Una polémica que persiste, 75 años después: ¿quién ganó realmente la Segunda Guerra Mundial?

Dos generaciones separan al conflicto más brutal en la historia de la humanidad con las realidades y penurias del mundo actual. Pero todavía hoy los antiguos aliados que derrotaron al nazismo intentan resaltar sus propias contribuciones a la victoria y relativizar las de los demás

gpadinger@infobae.com
Íconos, postales y viñetas del fin de la Segunda Guerra Mundial
Íconos, postales y viñetas del fin de la Segunda Guerra Mundial

La Segunda Guerra Mundial no se peleó solamente en las llanuras de Europa del Este, las playas francesas, los desiertos del Magreb ni en las aguas del Pacífico. También fue combatida en el campo de las imágenes y los símbolos, de la mano de la propaganda. Desde la bandera roja de la Unión Soviética flameando sobre el Reichstag, en una Berlín arrasada, hasta la tricolor de Estados Unidos levantada sobre el Monte Suribachi, en lo alto de Iwo Jima, pasando por las tropas anglo-estadounidenses y soviéticas abrazándose en el río Elba, cuando las dos pinzas del avance aliado se encontraron en el corazón de Alemania.

En siglo de la comunicación de masas, de la radio, y poco después, también de la televisión y finalmente internet, a la guerra no sólo había que ganarla en el campo de batalla. También había que mostrar esa victoria y, en definitiva, “venderla” al gran público, especialmente al actual, para el cual la experiencia del conflicto sólo podía ser imaginada.

Aunque la URSS, Estados Unidos y el Reino Unido lideraron una amplia coalición de países que soportaron el ataque de Alemania, Italia y Japón, y luego finalmente derrotaron a las potencias del Eje, el quiebre ideológico que vino luego, dentro de lo que se conocería como “Guerra Fría”, desató una nueva contienda imágenes, símbolos y discursos en la que el objetivo parecía ser acreditarse la mayor responsabilidad en el triunfo sobre el nazismo y, en menor medida, el imperialismo japonés.

En un principio no fue así. En la inmediata posguerra, las “Naciones Unidas” habían triunfado en conjunto sobre las agresiones del nazismo, el fascismo y el militarismo japonés. Para los pueblos que habían soportado los largos años del conflicto, que éste hubiera terminado era muchísimo más importante que intentar analizar cuál de los ejércitos aliados había hecho más por llegar a esa conclusión.

Pero la división tajante de Europa en dos esferas de influencia, y los sucesivos alineamientos del mundo entero en torno a las dos superpotencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial, motivaron una ola de propaganda contrastante, en la que cada bando exageró sus contribuciones y relativizó las del ex aliado, ahora rival.

La caída de la URSS, en 1991, pareció enfriar un poco el duelo propagandístico, por cuanto Rusia, heredera legal del imperio soviético, estaba demasiado preocupada por reconstruir su economía, alimentar a su pueblo y refundar un nuevo país que, necesariamente, debía quemar al menos algunas de las bases del anterior.

Tropas soviéticas en las ruinas de Stalingrado (waralbum.ru)
Tropas soviéticas en las ruinas de Stalingrado (waralbum.ru)

Pero en las dos últimas décadas, con una Rusia ya estabilizada, la atención se volcó nuevamente a la “Gran Guerra Patriótica”, como se llamó, y aún llama, a la Segunda Guerra Mundial en este país, casi como mito fundante del estado soviético/ruso moderno.

Los rusos de hoy, así, están convencidos de que fue la URSS la que ganó casi en soledad la Segunda Guerra Mundial, pues su contribución fue superior a la de cualquier otro país. Sin la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido, aún así hubieran derrotado a Hitler, considera el 63% de la población de acuerdo a una muestra reciente del Levada Center.

