(Brian Rea)
(Brian Rea)

Si mi padre tuviera un centavo por cada maniquí del que ha sido dueño, sería tres centavos más rico que la mayoría de la gente, sin contar a quienes trabajan en la moda o tengan algún fetiche. Las tres formas sin vida que son parte de su colección viven en paralelo a los tres humanos que somos parte de su vida real: mi madre, mi hermano y yo.

Los primeros dos maniquíes llegaron a vivir conn nosotros cuando era adolescente. Regresé de la escuela un día a nuestra casa en el vecindario Jamaica de Queens, en Nueva York; entré por la cochera, como siempre hacía, me quité los zapatos en la entrada y abrí la puerta a nuestro sótano. Cuando mis ojos se acostumbraron al cambio de luz me quedé atónita. ¿Quién estaba enfrente de la televisión de nuestro sótano? ¿Invitados desconocidos? No… había algo raro respecto a su quietud.

No pregunté al respecto porque no me pareció necesario. A mis 16 años ya estaba acostumbrada a las excentricidades de mi padre. Un inmigrante alemán que llegó a Nueva York a sus 30 años y conoció a mi madre, nacida en Irán, en una fiesta en una piscina de Nueva Jersey. Su matrimonio es una mezcla extraña de personalidades y culturas, pero ha perdurado… gracias, en parte, a que tienen habitaciones separadas.

Minutos después de que dejé mi mochila cuando llegué ese día, mi padre se asomó a mi habitación con una sonrisa. "¿Ya los viste?".

Asentí con una mueca.

Cuando mi padre pasó los maniquíes a su habitación, los arregló como si fuera una pareja: la mujer estaba sentada en un sillón beige que combinaba con su abrigo, y en su cabeza tenía una peluca de color morado cortada por encima de los hombros. El hombre estaba parado cerca de la ventana, vestido con un traje azul de rayas y con una pañoleta amarilla de seda en el bolsillo.

"Así", me explicó mi padre, "si alguien se asoma a nuestra casa siempre verán la sombra de un hombre por la ventana y se preguntarán: '¿Y él quién es?'".

Se refería al maniquí, pero esa pregunta bien podría haberse hecho sobre mi padre, quien parecía anhelar un legado mucho mayor a la vida que tenía.

Con el tiempo, los maniquíes se volvieron parte del paisaje bizarro de la habitación de mi padre, como salido de un parque de atracciones y llena de luces neón, pinturas apiladas como si fueran discos, libros como torres inclinadas y una colección pequeña de bolsos de cuero viejos.

Podría haber sido un artista, pero las responsabilidades de la vida lo llevaron a trabajar en gestión de propiedades inmobiliarias. Su ropa de trabajo casi siempre tenía rastros de pintura por la renovación de los apartamentos y sus uñas lucían sucias. A veces se hacía una manicura con la idea de que las manos limpias son señal de un verdadero caballero.

Canalizaba sus impulsos artísticos a su vocación de llenar habitaciones con sus colecciones extrañas y enorme personalidad, mientras mi hermano y yo tuvimos el privilegio de poder hacer de nuestros emprendimientos artísticos una carrera: él como fotógrafo, yo como escritora.

Hasta de adolescente, no me parecían para nada vergonzosas las pasiones tan extrañas de mi padre. Me gustaban lo absurdas que eran y las reacciones de amistades cuando les enseñaba los maniquíes. Reconocía la emoción de desafiar las convenciones; ser raro me parecía más fascinante que la normalidad.

Entre las muchas peculiaridades de mi padre está que es increíblemente difícil saber qué regalarle, porque además no te esconde su opinión honesta sobre lo que le conseguiste. Una vez falté a la escuela solo para poder participar en una subasta en línea en eBay de una gorra estilo ruso que quería regalarle a mi padre de Navidad.

No sé por qué me pareció un regalo perfecto. Tal vez había visto una foto antigua de él con una gorra así. Me senté ansiosamente en mi escritorio con el dedo listo para pulsar el ratón cuantas veces fuera necesario. En segundos había terminado la subasta y gané. Cuando llegó la gorra, la envolví y la puse debajo del árbol. La mañana de Navidad mi padre sacó la gorra de piel y dijo: "¿Esto qué es, pelaje de una rata? No me voy a poner esto".

Y no lo hizo.

El tercer maniquí fue uno de los pocos regalos míos que le gustó. Un verano tuve un trabajo de periodismo que, increíblemente, hacía al lado de una tienda de maniquíes.

Un día entré a explorar. Alrededor de mí había cuerpos duros y sin vidas con diferentes tonos de piel. Algunos tenían cabezas pero no tenían rasgos faciales; otros solo llegaban al cuello. En una esquina había brazos apilados encima de piernas. Por ahí vi al niño, que me pareció algo como a mi padre en las fotografías de su infancia que había visto, porque era rubio y blanco.

