Un operativo de gran escala permitió desmantelar ocho unidades de producción minera que operaban a cielo abierto y que, según las autoridades, no solo estaban causando un daño profundo a los ecosistemas locales, sino que además servían como fuente de financiación para estructuras criminales con presencia en la región.
La intervención se llevó a cabo tras varios meses de seguimiento e inteligencia, y contó con el apoyo de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, que facilitó el acceso a áreas de difícil ingreso.
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El despliegue permitió ubicar campamentos, frentes de explotación y maquinaria pesada utilizada para extraer materiales de manera ilegal, en zonas donde la actividad minera está prohibida o carece de cualquier tipo de licencia ambiental.
Durante la operación fueron inutilizadas siete excavadoras, tres motores industriales, una draga, una planta eléctrica y una motobomba.
Se trata de equipos de alto costo que, de acuerdo con los investigadores, eran utilizados de forma permanente para remover grandes volúmenes de tierra y sedimentos, alterando cauces hídricos y generando deforestación acelerada en áreas sensibles del municipio.
El golpe económico a las finanzas criminales
El impacto económico del operativo no fue menor. Las autoridades estimaron que la acción golpeó las finanzas de los grupos ilegales en más de 4.000 millones de pesos por concepto de producción ilícita, a lo que se suman cerca de 5.700 millones de pesos correspondientes al valor de la maquinaria destruida.
Para los investigadores, este tipo de afectaciones representa uno de los golpes más efectivos contra las economías criminales, ya que limita su capacidad de recuperación a corto plazo.
Fuentes oficiales señalaron que detrás de estas explotaciones estarían Grupos Delictivos Organizados y estructuras asociadas al Estado Mayor Central, que habrían encontrado en la minería ilegal una alternativa rentable frente a la presión de la Fuerza Pública en otros negocios ilícitos.
En este esquema, la extracción irregular de minerales no solo genera ingresos millonarios, sino que también les permite ejercer control territorial y social sobre comunidades rurales vulnerables.
El daño ambiental que deja la minería ilegal
Más allá del componente criminal, el daño ambiental es uno de los aspectos que más preocupa a las autoridades y a las organizaciones sociales de la región. La minería ilegal a cielo abierto implica el uso indiscriminado de maquinaria pesada, la desviación de quebradas y ríos, y la pérdida de cobertura vegetal, efectos que pueden tardar décadas en revertirse.
En municipios como Chaparral, donde la economía campesina depende en gran medida del agua y de la tierra, las consecuencias son directas y profundas.
Desde la Policía Nacional aseguraron que este tipo de operativos hacen parte de una estrategia sostenida para frenar la expansión de la minería ilegal en distintas zonas del país.
La apuesta, explicaron, no se limita a la destrucción de maquinaria, sino que busca desarticular las redes logísticas y financieras que sostienen esta actividad, así como enviar un mensaje disuasivo a quienes ven en la explotación ilícita una fuente rápida de ingresos.
Habitantes de sectores rurales del sur del Tolima han manifestado en repetidas ocasiones su preocupación por el avance de estas prácticas, que suelen llegar acompañadas de amenazas, contaminación y conflictos sociales. Para muchos, la presencia de las autoridades representa un alivio temporal, aunque advierten que el verdadero desafío será garantizar que las zonas intervenidas no vuelvan a ser ocupadas por estructuras ilegales.
El operativo en Chaparral se suma a una serie de acciones recientes contra la minería ilegal en diferentes regiones del país, en un contexto en el que el Estado busca recuperar el control sobre territorios estratégicos y proteger los recursos naturales.
Mientras tanto, el debate sigue abierto: cómo ofrecer alternativas económicas legales y sostenibles para las comunidades, sin que el vacío sea nuevamente llenado por economías ilícitas.