Estados Unidos no tuvo un recreo como el de Rusia en los noventa en su consideración de la Segunda Guerra Mundial. En este país el mito de la “generación dorada”, los hombres y, en menor medida, mujeres que marcharon a pelear en Europa y en el Pacífico por la democracia y la libertad, sigue siendo sagrado, y el cine se ha encargado de mantener la llama viva y de sugerir que fue Estados Unidos el principal contribuyente a la derrota del nazismo.

La propaganda estadounidense ha calado hondo en gran parte de Occidente, de acuerdo a la consultora francesa Ifop. En mayo de 1945, poco después de la rendición alemana, Ifop preguntó a los franceses qué país, en su consideración, había hecho más por ganar la guerra. El 57% respondió que la URSS, seguida por un 20% que mencionó a Estados Unidos y un 12% al Reino Unido.

En 1994, y una generación después, se repitió la consulta y esta vez Estados Unidos salió como el principal vencedor, para el 48% de los que respondieron, seguido por la URSS (25%) y el Reino Unido (16%). Y en 2004 la pregunta fue hecha de nuevo y por última vez: el 58% señaló a Estados Unidos, mientras que sólo el 20% mencionó a la URSS.

Pero entonces, ¿cuáles son los argumentos y criterios que esgrimen uno y otro bando para alzarse como el gran campeón que enterró la lanza en la serpiente fascista? Los hay muchos y de todo tipo, desde el balance de muertes sufridas e inflingidas, hasta

¿Rusia y los países de la ex Unión Soviética ganaron la guerra?

Se estima que entre 50 y 80 millones de personas, entre militares y civiles, murieron durante los seis años a los que comúnmente se circunscribe la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945.

Soldados soviéticos operan un cañón antitanque en las afueras de Moscú, en 1941 (Deutsches Bundesarchiv)
Soldados soviéticos operan un cañón antitanque en las afueras de Moscú, en 1941 (Deutsches Bundesarchiv)

De este escalofriante total, entre 20 y 27 millones eran ciudadanos de la URSS, contabilizando soldados y civiles, muertos en combate, en matanzas o por enfermedades. Más que ningún otro país beligerante.

Alemania, en comparación, sufrió la muerte de entre 6 y 7 millones de personas, también entre militares y civiles.

De acuerdo al historiador alemán Rüdiger Overmans, que en el año 2000 revisó las estimaciones de muertes en su país, del total mencionado 5.318.000 decesos corresponden a la Wehrmacht, la fuerza armada de la Alemania Nazi.

Entre estos, se cree que 3,5 millones murieron en el frente oriental, peleando contra la URSS, unos 740.000 perecieron en combate contra las tropas angloestadounidenses en el frente occidental, y el resto murió en otros teatros de la guerra.

Este es el principal argumento sostenido por la URSS en la posguerra, y luego por Rusia, de su contribución capital a la victoria en la guerra, y se basa en números duros y contundentes. Nadie sufrió tanto pelenado contra los alemanes, nadie les causó tanto daño.

Detrás de esos números, además, hay una destrucción a una escala nunca antes vista en la historia de la humanidad. Alemania y sus aliados invadieron la URSS en junio de 1941 con más de tres millones de soldados, avanzaron destruyendo ciudades ante un ejército Rojo que se retiraba dejando “tierra arrasada”, hasta contraatacar en Moscú a fines de ese mismo año.

Pero aunque la escala es apocalíptica, estos números no son concluyentes y centrarse sólo en la hecatombre, sin contexto, impide ver elementos estratégicos, logísticos y operaciones en la que fue, después de de todo, una guerra de material.

¿Estados Unidos y el Reino Unido ganaron la guerra?

Los aliados occidentales no tienen elementos para discutir el sacrificio desproporcionado realizado por la URSS, ni en el daño generado por ésta a la Wehrmacht. Pero esto no quiere decir que no puedan defender su enorme contribución al esfuerzo bélico que terminó por derrotar a Alemania.

