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“La novia de Sandro”: la poesía de Camila Sosa Villada

Acaba de publicarse el nuevo libro de la celebrada autora de “Las malas”, reedición de un poemario que había sido publicado cinco años atrás, con versos intensos que atraviesan la magia y los “misterios del amor travesti”, como señala en la contratapa Dolores Reyes. Infobae anticipa dos de los poemas

Llevé a mi hija de sesenta años a su primera Marcha del Orgullo Gay, el día más caluroso del año. Mi hija, que antes fue mi madre, que antes fue huérfana y luego la esposa de un hombre que no la trataba bien. Nomás al llegar peló lágrimas de ámbar. Había estado maceran- do ese llanto desde hacía mucho tiempo, desde el día que supo que su hijo no volvería y que ahora, hasta que la vida fuera vida, sería madre de una travesti.

Nos recibían barricadas de maricas empurpurinadas que embellecían a mi hija, ya adulta, ya capaz de andar entre la fauna gay más valiente del mundo. Los maricas latinoamericanos, las lesbianas sudacas, las transexuales hijas dilectas de Juana Azurduy y Frida Kahlo, los chicos trans, viriles y hermosos, con sus preguntas a cuestas, su traer otros modos de ser hombres a este mundo deshecho. Banderas de siete colores, pero también pañuelos y maquillajes y vestidos y pelucas de siete colores.

Mi hija de sesenta años veía por primera vez el corazón del prisma y lloraba.

También bebía cerveza y se saludaba con todos mis amigos. A mí me preocupaba un poco que fuera a cansarse, pero sabía que todo iba a salir bien.

Casi llegando al escenario nos encontramos con una niña travesti de apenas ocho años. Su mamá quiso sacarse una foto con nosotras y mientras posábamos, mi hija adulta que había bebido cerveza con el permiso de su madre, hablaba con ella con una desesperación que pocas veces vi en sus ojos. La niña travesti nos miraba con una sabiduría antigua, sin interesarse por los gestos filosos que mi madre dibujaba en el aire. Durante toda la Marcha del Orgullo Gay de ese año, miré atentamente a mi madre observando a esa niña, que bien podría haber sido yo, si ella y mi papá hubieran sido infieles a esta cultura de la devastación.

Al volver ya cansadas a casa, mi mamá habló como si hubiera conocido a su heroína de juventud, a su actriz preferida, a su cantante más amada. Iba como en un sueño pensando en la niña travesti que le había paralizado el tiempo. Y de pronto, cayó. No vio un cantero, tropezó y cayó con todo su cuerpo de mujer de sesenta años. Me asusté muchísimo. Como cuando el hombre que no la trataba bien, la golpeaba. Ese miedo viejo se abrió paso al verla derrumbada en el piso. Mi pequeña hija mayor, a punto de jubilarse, mi herida fundamental.

La ayudé a levantarse mientras la gente se acercaba para socorrerla, pero nos bastó estar juntas en esa caída. Nos sentamos en un banco de cemento. La abracé sintiendo que mi pequeña hija, a quien le robaron la bondad y la universidad y las vacaciones, estaba rompiendo su semilla con un brote moreno. Sería un árbol alguna vez. Su cuerpo era blando, enorme para mis brazos, estaba oprimido debajo del dolor inesperado. De repente, en mi hombro, comenzó a llorar, en silencio. Sus lágrimas mojaban mi vestido y ella lloraba como la había visto llorar tantas veces en su juventud, por todas las putas cosas que salieron mal en su vida. No sabía qué decir, así que la dejé hacer sus lágrimas de verdad, no las que lloró al comienzo de la Marcha. Estas, por las cuales no pregunté y no quise saber.

Era su nacimiento y todo el orgullo gay del mundo la había traído a la vida y la había hecho respirar.

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Helsinki

Hay que agradecer al hombre que tuvo la idea de poner un banco frente al mar.

Y al obrero que lo ancló al cemento de la vereda y tal vez suspiró al terminar su trabajo

y miró el paisaje que ahora contemplo: el mar Báltico y los barcos que lo cruzan.

Y el templo que hicieron esas manos a las cuales rendirles honor.

Las manos que tomaron las herramientas, cavaron en la tierra, sembraron los árboles, y recogen las hojas cuando comienza el frío,

sin quemarlas jamás, las dejan volver a la tierra.

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