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Siempre somos Fito, la voz de una generación

La biopic sobre la vida del músico argentino despertó una añoranza y una profunda identificación de todos aquellos que crecimos junto al artista

Fito Páez

Siempre me intrigó cómo sería verse actuando. Por ejemplo, qué loco debe ser para Al Pacino estar sentado en una butaca, con un paquete extra grande de pochoclo en la mano y ver cómo Michael Corleone se transforma en el nuevo capo de la mafia. Es él, pero no. Son sus manos y su voz las que ordenan muertes por doquier, pero no… Y ahora que, de un día para otro, yo también soy actor y encima de la serie más vista en la plataforma más famosa, sigo sin respuestas que expliquen semejante magia. Es que no sé si les había contado que actúo en la serie de Fito. Y no soy uno más, de ninguna manera. Tengo mis momentos estelares, en varias escenas.

Por ejemplo, soy ese morocho de rulos revolucionarios, campera de jean y pantalones anchos, que asoma la cabeza en una esquina de la tribuna alta del Luna Park. Todavía recuerdo bien el día del rodaje, allá en 1985, los años de Alfonsín. Qué envidia hermosa me dio Fito. Sus dedos volaban por ese Yamaha DX7 igual al que quería yo. Cantaba unas poesías elevadas, con músicas hermosas, y yo me preguntaba cómo carajo podía tocar y pensar así un pibe que apenas me llevaba cinco años.

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Como anduve bien en esa escena, me llamaron para una en la que se cuenta parte de la relación con Fabi. Ella, hermosa como siempre, canta con Los Twist y Fito no le da bola, ensimismado en un walkman al que luego llenará de canciones al costado del camino. Es cierto que en esta parte se me ve menos, el plano es más cerrado, pero fui clave, porque como me encantaban Los Twist y los seguía desde que tocaban en las kermesse de la Ciudad Deportiva de la Boca, aporté datos para la ambientación. Les cuento un secreto: la idea de decorar el escenario con guirnaldas de lamparitas de 220W fue mía.

Fito Paez y Fabi Cantilo

En la parte de La La La también salgo. Estoy con un amigo, Sebastián. Platea, cuarta fila, una ubicación que ni sé cómo pagamos. La grabación es más caótica, no se termina de entender bien por qué si es un show de los dos, Spinetta estrena un disco suyo. Pero claro, están juntos y son bellos. Es muy lindo cuando el Flaco lo abraza, casi como un padre. Muchos de los que están en esa escena no saben que Fito se siente tan mal, tan triste, pero yo sí, porque siempre tuve una percepción particular de la desgracia ajena. Será por eso que me salió tan bien mi personaje de espectador en asiento de privilegio, escuchando Instantáneas de la calle por primera vez, sin saber que algún día esa canción me iba a hacer llorar como un nene.

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Además, como de chico me parecía a Fito, mi papá se llamaba Rodolfo y también se parecía bastante al papá de Fito, la producción recurrió a mí para varias de las escenas de su infancia. Hay una que es la que mejor me salió: cuando el nene le pide poner un disco de Sui Generis y el padre se niega. Creo que quedó lograda, porque me transporté a las tardecitas en las que le pedía a Rodolfo poner Pescado Rabioso en el Winco y me miraba torcido, agarrado como un fanático a sus Troilos y Polacos.

(Chule Valerga)

No quiero aburrirlos con el recuento, porque la verdad es que estoy en toda la serie. Estoy en Morocco, en el Gran Rex y en Vélez. Estoy en Pippo, en Rosario y en Obras. Hasta en Río y en Punta del Este estoy. Soy el Fito de Fabi, el de Cecilia, el que le sigue y la serie ya no cuenta. Como él, junté mis Margaritas en manteles. Como él, extraño los años de mis tías y abuelas. Como él tuve terrores y, cómo él, los conjuré con algo de arte.

Está bien, me descubrieron. Obvio que no actúo, obvio que dejo de escribir para dar amor. Pero hay algo que sí es cierto: en esa historia tan linda, tan dulce y tan tremenda, todo el puto tiempo estoy yo. En cada canción, en cada trago de whisky, cada pastilla, cada beso, cada lágrima y cada risa. Porque siempre soy yo, siempre sos vos, y porque siempre hay amor después del amor.

Les quiero mucho.

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