Winston Churchill, Franklin Roosevelt y Josef Stalin durante la conferencia de Yalta, en 1945 (Wikipedia)
Winston Churchill, Franklin Roosevelt y Josef Stalin durante la conferencia de Yalta, en 1945 (Wikipedia)

Aunque tanto la URSS como Estados Unidos llegaron a la guerra apenas en 1941 (en junio y diciembre, respectivamente), el Reino Unido ya estaba combatiendo desde 1939 en el Océano Atlántico y en 1940 había sido superado y envuelto por los alemanes en Francia, tras lo cual se vio forzado a la evacuación.

Pero Alemana sufrió su primera derrota durante la Batalla de Inglaterra, una campaña de bombardeo estratégico sobre las islas británicas destinada allanar el camino para una invasión o bien doblegar la resistencia del pueblo británico hasta su rendición.

Fue en junio de 1940 y ninguno de los dos objetivos se cumplieron, por lo que la fulminante victoria en Francia, esa culminación de la Bewegungskrieg (guerra de movimiento) y la Kesselschlacht (batallas de envolvimiento) que encandilaron al mundo, acabó en un fracaso estratégico: las potencias occidentales no habían sido sacadas de combate, eliminando la posibilidad de una guerra en dos frentes.

Más importante aún, aunque el ejército del Reino Unido había sido categóricamente derrotado y su Real Fuerza Aérea había quedado al borde del colapso durante la Batalla de Inglaterra, la marina real, muy superior a la alemana, seguía casi intacta.

Esto significó que el acceso de Gran Bretaña a sus colonias y los recursos nunca se cortó, ni siquiera en los mejores años de la fuerza submarina alemana.

Que el Reino Unido siguiera en juego significaba que Alemania debería siempre cubrirse su retaguardia y que nunca podría acceder a las vías marítimas internacionales para abastecerse de alimento y materias primas. El mineral de hierro que le proveyó Suecia y el petróleo de Rumania nunca fueron suficientes para mantener a la Wehrmacht. La solución a su escasez crónica de mano de obra y de comida, en cambio, debió buscarla en la Unión Soviética.

Como señala el historiador James Holland, la Batalla del Atlántico, los combates aeronavales por el control de las líneas marítimas de suministro, involucró a una pequeña fracción del total de hombres y máquinas que confluyeron en la hecatombe del Frente Oriental, pero sus implicancias estratégicas son imposibles de ignorar.

Además de cerrar efectivamente el mundo a los alemanes, los británicos y luego también los estadounidenses jugaron tres roles adicionales en los primeros años de la guerra.

Soldados soviéticos desfilando en Moscú
Soldados soviéticos desfilando en Moscú

En primer lugar, proveyeron de alimentos, pertrechos y armamentos a la URSS, a través de convoyes que cubrían la ruta del Ártico y del Pacífico, en sus momentos más difíciles, cuando los soviéticos no paraba de ceder territorio y soldados al avances alemán, con Leningrado (hoy San Petersburgo) y Stalingrado (hoy Volgogrado) bajo asedio, Kiev y Sebastopol perdidas y una Moscú que se había salvado de milagro.

Estados Unidos destinó el 15% de su gasto militar en toda la guerra a los envíos a sus aliados, 20% del cual llegó a la URSS, o un total de 11.300 millones de dólares (unos 113.000 millones de dólares actuales), bajo la ley de préstamos y arriendos.

De acuerdo a cifras oficiales soviéticas, citadas por el historiador Robert Munting en su artículo Lend-Lease and the Soviet War Effort (Préstamo y Arriendo y el esfuerzo bélico soviético), publicado en el Journal of Contemporary History, el 12% del total de aviones, el 10% del total de tanques y poco menos del 2% de la artillería usados durante la guerra provenía de las potencias occidentales.

