.
Háganse un favor.
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