El niño tenía una imperfección en la pierna izquierda por lo que hice un acuerdo para pagar menos con la dueña del local.

"¿Eres diseñadora?", me preguntó.

Sonreí y moví la cabeza para indicarle que no. Y ya que le había pagado los 90 dólares me di cuenta de que no tenía cómo regresar el maniquí a la casa. No podía llevarlo conmigo en el metro (aunque definitivamente han pasado cosas más extrañas en la línea F) así que hice una llamada.

Mi hermano llegó, prendió las luces intermitentes y abrió el maletero. A plena luz del día tocamos al niño y, volteándolo hacia un lado, intentamos hacer que cupiera. Pero era demasiado grande para meterlo completo; íbamos a tener que desmembrarlo.

Agarré un brazo y sus articulaciones se desenroscaron; fue una tarea tediosa pero limpia. Metimos el cuerpo amputado primero por el torso y luego metimos los brazos. Cerré el maletero sintiéndome victoriosa y algo sudorosa. Pensé, al limpiarme las manos, que este cumpleaños sí sería un éxito.

La mañana de su día mi padre llegó a la cocina; ahí habíamos puesto el maniquí parado al lado de la mesa junto a su torta cumpleañera. Vio al maniquí del niño y corrió a inspeccionarlo como si fuera un ciervo.

El niño no se movió.

No teníamos ropa suficientemente pequeña, por lo que lo vestimos con una camiseta mía vieja: tenía una burla de la imagen típica del Che Guevara que en vez decía Cher. Era suficientemente larga para cubrir los genitales que el niño no tenía.

"No queremos alterar a los vecinos", dijo mi padre sobre la ropa del niño, aunque durante años nunca tuvo nada para cubrir sus piernas.

Hasta que una Navidad le compré el segundo mejor regalo que le he hecho a mi padre: un traje miniatura que encontré en Macy's. Una semana antes de Navidad visité la tienda y caminé hacia la sección para niños, donde caminé entre madres de hijos reales.

Al esperar para pagar pensé que seguramente me camuflaba bien, una joven con un traje de tres piezas pequeño para su hijo. En todo el proceso no pude dejar de pensar en Pinocho diciendo: "¡Soy un niño de verdad!".

Cuando mi padre lo abrió después de revisar sus otros regalos tomó una pausa y luego lo entendió. "Esto es maravilloso", me dijo, y sentí cómo la emoción se esparcía por mi espalda.

En su habitación movió el brazo del niño de maneras espeluznantes para vestirlo con el traje, un saco y pantalones con chaleco de color borgoña de Tommy Hilfiger, así como una camisa a cuadros y un corbatín.

Después de que salí de Nueva York para estar en un pueblo fronterizo de Texas para mi trabajo periodístico llegué un día a una tienda de piñatas en la ciudad mexicana Ojinaga, por la frontera. Colgados en el techo hacia la parte trasera de la tienda había versiones de 1,5 metros de Batman, Woody de Toy Story y Elsa de Frozen. Las más grandes costaban unos quince dólares y los pedidos a la medida pasaban de los veinte dólares.

La primera vez que compré una piñata me puse algo nerviosa al cruzar por la frontera por un puerto de entrada. "Es una piñata", le dije al agente cuando se estaba asomando, por temor a que pensara que era un cuerpo.

Empecé a coleccionarlas sin buscar hacerlo. Había un Homero Simpson hecho a la medida que compré para el cumpleaños de mi hermano hasta que no pude encontrar manera para llevarla sin que se fuera a arruinar, luego un niño con una guitarra de cartón que usé para un disfraz de Halloween y, finalmente, una Ariel de La sirenita.

Les dije a mis amigos que Ariel era para un proyecto fotográfico, cual comentario sobre la disminución de los recursos hídricos de Texas, pero la verdad me gustaba conducir mi auto con ella en el asiento trasero y con el viento moviendo su cabello de papel maché.

El punto de las piñatas es destruirlas, pero mantuve intactas las mías y se volvieron parte de la decoración de mi hogar. "¿Ya viste las piñatas de Sasha?", empezaron a preguntarse mis amigos con miradas de sorpresa.

Un día, después de tres años de estar viviendo en la frontera, llegué a la tienda de piñatas con varias fotografías en mano.

"Hola, Sasha", me dijo el dueño con las manos llenas de grumo. Ya nos conocíamos bien para entonces y nunca había visto un proyecto suyo que no pudiera lograr.

"¿Puedes hacer una de esto?", le pregunté.

Miró las fotografías de mi papá y dijo: "¿Y él quién es?".

Sasha von Oldershausen, periodista con sede en la ciudad de Nueva York, ha escrito recientemente sobre la inmigración y los problemas fronterizos.

*Copyright:c.2019 New York Times News Service