Quizás no se se trata de una ayuda determinante en el gran marco del conflicto, pero llegó cuando se necesitaba y los soviéticos apreciaban especialmente los tanques M4 Sherman recibidos de Estados Unidos, algunos de los cuales entraron en Berlín durante los últimos combates de 1945, y los cazabombarderos Bell P-39 Aircobra. También los soldados rusos, ucranianos y bielorrusos, entre otros, celebraban la lujosa comida enlatada que venía desde occidente y que hacía décadas que no probaban en cantidad: leche, carne y dulces.

En segundo lugar, a partir de 1941 pero más aún desde 1943 mantuvieron una presión constante sobre la industria alemana, con bombardeos en masa diarios sobre las principales ciudades del país. Aunque la efectividad de esta enorme campaña aérea aún es discutida, ya que la producción industrial germana no pareció sufrir nunca lo esperado, estos ataques desviaron la atención del frente oriental y forzaron a los alemanes a desplegar recursos en el oeste, especialmente aviones de combate, que necesitaban en el este. La matanza de civiles, como en Hamburgo o Dresden, fue también perturbadora, aunque sin llegar a forzar a los alemanes a la rendición.

Finalmente, Estados Unidos y el Reino Unido superaron categóricamente a Alemania en el plano de la inteligencia y la contrainteligencia. Los aliados lograron descifrar los principales códigos alemanes, escuchar con impunidad las comunicaciones alemanas y desarticular las redes de espionaje nazi en sus territorios, transformando a la mayoría de los agentes en doble agentes.

Buques, tropas y pertrechos en la costa Normandía, en junio de 1944 (AFP)
Buques, tropas y pertrechos en la costa Normandía, en junio de 1944 (AFP)

La guerra de la información fue ganada en Occidente pero sus frutos, en parte, compartidos en Oriente, como cuando los soviéticos fueron alertados por los británicos del día y hora del ataque alemán sobre las defensas rusas en torno a Kursk, la fallida Operación Zitadelle que se convertiría en la batalla de tanques más grande de la historia y uno de los principales puntos de inflexión de la guerra.

Además de esas tres contribuciones, los angloestadounidenses invadieron Italia en septiembre de 1943 y abrieron el esperado segundo frente en Francia el 6 de junio de 1944, luego de la Operación Overlord.

A partir de entonces, las dos tenazas del avance aliado comenzaron a cerrarse sobre Berlín desde Oeste y Este.

Ciertamente, el despliegue de soldados aliados en el oeste, y las bajas inflingidas a los alemanes, son incomparables con las registradas en el Frente Oriental, donde además las mejores unidades de Alemania fueron enviadas y, finalmente destruidas.

Pero la apertura del segundo frente forzó a los alemanes a retirar tropas del frente ruso y enviarlas al oeste.

De hecho, que la invasión angloestadounidense de Francia fuera una preocupación tan grande para alemanes y soviéticos, que la venían solicitando desde 1942 para aliviar la presión sobre sus ejércitos, muestra su importancia estratégica más allá de los números.

El líder supremo de la URSS, Josef Stalin, había pedido desesperadamente en 1942 la invasión de Europa Occidental por parte de Estados Unidos, el Reino Unido y sus aliados.

Tropas estadounidenses en Iwo Jima (Reuters)
Tropas estadounidenses en Iwo Jima (Reuters)

Esto no ocurrió, y en la conferencia de 1943 en Teherán entre Stalin, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt y el primer ministro Winston Churchill, los “tres grandes” finalmente acordaron que la invasión tendría lugar en mayo de 1944.

Los soviéticos nunca perdonaron a sus aliados circunstanciales por retrasar por dos años la invasión. Lo vieron como una traición deliberada y en gran parte la razón por la que sus bajas fueron tan grandes. Finalmente, creyeron que cuando las tropas llegaron a normandía en junio de 1944, la URSS ya había soportado lo peor del ataque alemán y estaba ahora en condiciones de responder con superioridad.

¿China ganó la guerra?

