Los maestros venezolanos recuerdan a sus estudiantes en cada una de sus protestas. No solo reclaman salarios dignos —perciben menos de 10 dólares al mes—, condiciones laborales y seguridad social, sino también un programa de alimentación escolar de calidad y regular.

Los maestros protestaron el jueves en Caracas y en los 23 estados del país por segundo día consecutivo. Las federaciones y gremios de docentes se plantaron en la sede del Ministerio de Educación, pero nuevamente encontraron solo silencio del ministro Aristóbulo Istúriz. En consecuencia, la Federación Venezolana de Maestros prepara una agenda de nuevas manifestaciones en el país.

Magda Infante, maestra de educación inicial en Petare, uno de los barrios más grandes de Caracas, con pena dice que su salario es de cuatro dólares al mes. Pero la mantiene firme su vocación. Siente tristeza cuando llega a la escuela y ve las paredes deterioradas. “Se te vienen encima”, grafica.

Infante no ve a sus alumnos con regularidad: “Hay mucha deserción escolar porque los padres no tienen comida para llevarles a la escuela. Es triste ver que unos comen y otros no”. En septiembre, cuando inició el curso, asistían a clase 18 niños. Ahora son seis.

El plantel educativo cuenta con un programa de alimentación escolar gubernamental. “Entregan los alimentos que ellos considera necesarios. Mandan un saco de leche y otro de lentejas. O un saco de pasta y otro de caraotas. Nosotros tenemos que pedir a los padres pequeñas bolsas de sal y hortalizas para preparar esos alimentos”, relata Infante.

Uno de los desayunos que contempla el Plan General de Menú, diseñado por el Instituto Nacional de Nutrición para el Subsistema, debería contener huevos, bollos de harina de maíz y jugo. Uno de los almuerzos, en tanto, llevaría croquetas de pescado, papas y ensalada. Estos menúes no se cumplen en las escuelas.

En el informe “Panorama Humanitario Global 2020”, elaborado por la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, se lee que “una generación de niños corre el riesgo de perder su educación si la situación no mejora” en Venezuela.

Infante añadió que, ante la falta de alimentos, se ha vuelto rutinario que los niños no terminen su jornada de clases. También pueden pasar hasta 20 días sin agua corriente, agregó.

En 2018, la Encuesta de Condiciones de Vida reflejó que 13 % de los estudiantes venezolanos faltan a clases cuando en la escuela no hay alimentos, otro 22 % porque no tienen comida en casa y 28 % por fallas en el servicio de agua.

“Llego al aula de clases y me encuentro con niños que no tienen desayuno, que van con los zapaticos rotos”, dice la maestra Marlenys Velásquez, quien da clases en el oeste de Caracas. Ella misma ha dejado de trabajar también debido a la falta de comida en su casa.

“Con mi salario apenas pude comprar medio cartón de huevos, harina pan y medio kilo de queso. Cada día pienso en cómo voy a hacer. Lo único que sé es educar”, expresa con tristeza. Después de las vacaciones de diciembre, solo tenía en su despensa arroz y leche. Eso fue lo que dio a sus hijos para desayunar.

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha dicho que 1 de cada 3 niños venezolanos requiere asistencia humanitaria. Según la organización, son alrededor de 900.000 quienes necesitan vacunas, tratamiento contra la desnutrición severa, materiales educativos y agua potable.

En una entrevista trasmitida por radio Fe y Alegría, la nutricionista Susana Raffalli, asesora de Cáritas Venezuela, indicó que en 2019 la cifra de desnutrición infantil en Venezuela podría cerrar en más de 15 por ciento. La de 2018 fue 7 por ciento.

Más sobre este tema: