
Venezuela fue mi casa y seguirá siéndolo. Pero ya que la felicidad se me aparece como una serie de instantáneas desordenadas, quizás lo mejor hoy sea rememorar así, con una miscelánea que alegra y duele casi en igual medida.
Venezuela es tequeños y Polar. Y también hallacas, aunque nunca me gustaron.
Es un helado Corneto por 1000 bolos. Es Isla Margarita e Isla de Coche y un collar que me regaló un puestero. Es conocer Canaima y el Salto del Ángel. Es andar por los rápidos en una curiara que casi se da vuelta. Es la serpiente rabo amarillo que llevaba un hombre entre sus brazos y mi risa nerviosa y la de papá cuando pasó por delante de nosotros.
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Es la tragedia de Vargas y el día en que tuvimos que viajar a Buenos Aires en un avión de la Fuerza Aérea. Es Molly, la perrita caniche que papá me regaló para mis 14, asustada en los brazos de mi mamá.
Es el llamado que no escuché. Es la voz del otro lado que contaba que el nonno se había muerto. Es mi papá llorando por primera vez.
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Es Juan Pablo que se volvía a la Argentina para empezar la universidad. Es Juan Miguel que hacía lo mismo poco tiempo después.
Es el día en que saqué los pósteres de las Spice Girls.
Es Indra. Un ángel de pasos imperceptibles y sonrisa perfecta.
Es su piel morena radiante mientras el sol se colaba temprano por la ventana de la cocina. Son sus complicidades con mamá mientras preparaban un jugo de patilla y las loncheras para el colegio. Es su Guyana natal que algún día me prometí conocer.
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Es Andrea, mi amiga venezolana, que le pedía por las tardes el Hyundai rojo a su mamá y me llevaba por las calles prohibidas mientras escuchábamos a todo volumen Caramelos de Cianuro y La Cripta.
Es música llanera, cuatro, arpa y joropo.
Son las rumbas más divertidas del mundo. Es Calle Ciega, el Taki Taki y Gilberto Santa Rosa. Es bailar apretaíto. Es fiesta de piscina. Es mi primer beso y las ganas de un segundo.
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Es hacerme señorita en un viaje de la escuela.
Es la peluquería de Teresa y el cepillado con las puntas para arriba, como Farrah Fawcett. Es el sueño oculto de ser Miss Venezuela.
Es entender el verdadero significado de ahorita. Es tomarle el gusto a que un completo extraño te llamara mi reina, mi amor.
Es un hombre y un arma dentro de mi casa, vigilando por las noches el enorme y pesado portón de la entrada. Es la tarde en que sacaron la puerta del patio de atrás y la cara aterrada de mamá.
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Son los viajes eternos de mi viejo a Caracas, Houston, Maracaibo.
Son las noches solitarias de dos mujeres en una casa demasiado grande.
Es protagonizar Macbeth en el colegio y organizar la fiesta de graduación. Es mi tiara de princesa en la fiesta que soñé. Es el anuario de la escuela y las clases de Literatura con Miss Aranha, una canadiense descendiente de pakistaníes que nos hizo leer Matar un ruiseñor, y me cambió la cabeza.
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Es el piso de colores del aeropuerto de Maiquetía.
Son las lagartijas rosadas moviéndose entre las paredes y el día en que les perdí el miedo. Es Boris, que dejaba que Molly durmiera sobre su inmenso lomo mientras veíamos la tele.
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Son las tardes en que irrumpían las cadenas nacionales de Hugo Chávez Frías (así, con su nombre completo). Es el día en que mi madre se quedó sin palabras por primera vez. Es lo que vendría solo pocos años después.
Es: “Nos mudamos de nuevo”.
Es irnos y llorar de tristeza en el pequeño Beachcraft desvencijado.
Es Indra enterrando el delantal que mi mamá le había regalado.
Es el cuadro del Sagrado Corazón y el reloj dorado que me había traído de uno de sus viajes a Guyana. Es el “good morning, Carolina” que nunca volví a escuchar. Es su muerte insoportable, es preguntarme cómo estará hoy su hija Bimi.
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Venezuela es el país al que llegué niña y extranjera, y del que me fui un poco mujer y un poco paisana. Es bailar sola para recordarla y extrañarla. Es hacerlo ahora, aunque ni ella ni yo somos las mismas.
Es todo lo que fue y lo que fui. Cuando éramos felices... y no lo sabíamos.

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