Sophia tiene 17 años y no se piensa ir de Ucrania. “Mi país necesita mis manos, que son útiles, ¿cómo me voy a ir? Tengo que quedarme acá a defender mi hogar”, dice. Es del este del país, la franja que sufrió mayores ataques de parte de Rusia. Hace años vive en Lviv, donde estudia, y ahora está en el hall de entrada de la biblioteca municipal. El lugar, este lunes, se convirtió en un centro de fabricación de redes de camuflaje. Otra vez, mirar la realidad parece una película del pasado. Como Elena, decenas de mujeres se acercaron hasta ahí para ayudar. La directora de la biblioteca habilitó el espacio y hoy ya no se puede leer ni estudiar, solo trabajar para ayudar al ejército ucraniano.

Las personas -mayormente mujeres- se enteraron lo que pasaba en la biblioteca por el boca a boca y el lugar muy rápido se llenó de gente. Llegan hasta ahí con su propia ropa para cortarla en tiras y armar así las redes. Priorizan las prendas marrones y verdes, y las cortan de manera vertical como quien corta de arriba hacia abajo la vida que tuvieron. A partir de la invasión rusa, ya nunca será la misma.
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“Rusia no quiere la paz, Rusia quiere la guerra, y no nos vamos a rendir. Debemos defender nuestra tierra”, dice Anna. No tiene miedo, dice, se la ve enojada y proactiva. “Nuestro ejército necesita de nosotras, y aquí estamos”, completa, y vuelve a la tarea.

En el segundo piso la escena se magnifica: desde un hall que se usaba como recepción hasta la ventana del salón principal de la biblioteca se armó un esqueleto que sostiene redes de tanza aún sin camuflar. Pero solo seguir el camino esa red se va poblando de las tiras de ropa que van produciendo las jóvenes. Es que la mayoría de las mujeres del lugar tiene veintipocos años, son en su mayoría estudiantes del colegio secundario y universitarias, guiadas por algunas otras mujeres más grandes que dan indicaciones.
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Anya y Anastasia son amigas, tienen 24 y 25 años, y estudian juntas en Lviv. Sus familias están en un pequeño pueblo cercano a Kiev que no fue atacado. Ella decidieron quedarse en Lviv porque es donde tienen su vida, y apenas se enteraron de lo que estaba sucediendo en la biblioteca, se acercaron.

“Tengo el pasaporte, podría irme del país, ¿pero cómo voy a hacer eso? Debemos ayudar a nuestro ejército”, dice. A su lado, Anastasia asiente. Le pregunto a ella si no pensó en dejar el país y me mira extrañada, le parece una pregunta sin sentido.
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“Tengo un poco de miedo, pero no tanto. El primer día fue muy feo, nos asustamos mucho. Pero ya nos vamos acostumbrando, y ahora podemos ayudar”, dice Anya.
Nadie en la biblioteca tiene miedo de hablar o de mostrar su cara. A diferencia de lo que pasa en las calles, donde reina la desconfianza y el apuro, acá hay entusiasmo y algo de alegría. Creen en lo que están haciendo y se alientan mutuamente. Se divierten, atravesados por la juventud y el orgullo.
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En el segundo piso de pronto aparecen varios varones cargando rollos de tela que traen de algún lugar cercano. Abastecen a las mujeres para que no trabajen solo con ropa vieja.
Uno de los muchachos ve la cámara y se acerca a hablar. No dice su nombre, pero anuncia: “Puedo decir algo de la situación”. Lo grabo.
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“Soy del este de Ucrania, de Lugansk. Tuvimos una guerra hace ocho años, y quiero decir… a Europa y al mundo: necesitamos su ayuda. La gente en Ucrania está sufriendo la agresión rusa. Mi casa fue ocupada ocho años atrás y ustedes (el mundo) no hicieron nada. No nos ayudaron. Hoy nosotros peleamos por Europa y por el mundo. Debemos detener esta guerra. Por favor ayúdennos”.
Saluda amablemente y sigue con su tarea.
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Mágicamente, comienza a sonar un piano. Afuera, en una iglesia cercana, un hombre trabaja tapeando sus ventanas para proteger los vitraux de posible bombardeos. “No voy a tomar las armas, para eso está el ejército”, dice. “Pero confío en nuestros soldados. Yo me voy a quedar acá, ayudando a cuidar nuestros edificios históricos”, agrega. Algo de su mensaje condice con la música que suena dentro de la biblioteca.
Los chicos y las chicas del salón se ponen a cantar. Es una canción tradicional ucraniana que habla de una flor y de un grano, se llama “Oh, en el rojo prado Viburnm” y la cantaban los Fusileros de Sich (una unidad que se creó en Kiev en 1917 con reclutas fugados de campos de prisioneros rusos y reunidos en Kiev para ayudar en la formación de un Estado ucraniano). Ahora la cantan los jóvenes mientras rompen su ropa y la atan en forma de trenza a una red. El objetivo, dicen, es ayudar a esconder los tanques y las carpas militares. La música llena el espacio, que ya no se rompe con el filo de una tijera, ahora es una especie de sueño colectivo. De esperanza, no de resultados, están hechas las grandes gestas. Esto, así solo, bien puede verse como una victoria.
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