Por Patricia Kolesnicov*

¡Pero cómo Mafalda no va a hablar de las mujeres!

¿Cómo no va a ver que ella no puede ser presidente (y Manolito sí), que su mamá no tiene vida -el famoso "qué te gustaría ser si vivieras"- porque trabajo y casa son una misma cosa, que el futuro que se ve a través del rulero empieza en el amor romántico y termina en la cocina?

¿Cómo no va a verlo si, en fin, es una chica de los 60 y a su alrededor hay Beatles y hay Vietnam y de repente lo que "se lleva" es la metralleta?

Mafalda -esa nena dibujada que debe su nombre a un personaje de David Viñas, es decir, tiene un origen de izquierda e intelectual- es hija y exponente de la clase media argentina en su apogeo: visto desde hoy, ese tiempo pasado y mejor. En su ensayo Mafalda, historia social y política, la historiadora Isabella Cosse -citando a Gino Germani- cuenta que ese sector social representaba el 39,5% de la población. "A comienzos de los años 60 llegaban a su edad adulta los jóvenes que habían protagonizado la expansión de la matrícula secundaria durante la década peronista, en un proceso que continuó en los años siguientes con el crecimiento de los estudios superiores y universitarios", señala. El terreno estaba listo para que Mafalda fuera por más. Y, también, para que le resultara natural pensarse universitaria y, por tanto, cuestionar a su madre por haber dejado "la carrera" y vivir plumero en mano (o detrás de la aspiradora, qué más da, Quino destruye de paso la idea de la liberación a través de los electrodomésticos).

Si una familia constituida había sido una de las patas del ascenso social -lo respetable-, la generación bien comida de los 60 la desafió y así, dice la historiadora, abrió "poderosas contiendas sobre los valores de la clase media (…) que explícitamente conectaron lo familiar y lo político".

Éste es quizás el aspecto más explícitamente feminista de Mafalda: lo familiar -lo personal- es político. Vieja y poderosa consigna, que no arranca en esta década ni en estas pampas. "Independientemente de todas las leyes que emancipan a la mujer, ésta continúa siendo una esclava, porque el trabajo doméstico oprime, estrangula, degrada y la reduce a la cocina y al cuidado de los hijos, y ella desperdicia su fuerza en trabajos improductivos e intrascendentes que agotan sus nervios y la idiotizan" sostenía Lenin en 1919. El paisaje es las transformación de la sociedad y Quino lo sabe. A Mafalda le preocupa su madre, la cabeza de su madre, y se proyecta contra ese modelo, pero también le preocupa -sobre todo- el mundo entero: el futuro era algo personal, por eso Mafalda se propone arreglarlo traduciendo "bien" en las Naciones Unidas.

Delicadamente, un Quino muy agudo hace un recorrido del machismo en sus personajes; lo encuentra en Miguelito, que le grita a Mafalda "Sos igual que todas", cuando se entera de que ella tiene otros amigos; lo señala en Felipe, que se enoja y "¡Bueno basta! Estas cosas de mecánica no me gusta discutirlas con mujeres", lo parodia en el vendedor que pregunta por "el jefe de familia" y lo marca casi con ternura cuando al papá se le van los ojos en la playa pero tapa a su mujer apenas advierte que otros la miran. Era fácil el machismo en Susanita; Quino es sutil y extiende su mirada hasta la propia Mafalda, que reproduce la idea de que, como las mujeres hablan mucho, una presidenta no podría guardar un secreto de Estado.

Y permítaseme un rescate de la pequeñita que sólo desea el viejo orden familiar: cuando se le ocurre que debe tener hijos -su gran aspiración- "para perpetuar la especie", Susanita reacciona: "Yo quiero ser madre, no una fábrica de repuestos". Hay ahí un camino al propio deseo.

Es que no hay estatuas en las páginas de Mafalda, los personajes tienen matices y se van construyendo. Mafalda, la rebelde, no sale de un repollo: es hija de ese relativo bienestar pero también de esa madre que es consciente de que su vida no es buena -al revés de Susanita, que plantea ese modelo como ideal- y de ese padre blando que puede detenerse a cuidar las plantas y ser cómplice de sus hijos.

La madre de Quino, Antonia Tejón, murió cuando su hijo tenía 13 años pero antes lo dejó dibujar sobre la mesa. No es poco: aceptó, impulsó, la creatividad y la capacidad de expresión del chico por sobre la prolijidad del hogar. Los padres de Mafalda la dejan hablar, la escuchan, le discuten, la toman en serio por chica que sea. Primera Plana, la revista donde se publicaba, cuenta Cosse, "abordaba las supuestas tendencias de la clase media: el psicoanálisis, los nuevos medios de crianza, las brechas generacionales, el papel de la televisión, la redefinición de la autoridad dentro de la familia". Hacía espejo con sus lectores, que se veían en medio de cambios irreversibles en las relaciones familiares. Por eso cuando Raquel, la mamá, grita "soy tu madre", Mafalda no arruga: "Soy tu hija", dice, en el mismo tono. Y corroe la jerarquía.

¿Feminista? No importa. Parado en tiempos de cambio social, Quino tiene la inteligencia de ver el lugar de las mujeres, el de los varones, el de la familia. Como todos los grandes, predice no por adivino sino porque lee con precisión el mundo que lo rodea. Y ahora, el futuro llegó.

*Periodista y escritora, autora del prólogo de Femenino singular

 

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