
Soy periodista y siempre que escribo notas sobre violencia sexual y física contra la mujer incluyo los números de teléfono de las instituciones que le pueden brindar ayuda a quienes son víctimas de este tipo de hechos. Sin embargo, tuve que enfrentarme a una experiencia de estas, similares a las que he escrito, y parece que el proceso de denunciar es todavía más desgastante que el mismo hecho que viví.
El pasado 2 de octubre de 2023 fui víctima de acoso sexual en Transmilenio. Ese día tenía una entrevista de trabajo y, luego, debía dirigirme a la universidad para terminar de concretar algunos detalles de mi trabajo de grado. Mientras esperaba el bus en la estación de la Calle 100, noté que un hombre me miraba de manera lasciva. A pesar de sentirme inquieta, no le presté atención.
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Estaba esperando la ruta fácil 8; justo cuando estaban cerrándose las puertas del articulado, el hombre las abrió a la fuerza para subir al bus de Transmilenio. Lamentablemente, estaba un poco lleno, así que estuve cerca de él.
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Pensé, inicialmente, que quizás me quería robar el celular cuando estuviera desprevenida, pero no eran esas sus intenciones. Tan pronto se abrieron las puertas en la siguiente estación, Virrey, me bajé del bus. Mientras eso, sentí la mano del hombre en mi cuerpo, estaba tocándome. Me asusté y como alcancé a notar que él se había bajado también, caminé en sentido opuesto del que debía, para que él me perdiera de vista.

Pasaron unos diez minutos en los que estuve cerca de la salida de la estación y no lo vi más. Así que, de manera más segura, decidí caminar hacia el vagón donde pasaba el J74, la ruta que debía tomar para llegar a mi destino. Pero el acosador persistió en su comportamiento. No sé de dónde salió de nuevo y me persiguió hasta la puerta en la que esperaba el nuevo bus.
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No pasó mucho tiempo y me subí, noté que él hizo lo mismo. Luego, caminé hacia la parte delantera del vehículo, siguiendo ese consejo de mi mamá de que cuando me sienta en peligro me haga lo más cerca posible del conductor. Fue ahí cuando el hombre se acercó, me sentí acorralada y me empezó a hablar; me dijo que quería conocerme. Yo le respondí: “No, gracias. No estoy interesada”.
Una silla desocupó en Héroes y me senté. El hombre se acercó a mi pierna, se metió la mano al bolsillo y se empezó a tocar. Quedé en shock en ese momento: tenía mis audífonos a todo volumen, buscando abstraerme de la situación. Recordé la línea púrpura y escribí un corto mensaje: “Hola. Necesito ayuda”. También le escribí a mi familia “ayuda”.
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En ese momento, el joven sentado a mi lado se percató de la situación. “Que la deje en paz, ¿no entiende?”, le dijo al sujeto que me había perseguido, pues esas eran las palabras que yo repetía en bucle.
Mi agresor fue detenido en la estación de la Calle 76, cuando una pareja de adultos mayores se dio cuenta de lo que estaba pasando y, junto con el joven a mi lado, le pidieron al conductor que en la próxima estación en la que estuviera un policía parara para capturar al sujeto.
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Lo triste es que este es el pan de cada día. Aparte de los incidentes de hurto, el acoso sexual es uno de los factores que disgusta a los usuarios de Transmilenio. Según la más reciente encuesta de percepción ciudadana de Bogotá Cómo Vamos, el acoso sexual afecta al 15% de los usuarios; las mujeres muestran un mayor nivel de insatisfacción con Transmilenio y experimentan una sensación de inseguridad más pronunciada en comparación con los hombres.
El proceso de denuncia y la revictimización

El hombre fue capturado en flagrancia, lo que no basta para que reciba una pena. Permanecí en el proceso desde aproximadamente las 2:30 p. m., momento en que ocurrió el incidente, hasta alrededor de las 10 p. m., llevando a cabo los trámites y presentando la denuncia. Durante este tiempo, tuve que relatar repetidamente lo sucedido: a los policías de la captura, al jefe del cuadrante, en la URI de Puente Aranda y en la de Paloquemao.
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Cuando escribí a la línea púrpura, me respondió el robot pidiendo que marcara una opción. Yo solo pude describir lo que había pasado en pocas palabras mientras estaba paralizada por la situación: no me daba cuenta que marcaba una opción incorrecta. Me llamaron ese día, sobre las 6:00 p. m. para que estuviera durante varios minutos esperando a que alguna especialista en asistencia psicosocial se desocupara para hablar conmigo. Antes de que esto sucediera, se cortó la llamada.

Me trasladaron de una URI a otra porque una impresora no servía. Mientras tanto, durante las casi ocho horas, el agresor permaneció cerca de mí la mayoría del tiempo. En ocasiones, me insultaba, otras veces me suplicaba que no lo denunciara; incluso, llegó a llamarme mentirosa y exagerada. Argumentaba que “no era un delito querer conocer a una chica atractiva”. A pesar de los esfuerzos de la Policía por acallarlo, así transcurrió la tarde.
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Al presentar la denuncia, me informaron que debía haber registrado el nombre y número de los testigos, como la pareja de adultos mayores y el joven que me ayudó. Sin embargo, en medio de la situación, ¿¡quién podría haber pensado en eso!?
Además, recibí cuestionamientos de parte de una de las personas que me ayudó en el bus porque, en palabras del señor, “¿cómo era posible que me quedara ahí callada y no gritara si un desconocido me estaba persiguiendo?”
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La audiencia de conciliación: un cara a cara con mi agresor
Días después, recibí una citación para llegar una audiencia de conciliación en la Fiscalía, el 26 de enero, más de tres meses después del incidente. La abogada Sofía Huerta explicó a Infobae Colombia que, como el delito de acoso callejero no existe, lo que aplica en estos casos es el delito de injuria por vía de hecho.

La injuria por vía de hecho, es decir, el daño a la honra de la persona con acciones, es un delito querellable. Entonces, es considerado de menor gravedad, exige que la persona afectada interponga una denuncia para iniciar la investigación y se inicia el proceso por una audiencia de conciliación entre las partes. “Ese delito normalmente tiene un tiempo de prescripción muy corto, pero si es por motivos de género se alarga ese término, de acuerdo con el Código Penal”, explica Huertas.
El 26 de enero el individuo no se presentó. No supe si celebrar el hecho de no tener que verle la cara otra vez o lamentar que tenía que esperar otros meses más para volver a tener esa supuesta audiencia de conciliación. El fiscal me informó que el agresor tenía tres citaciones y que la próxima sería, más o menos, en abril. Si ninguna de las partes asiste, se archiva el proceso, aunque, paradójicamente, si el presunto agresor no asiste a la próxima aún le quedaría una oportunidad más.

El fiscal me aconsejó buscar asesoramiento legal, ya que es probable que el agresor no se presente a conciliar. En ese caso, se abriría un proceso penal por el delito de injuria por vía de hecho. Sin embargo, señaló que este delito rara vez conlleva una pena de cárcel (aunque en el Código Penal dice que puede ser de poco más de un año y hasta cuatro años y medio de prisión). En cambio, me dijo el fiscal, en su experiencia pasarán tres o cuatro años antes de que el agresor tenga que compensarme con una cantidad de unos 500.000 pesos o menos por los daños sufridos.
El fiscal me aconsejó, nuevamente, que me asesorara y me explicó el procedimiento para archivar el caso, si así lo deseaba. También me informó que cualquier compensación económica correspondería a los daños y perjuicios causados por el agresor, los cuales tendría que probar.
Sigo creyendo que denunciar es necesario, pero quizás no es suficiente.
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