
[Continuación de la columna del viernes pasado, que puedes leer aquí]
La complejidad gráfica de Chris Ware
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Aunque iniciara su camino artístico durante las dos últimas décadas del siglo XX, con la serie autoeditada The Acme Novelty Library, que es la semilla y el invernadero de toda su obra, fue en el año 2000 cuando el ilustrador y guionista, el autor de novela gráfica más importante de nuestra época, publicó su primera obra maestra: Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo (Reservoir Books). En ella sintetizó materiales diversos: la narración secuencial, la ambición literaria de sustrato existencialista, el diseño y la arquitectura gráficos, el laboratorio. Doce años después dio un salto vanguardista con Fabricar historias (Reservoir Books), catorce tebeos de diversos formatos en el interior de una caja: una invitación a reconfigurar la narración y expandir la experiencia de lectura. Es también editor e ilustrador. Sus portadas del New Yorker son siempre virales. Ha hecho incluso un puzzle, Building Stories (que no he sido capaz de completar). Pareciera como si su orfandad, como si el hecho de no haber conocido a su padre hasta que era ya adulto, lo hubiera conducido no sólo por un camino temático, el de la soledad radical, sino también por uno formal: el de la búsqueda del sentido de un conjunto laberíntico, fragmentado en miles de unidades mínimas de interpretación casi imposible.

La arquitectura colaborativa de Francis Kéré
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El estudio Kéré Architecture se ubica a sí mismo en “la intersección entre el pragmatismo y la utopía” y se define como la creación de “arquitectura contemporánea que alimenta la imaginación con una visión afrofuturista”. Fundado en Berlín el año 2005 por Francis Kéré, arquitecto de Burkina Faso nacionalizado alemán, fomenta la participación social para el diseño comprometido de edificios que sean, al mismo tiempo, una fuente de conocimiento. Para entonces ya había iniciado el proyecto de un colegio en Gando construido con materiales locales, como los bloques de tierra comprimida, y no con hormigón como las escuelas anteriores de la zona, que después amplió con nuevas aulas, biblioteca, campo de fútbol, jardín, pozo, alojamientos para docentes, y una segunda sede de educación secundaria, realizada en 2007 con alumnos que se habían formado en la sede original. Ésas y otras obras también africanas han transformado materiales tradicionales para potenciar el bienestar térmico, la sostenibilidad, la ventilación natural y la cooperación y la complicidad de quienes iban a usarlos. No es extraño que, por este tipo de materializaciones del idealismo, Kéré recibiera el año pasado el premio Pritzker, el más importante de la arquitectura.

La música performativa de Arca
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Artista transgénero –en los dos sentidos de la palabra–, la venezolana Alejandra Ghersi Rodríguez fue primero Nuuro y es Arca desde 2012. Su música electrónica y experimental, en diálogo con el hip hop y otros estilos urbanos, ha investigado también en la tradición folklórica de su país. Sobre el escenario usa zancos y se apropia iconoclasta de los códigos de la figura de “diva” y los hackea con estética de videojuegos y anime. Tal vez su álbum más emblemático sea Mutant, de 2015, que dio después nombre a sus giras, desde 2019 hasta ahora. Como Bizarrap, Arca es también productora y DJ. En su constelación de colaboraciones figuran nombres como los de Björk, Laurie Anderson, Rosalía, Lady Gaga o Sia. Como modelo, ha desfilado para Loewe o Calvin Klein y ha sido portada de la edición latinoamericana de Vogue. Desde que abandonó Caracas, ha vivido en Nueva York, Londres y Barcelona, donde reside en la actualidad. Trans, clásica y viral, mutante, relacional y colaborativa, múltiple y nómada: todos los rasgos de su vida, carrera y obra encajan en el retrato robot de una artista paradigmática del siglo XXI.

Las imágenes generadas con inteligencia artificial de Refik Anadol
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La palabra del año para el diccionario Cambridge ha sido “hallucinate”, es decir, la dimensión más alucinada de la inteligencia artificial. Y Machine Hallucinations: Sphere es el título de la obra más reciente del artista turco Refik Anadol, que tal vez no sea el más sofisticado ni conceptual de los que trabajan la relación de las redes neuronales con la imaginación, pero es sin duda el más visible e influyente. Se trata de la proyección que recubre la faraónica esfera arquitectónica que se puede ver en Las Vegas desde el pasado mes de septiembre, parte de una serie de alucinaciones de mentes maquínicas a partir de entrenamiento con grandes datasets de imágenes. Por desgracia, no he estado nunca en Las Vegas, pero he podido ver de ver in situ varias de las propuestas más célebres de Anadol, como la que hechizó este año el hall del MoMA o la que cubrió la fachada de la Casa Batlló de Barcelona; mi favorita, no obstante, es de menor tamaño: la escultura de datos Universe Simulations: The Merging of Milky Way & Andromeda, que creó para la Triennale de Milán. Una reconstrucción fascinante del nacimiento de dos galaxias. En otras palabras: la imaginación científica, física de lo real, en lugar de la recreación surreal de los sueños o las pesadillas de la inteligencia artificial.

