Urely Almario Gómez, la estilista de 37 años a la que su expareja Sebastián Ramírez Arrubla le amputó las dos manos con un machete el 10 de junio de 2026 en Acevedo (Huila), permanece hospitalizada mientras él sigue en prisión por tentativa de feminicidio agravado tras una relación marcada por las amenazas, control y violencia que ella nunca denunció por miedo.
Varios días después del ataque, la mujer dijo al diario local La Nación que se recupera de los cuatro machetazos que recibió en la cabeza y también fue lesionada en la espalda durante la agresión, aunque perdió sus dos manos.
La víctima relató al diario desde una habitación del hospital de Pitalito que convivió seis meses con Ramírez Arrubla y que las señales de agresión aparecieron desde el inicio en la casa donde vivían: “Era muy celoso, muy agresivo, muy posesivo… me golpeó en esos días y me decía que si yo lo dejaba él me iba a matar”.
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También recordó conductas que la alarmaban: “Le gustaba mucho rezarle a la muerte, hacía un altar para la muerte, hacía cosas raras, incluso en esos días le dije que no me gustaba porque soy católica”.
Antes de conocer a Sebastián Ramírez Arrubla, Urely había tenido un salón de belleza en Timaná. Después de mudarse a Acevedo junto a su entonces esposo, Brayan Estiven Rojas, ambos instalaron un pequeño puesto de venta de chicharrón.
Tras separarse, siguió trabajando en lo que encontraba: restaurantes, panaderías y sobre todo en peluquerías. En ese período comenzó a salir con Ramírez Arrubla y luego se fueron a vivir juntos. En la entrevista con La Nación, la mujer describió una rutina de vigilancia, insultos y control: “Yo me iba a hacer domicilios y cuando llegaba ya me estaba insultando y diciéndome malas palabras. No le avisé a las autoridades”.
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Horas antes del ataque, el sujeto afiló el machete y lanzó una advertencia en contra de la víctima.
“El día antes de agredirme, yo me estaba alistando para hacer un domicilio, él afiló el machete y dijo, ‘hoy yo amanecí con ganas de matar a alguien’, me dio susto, me fui a una residencia y me quedé esa noche a dormir en la residencia”, aseguró la mujer.
Al día siguiente regresó a la casa. Según su relato, él aparentó calma, la abrazó, lloró y le preguntó si pensaba abandonarlo, pero ella ya había decidido vivir sola y recuperar la tranquilidad, por lo que le pidió irse.
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En ese momento, la agresión comenzó: “Yo le dije que me hiciera el favor y que se fuera, que yo no quería problemas, que si no se iba, iba a decir a la Policía. Yo iba a salir hacia la puerta, cuando me mandó un machetazo en mi cabeza por detrás y me tiraba los machetazos al cuello, a la cara”.
Urely perdió las manos al cubrirse el rostro
Urely logró salir a la calle mientras, según contó, él la perseguía para seguir atacándola. “Me salí, seguí corriendo por la calle a pedir ayuda, botando sangre por la boca, por los oídos, por la cabeza”. Cuando cayó al suelo, intentó protegerse la cara con las manos y fue allí cuando se las cortó.
Después de amputarle las manos, el agresor le cortó el cabello y envolvió con él los miembros cercenados. “Mire, maldita puta, usted va a quedar fea, ya nadie la va a querer, ya va a quedar sin sus manos, sin su cabello. Usted me despreció a mí, ninguna mujer me desprecia”, dijo la mujer en su relato.
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Urely afirmó que, mientras oraba en el suelo, él se burlaba: “Ningún Dios va a venir a defenderla”. Aun así, consiguió levantarse y correr unas seis cuadras hasta encontrar ayuda.
Un hombre que se encontró en el camino le amarró en los brazos el buzo que llevaba puesto. Después, un joven en motocicleta la trasladó al hospital: “Me le metí ahí adelante de la moto, le decía, muchacho, no me dejes morir, lléveme al hospital, el muchacho con otro me subieron en la moto, me auxiliaron hasta el hospital”.
Según su relato, las manos fueron lanzadas a un potrero: “Las manitos las envolvió en el cabello que me cortó y las botó para un pasto. Cuando fueron a recoger las manitos ya no se podían salvar porque estaban infectadas”.
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La víctima pidió a las mujeres denunciar la violencia desde la primera amenaza
En medio de la recuperación, Brayan Estiven Rojas, su esposo, volvió para asistirla en el hospital y la ha acompañado en este doloroso proceso ocasionado por un exnovio. Su mayor anhelo, contó, es recuperar autonomía con prótesis que le permitan volver a realizar sus tareas: “Necesito mis prótesis para poder otra vez volver a tener mis manitos y poder hacer algo, defenderme”.
La mujer también dejó un mensaje dirigido a otras víctimas de violencia: “Gracias a Dios estoy aquí contando la historia y dando ejemplo para que no vuelvan a confiar en nadie, a meter una persona desconocida en la casa. Cuando miren un peligro avisar a las autoridades, porque yo no lo hice por miedo, por temor”.