Eran las 3:57 de la tarde de un lunes que parecía no tener prisa. Juan Antonio “Johnny” Hall Arquín, un notificador judicial cuya ética era tan sólida como su carácter, se encontraba en el corazón de Puerto Limón.
Hoy, al cumplirse 35 años de la mayor tragedia sísmica del Caribe costarricense, su nombre resuena no solo por la fatalidad, sino por un acto de valor que lo convirtió en la víctima más recordada del fatídico Hotel Internacional. Esta es la historia del hombre que pudo salvarse, pero eligió ser héroe.
Aquel 22 de abril de 1991, el calor en el Puerto era denso. Johnny Hall cumplía con sus labores diarias cuando la tierra, desde las profundidades de Baja Talamanca, decidió liberar una energía equivalente a miles de bombas atómicas. La magnitud 7.7 convirtió el asfalto en una alfombra sacudida por manos invisibles.
En el centro de la ciudad, el Hotel Internacional, un gigante de concreto de tres pisos, comenzó a crujir de forma visceral. Según los testimonios que han sobrevivido al paso de las décadas, Johnny Hall logró lo que muchos no pudieron: salir del edificio apenas comenzó la sacudida. Estaba a salvo. Estaba en la calle, viendo cómo los postes de luz bailaban un vals macabro y cómo el polvo nublaba la vista.
Pero Johnny no era un hombre de los que se quedan mirando. Mientras la estructura se retorcía, un grito de auxilio surgió desde las entrañas del hotel. Alguien estaba atrapado. Sin dudarlo, desafiando el instinto de supervivencia que mantenía a todos alejados del peligro, Johnny dio media vuelta y corrió de regreso al edificio. Fue en ese instante de entrega absoluta cuando la estructura terminó de ceder, colapsando en un efecto “sándwich” que sepultó sus sueños y su vida bajo toneladas de cemento.
El mar que calló para observar
Mientras el polvo de los edificios caídos nublaba la vista y el nombre de Johnny se perdía entre los gritos de socorro, ocurrió lo impensable en la costa. Quienes lograron llegar a Moín presenciaron cómo el mar se retiraba. Los arrecifes de coral quedaron expuestos al sol, blancos y agonizantes. La tierra no solo tembló; se elevó un metro y medio.
Ese día, Costa Rica vivió su único tsunami con víctimas mortales documentado. Olas de hasta tres metros golpearon la zona baja, arrastrando los restos de lo que el sismo ya había golpeado. El paisaje cambió para siempre. El Caribe, que siempre había sido una melodía constante de olas chocando contra el muelle, se quedó en silencio, como si guardara un luto anticipado por los 48 fallecidos que dejaría la jornada.
Al caer la noche, Limón era una isla de oscuridad y desesperación. Las carreteras estaban cortadas, el puente sobre el río Vizcaya se había desplomado y la provincia estaba incomunicada. En el sitio donde antes se erigía el Hotel Internacional, grupos de vecinos y socorristas trabajaban frenéticamente con las manos.
La recuperación del cuerpo de Hall fue uno de los momentos más desgarradores. No era solo la pérdida de un notificador judicial respetado; era la pérdida de un hombre que había tenido la vida en sus manos y la entregó por otro. Su sacrificio se convirtió en el símbolo de la tragedia del 91. Él personifica a ese Limón que, ante la adversidad más extrema, no piensa en sí mismo, sino en quién tiene al lado.
35 años después
A tres décadas y media de la catástrofe, Limón ha demostrado una resiliencia inquebrantable. Hoy, 22 de abril de 2026, la provincia camina sobre una tierra que se elevó permanentemente, recordándonos que somos huéspedes de una naturaleza poderosa.
Hoy, cuando el sol se ponga sobre el Caribe, muchos recordarán que hubo un día en que el mar se olvidó de cantar, pero Limón nunca se olvidó de sus héroes. El rostro de la provincia cambió, pero el alma de hombres como Johnny Hall permanece grabada en el cimiento más profundo de Costa Rica.