
El jueves 20 de enero, algo inédito e histórico ocurrió. Dos científicos chilenos, Osvaldo Ulloa y Rubén Escribano, descendieron a la fosa de Atacama, a más de 8.000 metros de profundidad, la que está ubicada entre las costas de Chile y Perú.
Ulloa y Escribano, director y subdirector respectivamente del Instituto Milenio de Oceanografía en la Universidad de Concepción, en Chile. Junto con su equipo habían mapeado por primera vez parte de la topografía de la fosa. Durante la Expedición Atacamex en 2018 habían tomado algunas fotos, videos, muestras de agua y ADN de las extrañas criaturas que habitan el fondo de este inframundo.
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Además, la misión contó con el respaldo del Ministerio de la Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación y la Universidad de Concepción, además del patrocinio de la Lotería de Concepción.
Esta gran aventura fue posible gracias a la invitación del explorador estadounidense Victor Vescovo, quien pilotó el sumergible “DSV Limiting Factor” (propiedad de la empresa Caladan Oceanic) y descendió junto a Ulloa.
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Ulloa, Escribano y Vescovo son los primeros seres humanos en descender a la fosa.
En una misión que duró más de 10 horas, y de una complejidad técnica sólo comparable a la de los viajes espaciales. En dos inmersiones separadas, Ulloa primero y Escribano después abordaron junto con Vescovo una pequeñísima esfera de titanio cubierta por un grueso revestimiento protector de espuma sintética, construida por Triton Submarines en la Florida.
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“Esta fue la aventura de mi vida y una cúspide en mi carrera como investigador en ciencias del mar”, dijo a BBC Mundo Ulloa, de 60 años, minutos después de esa inmersión.

Los detalles de la misión
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“El interior de la esfera es gris oscuro, tiene dos cómodas sillas, y está recubierto con tanques de oxígeno e interruptores para toda la electrónica. En la parte inferior hay tres ventanas ojo de buey que permiten la vista del fondo marino. Me impresionó la suavidad de la travesía, y el silencio, solo interrumpido por las comunicaciones con la superficie”.
El descenso al punto más profundo de la fosa —8.069 metros, según los mapas que se habían hecho el día anterior, les tomó tres horas y media. Ulloa imaginó que se iba a aburrir, pero entre momentos de conversación con Vescovo, terminaron escuchando música.
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Una vez en el fondo, Vescovo maniobró la nave sobrevolando un terreno asombroso de valles, crestas y otras formaciones rocosas que arrojarán importante información en cuanto a la geología característica de esta región del planeta.
“Nos llamó la atención también la gran cantidad de holoturias, una especie de pepino marino que se ha hallado en otras fosas, pero que aquí estaban presentes con gran abundancia”, dice Ulloa.
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“Pero si hay algo que yo, como microbiólogo, quería en esta expedición era encontrar tapices de colonias de microbios. Y por eso, verlos con mis propios ojos fue algo extraordinario, la confirmación por primera vez de su existencia en la fosa de Atacama y a más de 8.000 metros”.

Encontraron criaturas inesperadas para tales profundidades como corales de agua fría y una solitaria estrella de mar. También pudieron observar animales presentes en mayores cantidades que en cualquier otra fosa estudiada hasta ahora, incluyendo gusanos poliquetos, crustáceos anfípodos y otros seres hadales que apenas ahora se comienzan a estudiar.
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La Expedición Atacama Hadal también realizó mapas de alta resolución de varios trechos de la fosa de Atacama, que con 5.900 kilómetros de extensión es una de las grietas más largas de las profundidades oceánicas, una estructura formidable que nace donde la placa de Nazca se hunde bajo la de Suramérica, lo que causa los terremotos y tsunamis que azotan a esta región.
Los mapas serán claves para determinar el lugar óptimo donde instalar los sensores de un futuro proyecto para establecer el primer sistema de observación anclado en el océano profundo, un titánico esfuerzo en ciernes de la comunidad científica chilena.
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Estudiar cómo cambian en el tiempo las condiciones físicas, geoquímicas y biológicas presentes en la zona aportaría la base científica que podrá utilizarse para observar eventualmente los efectos del cambio climático en las altas profundidades y comprender mejor los procesos que causan los grandes terremotos y tsunamis en la región.
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