La historia reciente de la República Popular China ha llevado al olvido y la relativización del esfuerzo bélico del gigante asiático durante la Segunda Guerra Mundial. Después de todo, la República que fue agredida por los japoneses en 1937 estaba controlada por el líder nacionalista Chiang Kai Shek, jefe del partido Kuomintang, a su vez enemigo acérrimo de las fuerzas comunistas de Mao Tse tung.

Comunistas y nacionalistas debieron suspender el conflicto civil en el que estaban trenzados para dar cuenta de la amenaza japonesa, y durante los años siguientes las tropas de Chiang Kai Shek libraron enormes combates y sufrieron enormes pérdidas.

La población china, también. Se estima que el país sufrió entre 15 y 20 millones de muertes durante el conflicto, una cifra sólo superada por la URSS. Entre estas cerca de tres millones de los caídos fueron soldados, entre 7 y 8 millones fueron civiles, y el resto perecieron por la hambruna y la enfermedad.

La delicada situación política dentro de China significó que Chiang Kai Shek mantuvo un vínculo cercano con Estados Unidos y el Reino Unido (con cuyos líderes se reunió en Egipto en 1942), pero casi inexistente con la URSS, que apoyaba a las fuerzas comunistas de Mao.

Como en la posguerra éstas finalmente ganaron la guerra civil, expulsaron a los nacionalistas (que se retiraron a Taiwán) y tomaron las riendas del país, hubo pocos incentivos para celebrar el esfuerzo bélico del Kuomintag, los enemigos vencidos, contra Japón. Beijing no celebró su victoria en la Segunda Guerra Mundial, que le valió un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU, sino hasta décadas después y tras la muerte de Mao, y aún así lo ha hecho muy tímidamente.

El hongo nuclear sobre Hiroshima (Universal History Archive/UIG/Shutterstock)
El hongo nuclear sobre Hiroshima (Universal History Archive/UIG/Shutterstock)

China, por supuesto, no participó el teatro europeo de operaciones y sólo combatió contra los japoneses. Aunque utilizando el criterio soviético, su sacrificio en vidas humanas la convierte en contendiente al país que más contribuyó al fin de la guerra.

Pero aunque su participación también tuvo un valor estratégico, manteniendo ocupadas a la mayor parte de las fuerzas terrestres japonesas del ejército de Kwantung, mientras su marina y fuerza aérea lidiaba con los estadounidenses, China nunca hubiera podido imponerse sobre Japón sin la ayuda de Estados Unidos y, en menor medida, el Reino Unido.

Después de todo, fueron las tropas estadounidenses las que protagonizaron la ofensiva final sobre la islas japonesas y las que luego utilizaron bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, una polémica que sobrevive hasta nuestros tiempos. Las bombas fueron lanzadas por aviones Boeing B29, cada uno tripulado por apenas 11 personas.

Pero, ¿podría Estados Unidos haber derrotado al Imperio Japonés si éste no hubiera tenido trancado el grueso de su ejército y buena parte de sus recursos en la guerra con China? ¿Podrían Estados Unidos y el Reino Unido haber invadido la Europa ocupada por Alemania y llegado hasta Berlín, si esta no hubiera estado abocada con la mayor parte de su esfuerzo bélico en el Frente Oriental?

Y, al mismo tiempo, ¿podría la URSS, que casi sucumbe en 1941 y sufrió una sangría descomunal, haber frenado por sí sola la invasión alemana, para luego pasar a la ofensiva y capturar Berlín, sin la ayuda logística recibida de Occidente, la presión de los bombardeos estratégicos sobre ciudades alemanes, el bloqueo de recursos en el Atlántico y la posterior invasión en Francia de los angloestadounidenses?

Lo mismo podría decirse, quizás, de cualquiera de las grandes potencias que se unieron para frenar el avance del Eje, un alianza antinatural tan necesaria como compleja en sus dimensiones tácticas, logísticas, operacionales y estratégicas.

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