
El antiguo debate acerca de si es posible enjuiciar la historia del arte a la luz de la sensibilidad contemporánea resurgió luego de que una plataforma de streaming retirase de catálogo el film Lo que el viento se llevó por su visión racista y esclavista, lo que divide opiniones entre especialistas, que lo han tildado como desde un gesto simbólico pleno de sentido hasta una nueva inquisición, pasando por una eficaz estrategia de marketing.
El debate generó posturas disímiles luego de que HBO cancelara la película de 1939 protagonizada por Vivien Leigh y Clark Gable, como respuesta a un artículo del guionista John Ridley, quien señalaba que el filme omite “los horrores de la esclavitud” y “perpetúa los más dolorosos estereotipos de la gente de color”.
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Pero no es posible comprender el pedido de Ridley sin su contexto: fue en el marco de la consigna Black Lives Matter, un grito de lucha que surgió tras el brutal asesinato de George Floyd en manos de la violencia policial, lo que desencadenó multitudinarias manifestaciones contra el racismo endémico de Estados Unidos, y que incluyó el derribamiento de estatuas erigidas en honor de figuras esclavistas o colonialistas, que HBO tomó la decisión.

“Me parece un gesto simbólico pleno de sentido, muy interesante e importante. Las obras de arte no son ‘correctas’ o ‘incorrectas’. Son creaciones humanas densas de significados que se proyectan más allá de su contexto original, más allá de las ideologías que acompañaron su creación”, dice Laura Malosetti Costa, académica de la UNSAM e investigadora del Conicet.
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“En medio de la indignación planetaria por los abusos y el odio contra la población afrodescendiente me parece genial que una plataforma diga ‘la bajo para que, la próxima vez que la veas, la mires con otros ojos’. Todo el mundo está hablando de esta maravillosa película y la buscarán o piratearán, y ojalá muchos jóvenes la miren por primera vez preguntándose por qué la bajaron, y entenderán mejor su posición actual respecto de la del siglo XIX y XX”, agrega la curadora.
Un tanto más escéptico, el escritor, ensayista y curador Rafael Cippolini dispara: “No les creo nada. Es una medida financiera: un cálculo sobre la reacción de una probable opinión pública sensible. Desde el siglo XVIII la estrella de eso que suele llamarse sistema del arte es el espectador y cualquier acto de censura sería subestimarlo. La antítesis de un espectador es un troll”, sostiene.
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Las opiniones, a priori, opuestas, han redundado de algún modo en el mismo resultado: una eficaz estrategia de marketing que convirtió a Gone with the Wind, en los últimos días, en la película número 1 en alquiler y ventas en Amazon, y la quinta más vista en Appel iTunes.
Según Cippolini, “censurar en todos los casos es la acción desesperada de un status quo que deplora el conocimiento. Si no es violencia lisa y llana es menosprecio masivo”.
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Es “una nueva inquisición”, exclama Américo Castilla -director de la Fundación TyPA y ex secretario de Patrimonio Cultural- que no sólo “crea una visión uniforme de la existencia, sin evidencias de su pasado” sino que además “impide hacerse cargo de la complejidad de los temas en cuestión. Es la pereza de asumir el riesgo de pensar, la cobardía de dialogar y en cambio sumarse al tumulto”, recalca.
En esa misma línea, la docente, ensayista y crítica de arte Elena Oliveras opina que “censurar el film realizado en 1939 no va a cambiar la historia. En todo caso contribuiría a olvidarla, fingiendo que la segregación nunca existió. ¿Se trata de una obra racista? Sí, lo es. Pero tenemos que entender su contexto histórico”.
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Para la crítica y curadora Eva Grinstein “es un disparate” quitar de catálogo “una obra maestra del cine histórico y, como tal, una herramienta valiosísima para entender mejor una época y sus vicisitudes, incluyendo el aspecto del racismo. Retacear al público masivo la posibilidad de informarse y construir una opinión de aquella época es de una necedad total”.
Según la historiadora y curadora Andrea Giunta, “retirar la película es innecesario. Lo necesario son instrumentos para deconstruir la forma en la que muchas obras, filmes, libros, naturalizan el racismo, que está imbricado con las prácticas de la vida cotidiana”.
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Para Giunta, autora de Feminismo y arte latinoamericano, la censura de obras no promueve un verdadero cambio en la conciencia en las personas, “sin embargo, hay esculturas públicas que promueven el racismo y la colonización. Se erigen a ‘héroes’ que llevaron adelante genocidios y nadie debe ser obligado a verlas. Mi posición es que deben retirarse de la vida pública y colocarse en un espacio de acceso voluntario”.

Giunta fue la curadora en 2004 de la controversial exposición de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta, artista reconocido por sus permanentes críticas a la iglesia: “En aquella retrospectiva de Ferrari advertimos desde un principio al público que algunas obras podían herir su sensibilidad. Quién entraba lo hacía por su voluntad. Por eso la misma justicia que cerró la exposición tuvo que volver a abrirla”.
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Desde el punto de vista de Castilla, “el derrumbe de las estatuas que glorifican a los mercaderes de esclavos en Gran Bretaña, a los colonizadores españoles en Estados Unidos y a Cristóbal Colón en muchos lugares del mundo, pone en conflicto la opción entre el criterio de destrucción talibán de una obra y el supuesto predominio del valor simbólico que esa estatua habría tenido al momento de su construcción, que difícilmente sea el mismo pasado un tiempo”.
Y prosigue: “La reacción grupal como forma de protesta frente a un enemigo dominante puede tener buenas razones. Las acciones masivas recientes contra el racismo pueden forzar cambios e influir en los criterios judiciales, como el de la decisión publicada de la Corte Suprema de Justicia en Estados Unidos, que detuvo la restricción para los jóvenes inmigrantes”, destaca Castilla.
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Inevitablemente, el debate que abarca películas, monumentos y a cualquier creación artística, se dirime además entre el hecho de que pueda herir sensibilidades o el recordatorio resignificado de una historia que no se desea repetir.
“Debemos distinguir la censura de las manifestaciones que visibilizan el racismo larvado de nuestras sociedades -advierte Malosetti Costa-. Sería distinto prohibir una película o quemar todas las copias”.
Y ejemplifica: “El monumento a Julio Roca en el microcentro ha sido pintado, se reclamó se quite del espacio público, se juntaron firmas, le han pegado carteles. Eso no es censura desde lo ‘políticamente correcto’ sino tomar el monumento como plataforma para activar nuevas maneras de pensar y sentir respecto de la masacre de las poblaciones originarias. Y el monumento sigue ahí pero resignificado”.
Fuente: Télam
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