En apariencia, la sociedad iraní parece funcionar con normalidad, al menos para un país que hace semanas estaba sometido a intensos bombardeos.
Jóvenes a la moda se reúnen al exterior de cafés callejeros en Teherán, donde fuman y charlan con amigos. Las entradas para un destacado concierto de rock en la ciudad se agotaron en cuestión de minutos. Y la gente sigue viajando fuera de Irán por placer y por trabajo.
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Todo eso es una fachada —a decir de muchos iraníes— que enmascara las dolorosas y precarias condiciones en que viven. Cuatro meses de acontecimientos traumáticos que han sacudido el mundo —una brutal represión de las protestas nacionales seguida de una guerra devastadora— han hecho añicos las esperanzas en el futuro y han dejado a gran parte de la sociedad sumida en el dolor y con un sentimiento de impotencia.
“La gente vive su vida”, dijo Sara, una mujer iraní de cuarenta y tantos años radicada en Turquía, que viajó a Teherán en invierno y volvía a Turquía a finales de abril. Sin embargo, añadió, la aparente calma era engañosa: “El ánimo de todos es terrible”.
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Al igual que la mayoría de las aproximadamente dos decenas de iraníes entrevistados para este artículo, Sara se negó a que se utilizara su nombre completo, por temor a las represalias del gobierno. Otros optaron por que no se usara su nombre para nada.
Sara estuvo en Irán durante algunas de las peores semanas de la guerra, y dijo que los iraníes que residen fuera del país estaban más preocupados por lo que ocurría que los que viven allí, pues quizá están más resignados. “Todos están desesperanzados, o algunos tienen esperanzas en algo que es ilusorio”, dijo.
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Para quienes se oponen al gobierno autoritario islámico del país, las protestas masivas de enero trajeron consigo emocionantes esperanzas de cambio político, solo para terminar en dolor, rabia y conmoción cuando las fuerzas de seguridad mataron a miles de manifestantes.
Desde entonces, iraníes de todas las tendencias políticas se han visto afectados por la destrucción y la muerte. Incluso las clases medias tienen cada vez más dificultades para costear alimentos básicos, y el continuo bloqueo de internet impuesto por el gobierno ha aislado al país del mundo exterior en gran medida. Hasta hace muy poco, el espacio aéreo iraní estaba cerrado a los vuelos civiles.
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Y, sin embargo, la gente también persigue sus pasiones y carreras a pesar de los inmensos obstáculos.
Esto quedó patente en las entrevistas realizadas en un paso fronterizo terrestre y una estación de tren en el este de Turquía a finales de abril. Un grupo de teatro volvía en autobús, con destino a Europa para ensayar una nueva obra. Una joven con el pelo teñido de magenta cruzaba la frontera para ver a su grupo favorito en Estambul. Y un hombre de unos 30 años llegaba a Turquía para completar un paso fundamental en el camino hacia la continuación de su educación en Italia.
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“No sé por qué los iraníes son así, pero pase lo que pase, aunque haya precios altos, la vida sigue”, dijo Melika, de 28 años, quien a finales de abril visitaba Turquía con una amiga y una hermana para hacer un examen. Las tres acababan de desembarcar de un trayecto en tren de 23 horas de Teherán a Van, en el este de Turquía, y tenían previsto continuar hasta Estambul. “Los iraníes son muy flexibles, se adaptan”, añadió.
Durante la guerra, dijo, los restaurantes estaban abarrotados, aunque gran parte de la economía estaba paralizada. Especuló que la gente optaba por disfrutar del dinero que tenía, en vez de molestarse en ahorrarlo para un coche, una casa u otros objetivos de vida.
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“Ahora esas cosas están fuera del alcance de una gran parte de la sociedad”, dijo Melika. “Así que dicen: ‘¿Por qué debemos ser duros con nosotros mismos? Tengamos al menos una linda comida’”.
Por el contrario, Shahrzad, de 57 años, quien subía a un tren en Van para regresar a Irán, dijo que estaba optando por ahorrar su dinero y recortar gastos en artículos innecesarios, aunque consideraba estar en una situación acomodada.
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Shahrzad dijo que, durante la guerra, las bombas parecían caer constantemente: de 20 a 30 al día, a todas horas del día y de la noche. Aun así, se mostró optimista: “Nos acostumbramos”, dijo, mientras charlaba y bromeaba con un hombre y una mujer que esperaban en la fila junto a ella.
Su generación, que experimentó la inestabilidad de la revolución de 1979 y vivió la guerra Irán-Irak de la década de 1980, había aprendido a lo largo de décadas a soportar la agitación, dijo.
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Los adolescentes y veinteañeros iraníes, dijo, tenían un enfoque diferente, con mucha menos paciencia para las dificultades que estaban experimentando, y la mayoría se oponía al gobierno.
“La Generación Z, nadie puede con ellos”, dijo. “Nosotros buscamos más la paz. Los jóvenes son más radicales”.
Varios iraníes que se encontraban en la frontera dijeron que se sentían a merced de las potencias mundiales y de su propio gobierno, sin poder incidir en los acontecimientos de sus propias vidas.
Otro hombre, un inversor que había cruzado Turquía a utilizar internet para trabajar antes de volver a Irán, dijo que la gente parecía haberse estancado, y solo seguían las noticias y esperaban a ver qué ocurría. Él mismo tenía pocas esperanzas de que las cosas en el país cambiaran para bien.
“Creo que todo es un juego”, dijo Sara, la mujer de unos 40 años, cuando le preguntaron por el alto al fuego entre Estados Unidos e Irán. “Simplemente están jugando con nosotros”.
© The New York Times 2026.