La biblioteca cósmica de Kate Paterson
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Hace diez años, en Campo del cielo, la artista británica fundió, derritió y luego forjó un fragmento de meteorito, que devolvió al espacio gracias a la colaboración de la Agencia Espacial Europea. En su último proyecto, Mirage, de este mismo año, ha diseñado una escultura pública gigantesca junto con el estudio de arquitectos Zeller & Moye para el centro de visitantes de Apple Park, compuesta por 400 columnas de cristal hechas con arena de desiertos de todo el mundo, gracias a formas innovadoras de trabajo con vidrio, que crean un recorrido a través de un campo de olivos. La escala expandida de sus propuestas tiene que ver tanto con los vastos equipos humanos que implica en ellas como con la idea de que el planeta entero, el universo todo es su taller o su sala de exposiciones. La escala, no obstante, es tanto espacial como temporal: juega con el pasado y el futuro, con el tiempo profundo. Ha explorado los primeros bosques y la muerte de las estrellas. Y en su obra en marcha Future Library, con sede en la Deichmanske Bibliotek de Oslo, cada año se selecciona a un autor que escribe un texto que no será leído ni editado hasta 2114. Las obras secretas de Margaret Atwood, David Mitchell, Sjón, Elif Shafak, Han Kang, Karl Ove Knausgård, Ocean Vuong, Tsitsi Dangarembga, Judith Schalansky y Valeria Luiselli. Una antología posible de la literatura internacional más consciente de las heridas y los desafíos de la actualidad.

Tomás Saraceno, Neri Oxman, Véréna Paravel y Lucien Castaing-Taylor, Forensic Architecture, Israel Galván y Rocío Molina y El Niño de Elche, Chris Ware, Arca, Francis Kéré, Refik Anadol, Kate Paterson. Más allá de sus singularidades, ¿qué tienen en común estos diez proyectos tan significativos?
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Para empezar, han sido pensados y realizados por personas que se formaron en el último tramo del siglo XX y consolidaron sus poéticas en el XXI. Para ello combinan unas prácticas y unas estrategias de pensamiento y creación analógicas, clásicas, con las herramientas y las formas de producción y circulación digitales, virales, altamente complejas. En estos momentos el bailaor Galván hace el papel de Tiresias en Infamous Offspring, de Wim Vandekeybus, proyectado durante todo el espectáculo en una pantalla.
Las vanguardias artísticas del siglo XXI se piensan a sí mismas como investigación en equipo, casi siempre el diálogo entre artistas y profesionales de disciplinas afines, como otros lenguajes artísticos, el diseño gráfico o la inteligencia artificial, a menudo con asesores tecnológicos y científicos. Son colaborativas, transversales, transfronterizas, fluidas. Incluso las artesanías antiguas, como el flamenco o el dibujo, dialogan con el diseño y la arquitectura en clave contemporánea.
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Su escenario o su ámbito de ejecución o de exhibición trasciende los habituales: el cómic se derrama del objeto libro en la caja o el juego; la recepción de la danza o la música se vuelve global a través de Netflix o Spotify; se erigen macroestructuras hechas con pantallas y otros materiales; el artista radicante siente que puede trabajar a escala global; y la obra, incluso, llega a representar el universo o a ser enviada a bordo de una sonda o un satélite al espacio exterior.

Pero no sólo desbordan los límites espaciales de la tradición, hacen lo mismo con los temporales. Sus arqueologías atraviesan en clave forense los estratos del siglo XX y van más atrás, rebobinando la historia occidental y del sur global, en busca de conceptos, tecnologías, sabidurías antiguas o incluso ancestrales, o hundiéndose en las eras geológicas y el tiempo profundo. Pero también se interesan, mediante estrategias de la ficción especulativa y el diseño de futuros, en el horizonte del Antropoceno, por las formas posibles del porvenir (como el afrofuturismo).
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Los materiales más antiguos –como la tiza o la cuerda, en el caso de Galván o Molina, como la arena o el fango en el de Kate Paterson o Francis Kéré– dialogan, a menudo en el marco de una misma propuesta, con materiales nuevos, sintéticos, bioinspirados, impresos en 3D. Pero nunca se trata sólo de proyectos físicos. Son también teóricos y autoconscientes. Se mueven entre el teatro o el museo y el centro de investigación y la academia. Entre sus materiales intelectuales están la artesanía extrema, la ecología, la memoria, la ciencia ficción.
Por eso no es extraño ver en los catálogos y en los volúmenes que se publican en la órbita de esos proyectos las firmas del neurobotánico Stefano Mancuso, la tecnóloga Katie Crawford, el escritor Ted Chiang, los filósofos Bruno Latour, Donna Haraway, Emanuele Coccia o Yuk Hui. Con sus libros y sus intervenciones han creado el marco conceptual en el que se insertan las nuevas narrativas y las nuevas artes, en las que dialogan con crítica, inteligencia, asombro y belleza lo humano y lo no humano, lo material y lo espiritual, lo ultralocal y lo cósmico, lo muy antiguo y una biblioteca de futuros por desvelar.
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